Excepto no defenderla

Prólogo

Nunca quise contar esta historia.

No porque me avergüence de lo que hice —la vergüenza es un lujo para quienes no eligieron—, sino porque toda narración ordena lo que en realidad fue caos. Y el orden suele mentir mejor que el silencio.

Aun así, escribo.

Escribo porque los países nuevos se construyen siempre sobre versiones limpias del pasado. Porque las palabras, cuando se acomodan bien, absuelven. Y porque habrá quienes lean lo que sigue buscando héroes, cuando lo único que encontrarán son decisiones.

El mundo que conocí ya no existe. Eso dicen. Pero los mundos no desaparecen: se reorganizan.

Antes hubo una nación. Luego hubo hambre. Después vino el miedo. Y finalmente, el orden. Un orden que prometía paz a cambio de obediencia, futuro a cambio de memoria. Lo llamaron Reino porque la palabra todavía conservaba una dignidad antigua. Lo sostuvieron con símbolos viejos, con edificios que habían sido sagrados, con himnos que nadie se atrevía a cuestionar en voz alta.

Funcionó.

Funcionó porque la gente necesita creer que alguien sabe qué hacer cuando todo se derrumba. Funcionó porque el cansancio también es una forma de rendición. Funcionó porque el poder no siempre entra gritando: a veces se sienta, firma y espera.

Yo entré después.

No como enemiga. No como salvadora. Entré como alguien prescindible. Aprendí rápido que los palacios no huelen a lujo, sino a encierro. Que los hombres que deciden el destino de miles rara vez duermen bien y que las mujeres, en esos lugares, no ocupan espacios: son ocupadas. Aprendí que la violencia más eficaz es la que se vuelve costumbre.

También aprendí que el amor es una variable peligrosa. Un refugio o un arma que, cuando se mezcla con la política, nunca sobrevive intacto.

No importa quién fui antes. Las biografías tranquilizan, y esta historia no busca la paz de nadie. Fui entrenada para mirar sin ser vista y para entender pronto que las causas no aman de vuelta. La lealtad, llevada hasta el final, se parece demasiado a la traición.

Me dijeron que había un plan. Siempre lo hay. Un plan que justificaba sacrificios y muertes necesarias. Me dijeron que el Reino era una anomalía, una enfermedad que sanaría extirpando el centro. Lo creí porque necesitaba creerlo; nadie atraviesa un infierno sin inventarse una razón.

Todo parecía estable. Eterno. Ese fue el error. Los sistemas no caen cuando son débiles; caen cuando se creen invencibles.

No escribo para explicar el derrumbe; de eso se encargarán otros con sus versiones útiles y exportables. Yo escribo por lo que no entra en los despachos; las noches sin nombre, las muertes que no figuraron en los registros y el momento exacto en que entendí que no saldría intacta.

Si buscás redención, es mejor que cierres el libro ahora. No la hay. Solo queda una pregunta que se vuelve insoportable con el tiempo:

¿Qué estarías dispuesto a no defender para que algo sobreviva?

Yo respondí esa pregunta. Y el mundo que vino después aún no decide si tuve razón.

A los que gobiernan les gusta decir que la historia es una línea recta. Usan palabras como "pacificación" o "transición". El lenguaje del poder siempre llega tarde, cuando los cuerpos ya no interrumpen el relato. Pero desde adentro, el tiempo se curva. Se empieza aceptando pequeñas renuncias y se termina obedeciendo órdenes que ya no parecen órdenes, sino hechos inevitables.

Eso fue el Reino; una suma de inevitabilidades. Una estética del orden que tranquilizaba incluso a los sospechosos. La utilidad se volvió nuestra única forma de supervivencia.

Por eso esta historia no trata de bandos claros. Trata de zonas grises; de decisiones tomadas cuando todas las opciones ya están manchadas. Trata de entender qué queda de una persona cuando ha cumplido su función histórica y ya no es necesaria para nadie.

Los planes no fracasan solo cuando salen mal; a veces fracasan cuando salen exactamente como fueron diseñados. Nadie calcula el desgaste de la identidad ni el momento en que una orden deja de ser externa para brotar desde adentro. El día más peligroso fue aquel en que dejé de preguntarme si debía hacer algo y empecé a preguntarme solo cómo hacerlo mejor.

No escribo para denunciar ni para advertir. Escribo porque hay historias que, si no se dicen, se repiten con mayor prolijidad. Lo que vas a leer no es ejemplar; es verdadero. Y la verdad, despojada de épica, suele resultar incómoda.

Ahora sí, seguí.

Entrá con cuidado. Este mundo sabe recompensar… pero cobra todo al final.




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