Excepto no defenderla

I

El viaje había comenzado mucho antes de avistar tierra.

Durante días, el río fue la única geografía; una masa de agua espesa que devora el cielo, que recordaba a las tormentas de mi infancia en el sur. Era una presión física, un aviso de que el mundo no me quería allí. Me obligué a girar los hombros y encarar la corriente, imitando la tozudez de los bisontes que mi padre tanto admiraba. Esos animales que no huyen del temporal, sino que lo atraviesan por su centro. Si el río quería devorar el cielo, que lo hiciera; yo no iba a ser lo siguiente en su garganta.

El barco avanzaba con una morosidad exasperante, empujado por velas hinchadas de humedad que gemían bajo el esfuerzo. La madera protestaba a cada embate; no era un crujido violento, sino un lamento persistente, la queja de un cuerpo viejo que ya nadie se molesta en escuchar.

No había motores ni promesas de celeridad. Solo el ritmo atávico de los remos, el viento caprichoso —que nos permitía avanzar tres días para devolvernos dos— y ese balanceo constante que, al quinto día, se instalaba en la médula. El suelo seguía moviéndose incluso en sueños; el mareo se había transformado en una nueva forma de vigilia.

En cubierta, los soldados formaban una masa informe de botas húmedas y correajes endurecidos por la sal. El aire apestaba a sudor rancio, metal oxidado y río.

Vitória soportó la travesía con una entereza inesperada. Padeció el mareo y vació el estómago durante las primeras noches, pidiéndome disculpas en susurros, como si su debilidad física fuera una afrenta personal. Aprendió a domar el horizonte con la mirada fija, contando respiraciones como quien cuenta los pasos hacia un exilio. Yo la observaba desde la penumbra, sin intervenir, mientras nuestro puerto de origen se desvanecía sin ceremonias ni nostalgias.

La noche previa al desembarco, el silencio se volvió operativo. El río parecía contener el aliento. Al amanecer, el aroma cambió; el frescor del agua cedió ante un olor denso y terroso. Las aves comenzaron a girar sobre el mástil, escrutándonos con una familiaridad inquietante. Vi a un soldado persignarse en secreto.

Vitória se puso en pie temprano, ajustando su vestido con una calma que no tenía nada de ingenua; se situó en la proa, disponiendo el cuerpo para ser vista, para ser juzgada. Sentí entonces que el río ya no nos llevaba; nos estaba entregando.

La costa emergió como una línea irregular entre la bruma. No era una tierra de promesas; la vegetación crecía cerrada, árboles torcidos cuyas ramas se arrastraban hacia el agua más por necesidad que por vida. Entre el follaje, las sombras sugerían presencias. Los soldados, sin necesidad de órdenes, ajustaron sus armas y tensaron los músculos. El silencio de la orilla era distinto al del río, este no se movía, aguardaba.

El desembarco fue un proceso torpe. El casco encalló con un golpe sordo y el aire se llenó de órdenes superpuestas. Al pisar tierra, el suelo todavía parecía ondular bajo nuestros pies; el río se negaba a abandonarnos.

Los soldados del Reino nos aguardaban en una formación que era más intención que logro. Vestían el uniforme de granaderos: chaquetas azul oscuro y correajes blancos cruzados, pero la elegancia se había perdido en remiendos de fortuna y botones deslucidos. Eran hombres de rostros gastados, de piel curtida y ojos hundidos que nos observaban sin curiosidad ni desprecio. Poseían esa quietud incómoda de quienes obedecen por pura inercia.

Vitória descendió con lentitud. Al tocar tierra firme, no buscó a los soldados, sino que clavó la vista en el suelo antes de erguirse. Sus piernas vacilaron y se aferró a mi brazo.

—No sabía que el cuerpo podía doler así —murmuró con una sonrisa exhausta.

—Esto recién empieza —respondí en voz baja.

—Revisa que descarguen todo mi equipaje —dijo Vitória sin mirarme— y que lo traten con especial delicadeza. No quiero nada roto.

Tras una hora de descarga metódica, el carruaje se materializó. Cuatro caballos resistentes, de flancos marcados por el rigor de los caminos, aguardaban bajo el mando de un cochero de uniforme negro y piel de cuero. Los granaderos revisaron sellos y cartas con una parsimonia tediosa, mientras los guardias del Imperio —de verde y blanco— intercambiaban saludos gestuales en un multilingüismo de señas.

Iniciamos el trayecto por la Avenida 9 de Julio como quien atraviesa una cicatriz abierta en la tierra. La arteria era demasiado ancha, flanqueada por edificios que observaban el paso del carruaje con una indiferencia milenaria. La ciudad se sentía inmensa y extrañamente despoblada; no había estrépito, solo el golpear de los cascos sobre un pavimento agrietado donde la maleza reclamaba su espacio.

—Dicen que el Rey observa desde lejos —comentó Vitória, apretando sus guantes blancos—. Que no aparece hasta estar seguro.

—El Reino no necesita su presencia física —le aseguré—. El poder aquí es omnipresente.

Avanzábamos hacia el centro, donde el orden no se discutía y la fe se confundía con la ley. Las calles se despejaban a nuestro paso, dejando un vacío solemne que Vitória confundió con respeto.

—Es sobrecogedor —dijo ella—. En el Imperio, las avenidas rebosan de vida.

—Aquí se despejan para que el poder tenga espacio —repliqué.

Los antiguos semáforos eran macetas que la naturaleza había adueñado para sí. Al cruzar frente al Obelisco, los animales silvestres se inquietaron ante la blanca verticalidad de la estructura. Vitória inquirió sobre su significado.




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