Excepto no defenderla

II

El interior del Castillo Blanco no olía a poder; olía a piedra vieja. El aire era frío y denso, una masa estancada que parecía haber quedado atrapada allí desde otro tiempo. Cada paso multiplicaba su eco bajo bóvedas que alguna vez sostuvieron plegarias y ahora sostenían órdenes. Los ladrillos cansados devolvían la luz de las antorchas; nada quedaba oculto en aquel laberinto, o eso pretendían que creyéramos.

Avanzábamos despacio, sentía las piernas pesadas, el polvo del viaje todavía adherido a mi piel como una costra. Los guardias marcaban un ritmo marcial, ignorando nuestra fatiga. Aquí, el agotamiento no era una excusa; era una debilidad que no nos podíamos permitir. Vitória caminaba apenas un paso por delante de mí, con los hombros tensos y una respiración agitada que delataba su inquietud.

—No pensé que fuera tan… grande —susurró, alzando la vista—.

Seguía con los ojos la línea ascendente de las columnas, como una niña intentando medir algo que no estaba hecho para ser comprendido.

—No lo es —respondí—. Solo lo parece.

Me miró, confundida.

—¿Cómo puede parecer más grande que una catedral?

Porque ya no lo es, pensé. Porque dejó de serlo hace mucho tiempo. Pero decidí no agregar ese comentario, solo la volví a mirar.

Atravesamos un antiguo transepto reconvertido en sala de espera. Donde antes hubo bancos, ahora había filas marcadas en el suelo. Donde antes se encendían velas, ahora ardían antorchas custodiadas.

Nos hicieron detenernos.

Un hombre se adelantó hasta quedar a una distancia exacta, casi calculada con elegancia extrema y ensayada. No llevaba símbolos exagerados; vestía un traje oscuro de excelente confección, nada en él buscaba llamar la atención y, sin embargo, resultaba imposible no mirarlo. Supe quién era al ver el prendedor de oro en la solapa de su saco, discreto, inequívoco. El vizconde local.

—Su Alteza Imperial —dijo, inclinando apenas la cabeza hacia Vitória—. El Reino agradece su presencia.

Vitória respondió con una reverencia medida, tal como le habían enseñado. Ni exagerada ni tímida; justa. La clase de gesto que se aprende observando y se ejecuta sin pensar.

—Agradezco la recepción —contestó—. El viaje fue largo.

El Vizconde de La Plata sonrió sin mostrar los dientes.

—El Reino valora los sacrificios necesarios.

No habló de descanso ni de comida —y mi estómago se enfureció­—.

Nos dejaron esperando; custodiados por dos guardias distintos al resto. No llevaban uniformes claros, sus ropas eran más oscuras, más funcionales; pensadas para permanecer, no para ser vistas. Nadie entraba ni salía del lugar.

No miré directamente; nunca se mira de frente aquello que duele. Pero el cuerpo reconoce antes que la razón, ese silencio espeso, ese olor a humedad cerrada, ese tipo particular de vigilancia, ya lo había vivido. Apreté los dedos dentro de las mangas y seguí caminando. Vitória no lo notó, o eligió no notarlo.

—Elizabeth —murmuró unos pasos más adelante, cuidando que el vizconde no escuchara—. ¿Crees que él… el príncipe… será como dicen?

Había algo casi frágil en su voz.

—¿Y qué dicen? —pregunté.

—Que es correcto. Que es firme. Que entiende el peso de su responsabilidad.

Pensé en lo que pesa de verdad. En lo que aplasta sin hacer ruido.

—Eso dicen de todos los que gobiernan —respondí—. Hasta que los conoces.

Sonrió, nerviosa.

—Tengo miedo de decir algo incorrecto.

—No digas nada que no sea necesario —le aconsejé—. Aquí se escucha más de lo que se habla.

Asintió, agradecida.

Nos condujeron finalmente a una sala amplia, antigua. Los vitrales habían sido oscurecidos a propósito; la luz entraba filtrada, opaca, como si incluso el día tuviera que pedir permiso. Allí nos dejaron esperar. Cuando las puertas se cerraron a nuestras espaldas, el silencio fue total.

Vitória se dejó caer apenas sobre un banco y exhaló largo.

—Nunca estuve tan cansada —admitió.

Me senté a su lado, sintiendo cómo el frío subía desde la madera hasta los huesos.

—Eso también es parte del recibimiento —dije—. Llegar agotada te vuelve más honesta.

Me miró, sorprendida.

—¿Tú no estás cansada?

La pregunta era ingenua. Casi tierna.

—Mucho —respondí—. Pero aprendí a no mostrarlo.

Bajó la mirada, pensativa.

—Confío en vos, Elizabeth.

El peso de esas palabras se asentó despacio. No como culpa; como responsabilidad. Antes de que pudiera responder, las puertas volvieron a abrirse. Entró un nuevo grupo, esta vez eran dos escribientes. Cada uno con su forma particular de mirar, de medir, de evaluar. El último saludó con sonrisa y reverencia, pero no habló.

El Reino se presentaba en capas, como todo en este nuevo mundo. Nadie mencionó al Rey, nadie lo nombró, y, sin embargo, estaba en todas partes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.