PERSPECTIVA DE ISABELLA
El estrés en la oficina era asfixiante. Tenía una montaña de casos acumulados, pero mi mente estaba en un solo lugar: Jorge. ¿Por qué el silencio absoluto? Ni siquiera Emilie tenía idea de su paradero. Mi ansiedad estaba a punto de desbordarse cuando Alexander entró en mi despacho, cargando un sobre que parecía pesar más que el plomo.
—¿Lo encontraste? —pregunté, poniéndome en pie.
Él asintió, pero su expresión era sombría. —No obtuve esto solo —dijo—. Jorge Rivas me ayudó. Se enteró de que Fernanda es mi sobrina, así que tuve que contarle la verdad.
Me desplomé en el sofá, cubriéndome el rostro con las manos. —¿Qué le dijiste y cómo reaccionó?
Alexander se sentó frente a mí y me contó todo: cómo Jorge descubrió la verdad, cómo se involucró y cómo juró lealtad absoluta a nuestra causa. Me entregó el documento. Mis dedos temblaban al leer la confirmación de lo que sospechaba: Jehosely había comprado a un médico para falsificar los certificados. El bebé de ella había muerto, y en un acto de desesperación, robó a mi hija para asegurar su lugar al lado de Adam.
—Cada vez me sorprende más la bajeza de esa mujer —dije, sintiendo un escalofrío—. Pero hay algo más, Isabella —añadió Alexander—. Jorge cree que Jehosely no tiene la capacidad intelectual para un plan tan complejo. Sospecha que alguien la está asesorando.
—Tiene sentido —reflexioné—. Jehosely solo llegó a donde está a base de escándalos y sobornos; jamás la vi abrir un libro. ¿Quién podría ser?
—Tú los conoces mejor que nadie —respondió él—. ¿Qué hay de Adam? ¿Confías en él? ¿Le dirás lo de Fernanda?
—Tengo que decirle, pero necesito el momento perfecto. No quiero que Jehosely se entere antes de tiempo —respondí, sintiendo el peso de la responsabilidad.
En ese momento, mi teléfono sonó. Era un mensaje de Adam solicitando verme. Ignoré la sugerencia de Alexander de ser prudente y acepté encontrarme con él, insistiendo en que Fernanda nos acompañara.
Me dirigí a la oficina de Adam. Cuando entré, él trabajaba concentrado, pero al verme, su rostro se iluminó con esa sonrisa que, a pesar de todo, siempre me desarma. Rodeé el escritorio y, sin pensarlo, me senté en su regazo. Él se tensó por la sorpresa, pero sus manos no tardaron en encontrar mi cintura.
—Pensé que estabas en una reunión —dijo con voz ronca.
—Terminó temprano —respondí antes de besarlo con una ternura que me asustó a mí misma.
Hablamos de almorzar con Fernanda. Él parecía sorprendido por mi disposición a ir a un lugar lleno de niños, algo fuera de mi estilo, pero acepté con gusto.
—No sé si debería alegrarme o asustarme de que estés tan cariñosa —susurró él, enterrando su rostro en mi cuello—. Te amo, Isabella. Sé que tal vez no sientas lo mismo, pero no me importa.
Sus palabras me golpearon el pecho. Si tan solo supieras, Adam. Estaba a punto de confesarle todo cuando Luz irrumpió en la oficina para avisarnos que Fernanda nos esperaba. Bajamos juntos, y al vernos, la pequeña corrió hacia nosotros, abrazándonos con una intensidad que casi me hace romper a llorar. Éramos la imagen de una familia perfecta, una mentira hermosa que pronto se desmoronaría al revelar la verdad.
—Isabella —me llamó Adam mientras caminábamos—, mi abuela organizará una fiesta para toda la familia Scott. Me gustaría que fueras con nosotros.
Hace años que no me enfrento a los Scott. Mi corazón dio un vuelco.
—Está bien —dije, inspirando profundamente—. Pero creo que puedo llevar a alguien.
Adam me miró confundido. —¿Emilie? No creo que se sienta cómoda.
—No, no es Emilie —respondí con una sonrisa gélida—. Es mi hermano.
Adam se quedó petrificado ante la noticia. Prepárate, familia Scott —pensé, sintiendo cómo la red de venganza se cerraba—, porque lo que viene no será una fiesta, sino el principio de su fin.
Editado: 10.07.2026