La noche no llegó de golpe; se deslizó. El Castillo Blanco se replegaba sobre sí mismo. Las antorchas disminuían, los pasos se volvían más espaciados, las voces bajaban un tono, como si incluso el eco obedeciera órdenes antiguas. Desde mis aposentos —una habitación austera, contigua a la de Vitória— oía el murmullo disciplinado de la guardia imperial acomodándose en los corredores asignados.
Veinte caballeros; ni uno más, ni uno menos. Los había contado durante el viaje, por costumbre. Hombres curtidos, flacos, pero no desnutridos. Capas verdes de buena confección, sobrias; botas de cuero gastadas por horas de montura y campañas que no se narraban. No eran escolta ceremonial. Eran escudo. Y al frente de ellos estaba Don Raimundo Do Santos.
Un hombre de unos cincuenta y cinco años; tez negra, corpulento, muy alto. La clase de estatura que no se mide en centímetros, sino en presencia. Tenía una voz grave que, una vez pronunciada, parecía enfriar el aire; unos ojos negros, atentos, que no se detenían en los iris, sino que los atravesaban, como si buscaran siempre algo detrás. Do Santos no levantaba la voz, no lo necesitaba, su sola presencia ordenaba el espacio.
Durante el trayecto fluvial había sido el primero en levantarse y el último en dormir; no por disciplina exhibida, sino por hábito. En tierra, marcó cada parada, cada desvío, cada descanso; lo hizo sin consultar mapas ajenos, como si el territorio le perteneciera desde antes. La vida de la princesa era su responsabilidad, no simbólica, literal. En el Imperio, la protección no se declamaba, más bien, se ejecutaba.
Do Santos no hablaba del Emperador, pero lo encarnaba. No hacía referencias al poder, porque lo daba por hecho. El Imperio, a diferencia del Reino, no necesitaba ritualizar cada gesto; confiaba en la cadena de mando y en la eficacia silenciosa de sus hombres. Allí donde el Reino exhibía orden, el Imperio practicaba control.
Cuando cruzamos los portones del Castillo Blanco, fue él quien habló con los representantes del Reino. No hubo tensión visible, pero si mucha medición. Dos sistemas reconociéndose sin ceder terreno; dos formas distintas de mandar, observándose con cautela. No se estrecharon las manos, no hizo falta. Se entendieron de inmediato.
Ahora, de noche, su sombra seguía allí. No lo describiría como amenaza abierta, sino como certeza. Sabía —lo sabía con la claridad incómoda que dan los hombres así— que Do Santos no dormía del todo. Que incluso en reposo seguía contando pasos, calculando distancias, evaluando riesgos. El Imperio no descansaba; rotaba.
En ese silencio ordenado, comprendí algo más, mientras el Reino vigilaba hacia adentro, el Imperio vigilaba hacia afuera. Dos miradas distintas sobre el mismo mundo, y ambas peligrosas.
Escuché el sonido metálico de una lanza acomodándose, el roce del cuero contra la piedra; era un relevo. Don Raimundo rotaba a sus hombres incluso dentro del Castillo, nadie descansaba del todo, la princesa nunca estaba sola. Yo tampoco.
Me senté en el borde de la cama. La ropa limpia no engañaba al cuerpo, el viaje seguía allí, en las rodillas, en la espalda baja, en la cabeza que no terminaba de aquietarse. Me quité las botas despacio y noté que el suelo estaba frío.
Cerré los ojos un instante: vi el río, la cubierta del barco, las noches interminables; vi a Vitória envuelta en mantas en el camarote, a Don Raimundo de pie, inmóvil, mirando la oscuridad como si pudiera anticipar lo que venía. Lo respeté por eso, en este mundo, los hombres que cuidan sin adornos son escasos.
Un golpe suave en la puerta.
—Elizabeth —dijo una voz grave—. ¿Posso entrar?
Abrí. El General del Imperio del Brasil Raimundo Do Santos estaba allí; recto, sin armas visibles, con la guardia instalada en la mirada.
—La princesa duerme —me anticipé.
Asintió.
—Mis hombres están desplegados. Ningún movimiento sin que yo lo sepa. Se você precisar de algo… —dejó la frase suspendida en portugués—. Me lo dice a mí.
—Lo haré.
Me observó un segundo más de lo necesario; no con desconfianza, con esa forma particular de responsabilidad compartida que algunos confunden con cercanía.
—El Reino es más distinto de lo que parece —dijo—. Y de lo que pretende.
—Lo sé.
No preguntó cómo, no era un hombre de preguntas inútiles.
Me dio la espalda por unos instantes y cerró la puerta de madera con él dentro de la habitación. Al voltear, sus cejas negras tupidas y el mentón hablaron por su boca e indicaron que me dirija a la pequeña mesa que oficiaba de escritorio junto a la ventana. Me quede de pie mirando el mueble.
Lo entendí antes de que lo pidiera; no porque lo hubiera hecho explícito, sino porque en ese mundo nada verdaderamente importante se pedía. Pensé clínicamente que decir que no también era una forma de acción, y que toda acción tiene consecuencias. No evalué si era justo o injusto; evalué el costo. Y decidí no moverme.
Lo que siguió fue un acto despojado de palabras; un acuerdo tácito, una transacción que no requería consentimiento porque lo asumía como un derecho inherente al mando. Apoyó mis palmas contra la madera fría de la mesa y alzó mi vestido, trabándolo con brusquedad en mi cintura. Sentí la invasión firme en mi intimidad, mientras el peso de su cuerpo me anclaba a la realidad. No había apuro ni violencia; era un procedimiento. Cada gesto parecía ejecutado desde una costumbre antigua, como si el cuerpo fuera solo otro territorio asegurado.