PERSPECTIVA DE ADAM
La revelación de Isabella fue un terremoto en mi realidad. ¿Un hermano? ¿Desde cuándo? ¿Por qué ocultar algo así durante años? Mi mente no dejó de dar vueltas toda la semana. Ella me prometió que en la fiesta familiar de los Scott me contaría toda la verdad, pero la ansiedad me carcomía.
El viernes por fin llegó, pero antes de salir, mi tranquilidad fue interrumpida. La puerta de mi oficina se abrió sin previo aviso y, para mi sorpresa, Jehosely entró como si fuera la dueña del lugar.
—¿Qué haces aquí? Sabes perfectamente que tienes la entrada prohibida —espeté, sintiendo cómo la sangre me hervía.
Ella se inclinó sobre mi escritorio, con esa sonrisa cínica que tanto detesto. —Cariño, para mí nada es imposible. Vine a dejarte claro que, si tengo que quitarte a Fernanda, lo haré sin remordimientos.
Me puse en pie, cerrando los puños hasta que mis nudillos se pusieron blancos. —Fernanda es mi hija, Jehosely. No tienes absolutamente nada con qué atacarme.
—¿En serio crees que casándote con esa «mosquita muerta» te salvará? —dijo con desprecio.
—No te atrevas a hablar así de ella —gruñí, golpeando la mesa—. Si sigues por este camino, conocerás una versión de mí que no te va a gustar nada.
Ella rió, sin inmutarse. —Juega a ser el héroe si quieres. Nos vemos en el juicio final. Ah, y un consejo: yo que tú tendría cuidado con quien compartes tu cama. ¿De verdad crees que Isabella volvió por amor y no por venganza después de once años desaparecida?
Cuando finalmente se fue, me desplomé en mi silla. Sus palabras eran veneno, pero habían logrado sembrar una semilla de duda. ¿Qué planeaba realmente Isabella?
Más tarde, cuando pasé por ella a su departamento, la duda se desvaneció al verla bajar. Lucía un vestido azul brillante que se ajustaba a su figura, con un maquillaje impecable y una elegancia que me dejó sin aliento.
—Estás hermosísima —le dije, y al ver cómo se sonrojaba, sentí que todo el peso de la semana desaparecía.
Conduje hacia la finca de la familia Scott. El lugar estaba repleto de autos de lujo; la dinastía Scott nunca ha sido de bajo perfil. Al bajar, mi tía Sofía fue la primera en abordarnos, con esa mirada llena de veneno que siempre dedicaba a Isabella.
—Adam, al fin aparecen. Lástima que no vinieras mejor acompañado —dijo mi tía, ignorando la presencia de Isabella mientras la escaneaba con desdén.
Isabella apretó mi brazo, manteniéndose firme. Poco después, mis abuelos se acercaron, acompañados de un hombre alto, de mirada fría y una presencia que imponía respeto inmediato.
—Él es Alexander Campos, el príncipe de Londres —anunció mi abuelo.
Estreché su mano, sintiendo la firmeza de un hombre acostumbrado a mandar. —Un gusto, Alexander. He escuchado mucho de usted.
—Espero que cosas buenas —respondió él con una sonrisa gélida.
—Ella es mi esposa, Isabella de Scott —dije con orgullo.
—Aún no es una Scott, sobrino. Sigue siendo Rubio —intervino mi tía Sofía, claramente pasada de copas. El ambiente se volvió gélido—. La señorita Rubio apenas se está adaptando a la familia.
Isabella, lejos de intimidarse, levantó la cabeza. —Curioso que hable de adaptación, tía Sofía, cuando usted es la que menos control tiene sobre su propia vida y sus excesos.
Mi tía estalló en furia. —¿Cómo te atreves, huérfana sin cultura? ¡Señor Alexander, espero que entienda que esta mujer no tiene educación!
Alexander dio un paso al frente, interponiéndose entre mi tía y mi esposa. Su mirada era pura autoridad. —Por lo que yo veo, la falta de educación viene de otra parte. ¿Es así como dirige a su familia, señor Scott? —preguntó mirando directamente a mi abuelo.
La tensión alcanzó un punto crítico cuando mi tía intentó abofetear a Isabella. Yo me lancé para interponerme, pero no fue necesario. Alexander había atrapado la mano de mi tía en el aire, inmovilizándola.
—No pongas tus asquerosas manos encima de mi hermana —dijo él con una voz que hizo que el silencio reinara en toda la finca.
El impacto fue total. Mi tía cayó al suelo, pálida, mientras todos jadeábamos.
—¿Tu hermana? —logré articular.
Alexander soltó a mi tía con desprecio y sacó unos documentos de su chaqueta. —Isabella es mi hermana menor. La segunda princesa de Londres. Aquí tienen la prueba de ADN. 100% compatibles.
Miré a Isabella. Ella me devolvió la mirada con dudas en los ojos, esperando mi reacción. Estaba aturdido, protegiéndola mientras el mundo de los Scott se tambaleaba.
—¿Estás bien? —le pregunté al oído—. ¿Quieres irte?
—Sí —respondió ella en un susurro.
—Gracias por la invitación, pero nos retiramos temprano —anuncié, tomando la mano de mi esposa y caminando hacia el auto bajo la mirada atónita de todos.
Alexander nos detuvo antes de partir para entregarme una tarjeta. El viaje de regreso al departamento fue un silencio tenso, donde cada kilómetro me confirmaba que la mujer con la que me casé no era quien yo pensaba, y que mi vida, tal como la conocía, estaba a punto de cambiar para siempre.
Editado: 10.07.2026