Eternamente Enamorada

CAPÍTULO 34: LA SOMBRA DETRÁS DEL TRONO

PERSPECTIVA DE ISABELLA

La tarde en la mansión de los Scott había sido un ejercicio de resistencia emocional. Había algo en la aceptación repentina de la familia, en la calidez forzada del abuelo Antonio, que me resultaba extrañamente ajeno. Mientras el sol se ocultaba tras las colinas de Cabudare, una punzada de desconfianza me recorría la espalda. Mi venganza se había ejecutado con la precisión de un bisturí, pero la sensación de que faltaba una pieza en este rompecabezas no me abandonaba. Sin embargo, al mirar a Fernanda, toda mi lógica se desmoronaba. ¿Familia? La palabra aún me sabía a metal en la boca, pero estaba decidida a reclamar cada segundo perdido con ella.

Al llegar al apartamento, el silencio era un alivio. Dejé a Fernanda en la habitación de invitados, asegurándome de que su sueño fuera profundo y reparador. Al entrar a nuestro cuarto, encontré a Adam ya listo, con la mirada clavada en la puerta. Me sentí vulnerable, pero al mismo tiempo dueña de mi destino. Sin apartar la vista de sus ojos, comencé a desprenderme de la ropa, dejando que cada prenda cayera al suelo con una intención clara. Me puse la piyama frente a él, saboreando el fuego que encendía su mirada.

—Sabes exactamente lo que acabas de hacer, ¿verdad? —su voz era un ronroneo profundo, cargado de deseo contenido.

Me reí, sintiendo cómo la tensión de la semana se evaporaba al deslizarme bajo las sábanas y refugiarme en su pecho. El ritmo de su corazón era mi nueva melodía.

—Solo me preparaba para dormir, Adam —respondí, ocultando la picardía en mi tono—. Pero ahora que lo mencionas, quizás estemos desperdiciando el tiempo.

Él me observó durante un largo momento, sus dedos trazando dibujos invisibles en mi piel.

—¿Crees que ha llegado el momento de buscar una casa para nosotros tres? Un lienzo en blanco, lejos de las estructuras, donde podamos escribir nuestra propia historia sin el peso de los apellidos que nos definieron antes —su propuesta me tomó por sorpresa, pero la idea de un hogar propio hizo que mi corazón diera un vuelco.

Me coloqué a horcajadas sobre él, sintiendo la firmeza de su cuerpo bajo mis manos.

—Sería el inicio que ambos merecemos —susurré, acortando la distancia entre nuestros labios—. Pero ahora, creo que tienes prioridades más inmediatas, abogado. ¿Por qué no te concentras en satisfacer a tu esposa?

Una sonrisa ladeada iluminó su rostro antes de que se moviera con una destreza que me dejó sin aliento. En un segundo, el mundo exterior desapareció y el placer se convirtió en el único idioma que hablábamos. Aquella noche, el señor y la señora Scott dejaron de ser dos almas rotas para empezar a ser una sola unidad.

EL PESO DE LA VERDAD

A la mañana siguiente, el aire fresco de la ciudad nos recibió con una energía renovada. Decidimos tomarnos el día libre para dedicárselo a Fernanda. Entre risas, juegos en el parque de diversiones y una noche de películas rodeados de pizza, el tiempo pareció detenerse. Pero mientras la pequeña dormía, una inquietud volvió a instalarse en mi mente. Todavía quedaba el asunto del testamento, esa espada de Damocles que, aunque ahora parecía controlada, no me terminaba de dar confianza.

—¿Qué tienes planeado para mañana? —me preguntó Adam mientras descansábamos en el sofá.

—Tengo una reunión pendiente con el señor Antonio Scott. Es hora de cerrar el capítulo del testamento de una vez por todas.

Adam me miró con sorpresa. —Con todo lo que ha pasado, casi había olvidado la existencia de ese documento. ¿Podrías darme un adelanto de lo que sucederá?

Me acerqué a él, jugando con el cuello de su camisa. —Todo lo que te diré es que tu abuelo y yo tuvimos una conversación sincera antes del juicio. Lo demás, mi querido abogado, es información privilegiada entre cliente y profesional. Tendrás que esperar hasta mañana para conocer el veredicto final.

Él me atrajo hacia sí, besando mis labios con una devoción que me hizo estremecer. —Lo siento, señora Scott, pero usted tiene una habilidad innata para hacer que me olvide de todo lo que no sea usted. Tendrá que ayudarme a recordar lo que realmente importa.

Al día siguiente, después de dejar a Fernanda en la escuela, la oficina se sintió pequeña. Adam no me permitió llegar a mi escritorio; me guio directamente a su oficina privada, donde la atmósfera cambió de profesional a intensamente personal.

—Adam, tenemos trabajo pendiente —intenté protestar, aunque el calor en mi cuello me delataba.

—Tienes una cita conmigo, Isabella. ¿Lo habías olvidado? —comenzó a subir mis faldas, y el aire en la oficina se volvió denso.

—No recuerdo que las citas corporativas incluyan este tipo de actividades entre las piernas, señor Scott —me reí, separándome antes de que las cosas se salieran de control.

Él gruñó, divertido. —Puedo adaptarme a los cambios, si eso es lo que prefieres.

Miré hacia las ventanas transparentes de su oficina, recordando que el resto del personal podía vernos. —Deberías considerar poner cortinas oscuras, igual que las mías —le sugerí con una sonrisa pícara.

Se puso serio de repente. —¿Qué dijo mi abuelo exactamente?

—Me confesó que cancelaría el proceso de modificación del testamento. Había decidido mantener el legado intacto porque vio en ti, durante el juicio, la voluntad de proteger a la familia por encima de cualquier ambición personal. Eso es lo que define a un verdadero cabeza de familia, Adam.

Él me abrazó con una intensidad que me hizo comprender cuánto le había costado aceptar ese peso. —Mientras ustedes dos estén conmigo, lo demás es secundario. Pero, Isabella, hay algo que no deja de darme vueltas. Jorge ha estado investigando y está convencido de que Jehosely no tenía la inteligencia ni los contactos necesarios para urdir un plan tan macabro por sí sola. Alguien más tiraba de los hilos.

—Lo sé —asentí, sintiendo un escalofrío—. Y tengo la intención de descubrir quién fue. Voy a visitar a Jehosely en la cárcel.




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