Eternamente Enamorada

CAPÍTULO 28: LA VERDAD BAJO EL VELO

PERSPECTIVA DE ISABELLA

Hoy es el día. Los resultados de la prueba de ADN están listos y mi corazón martillea en mi pecho con una violencia que apenas puedo contener. ¿Y si es ella? ¿Y si no lo es? ¿Qué haré conmigo misma si la respuesta es negativa? Esa noche, el sueño fue un espejismo que no pude alcanzar. Apenas los primeros rayos de sol tocaron mi ventana, me arreglé con manos torpes y me dirigí al laboratorio.

Pagué la factura con rapidez, casi sin aliento. Cuando me entregaron el sobre, sentí que mis dedos se volvían de hielo. Salí del lugar con el corazón latiéndome en la garganta y las manos empapadas en sudor frío. Al llegar a mi departamento, puse el sobre en la mesa y me senté frente a él como si se tratara de una bomba a punto de estallar. Durante dos horas, solo pude contemplar ese trozo de papel. Finalmente, con un suspiro que me desgarró el alma, lo abrí.

Resultados de prueba de maternidad Fernanda Scott / Isabella Rubia 100% compatibilidad

Un grito ahogado salió de mi pecho, seguido de una cascada de lágrimas que no pude detener. Mis manos temblaban tanto que el papel casi se me resbala. ¿Cómo es posible? ¿Por qué? El dolor y la alegría se mezclaron en una tormenta eléctrica dentro de mí. En ese instante, unos golpes firmes en la puerta me obligaron a salir del trance.

—Isabella, soy yo, Adam —escuché su voz al otro lado—. Sé que estás aquí, Emilie me lo dijo. Por favor, ábreme, me tienes muy preocupado.

Me limpié las lágrimas como pude y corrí a abrirle. Al verlo, no pude resistirme: me lancé a sus brazos y me derrumbé. Nuestro hijo —nuestra hija— estaba viva, y había estado con él todo este tiempo. Después de llorar hasta quedarme sin aliento, le pedí que entrara. Nos sentamos en el sofá, y él, con una paciencia infinita, me sostuvo.

—¿Te sientes mejor? —preguntó suavemente. Asentí en silencio—. Tengo algo para ti.

Sacó una pequeña caja de tela y, al abrirla, mis ojos se llenaron de luz: era un collar hermoso.

—Cuando lo vi, no pude evitar pensar en ti y en el día en que nos conocimos —dijo, poniéndomelo con delicadeza—. ¿Lo recuerdas? Estaba nevando y te ocultaste tras un árbol. Eras tan hermosa, incluso con los ojos llenos de lágrimas.

—Que yo recuerde, me llamaste fea —le dije con una pequeña risa, sintiendo cómo el corazón se me ablandaba.

—Tenía que encontrar una manera de hacer que dejaras de llorar —respondió, besando mis ojos con ternura—. Pero desde ese momento supe que no podía vivir en un mundo donde no pudiera ver estos hermosos ojos azules. Isabella, yo te amo.

La sinceridad en su mirada fue la llave que abrió las compuertas de mi corazón. Siempre había estado enamorada de él; solo que ahora, al saber que él es el padre de mi hija y que ha luchado tanto por ella, no me quedan dudas: Adam es con quien quiero pasar el resto de mis días. Lo besé, y esta vez, el mundo a nuestro alrededor dejó de existir. Pasamos la noche entregándonos, siendo uno solo, borrando años de dolor.

A la mañana siguiente, desperté entre sus brazos. Al verlo dormir, una sonrisa apareció en mi rostro. ¿Realmente tengo una hija? Me estremezco al pensar en los años perdidos, en la mentira de mi propia muerte. Adam se removió y, al abrir los ojos, me recibió con una sonrisa que me calentó el alma.

—Buenos días —dijo, acercándose para darme un beso que sabía a hogar—. Si estoy en el cielo, no quiero despertar nunca.

—Adam, por mucho que me encante estar aquí... —comencé, pero sus caricias en mi piel me encendieron de inmediato.

—¿Estás segura? ¿Quieres que pare? —preguntó, provocando un gemido involuntario en mí.

—No —susurré, con el deseo a flor de piel—. Hazme tuya.

—Cariño… ya eres mía —respondió, y nos perdimos de nuevo el uno en el otro.

Después de otra sesión de pasión y una ducha compartida, nos vestimos para enfrentar la realidad de la oficina.

—¿Te gustaría comer conmigo? —me preguntó antes de irse a su despacho.

—Me encantaría —respondí, dándole un último beso.

En cuanto él entró en su oficina, caminé hacia la mía, pero me llevé un susto de muerte al encontrar a Alexander esperándome dentro. Cerré la puerta con llave, asegurándome de que no hubiera nadie en el pasillo.

—Dios, me asustaste. ¿Qué haces aquí? —pregunté.

—Parece que te llevas muy bien con él ahora —observó Alexander, cruzándose de brazos.

—¿Y qué pasaría si así fuera? —desafié. Él me miró aturdido, y antes de que pudiera replicar, solté la bomba:— Mi hija está viva. Y es la hija de Adam.

Le entregué la prueba de ADN. Alexander la leyó con incredulidad.

—No puedo creerlo —dijo, mientras servía dos vasos de tequila en mi mini bar.

—Lo mismo creí yo —admití—. Lo peor es que ni siquiera Adam sabe que ella es nuestra hija. Él no recuerda nuestro encuentro, mucho menos que yo estaba embarazada. Jehosely nunca le habría dicho la verdad.

—Entonces, el objetivo cambia, pero el plan sigue en marcha —sentenció él.

—Primero necesitamos más información. ¿Crees que puedas ir al hospital? Necesito la verdad absoluta.

Él asintió y se marchó. Me quedé sola con mis pensamientos, sintiendo que faltaba una pieza fundamental. Necesitaba hablar con Jorge, pero no contestaba a mis llamados. ¿Dónde está? La ansiedad volvió a instalarse en mi pecho, recordándome que, en este juego, el tiempo es el enemigo más cruel.




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