Un sonido amortiguado llegó desde el pasillo; pasos medidos, la orden breve de un oficial, el relevo cumplido. La guardia imperial seguía despierta; el Reino, también.
Me levanté y me acerqué al ventanal alto. La ciudad dormía en capas. No había luces, no había ruido; solo sombras ordenadas, la paz del control.
Respiré hondo. Había llegado al corazón del poder con una princesa que no había elegido su destino, custodiada por un general que no podía fallar, en un castillo que había aprendido a esconder ausencias. Pero la noche —lo sabía— no era para descansar, sino para escuchar; y el Castillo Blanco, incluso en silencio, decía demasiado.
El sueño no llegaba, se quedaba detenido en algún lugar entre el cuerpo y la cabeza, como si incluso descansar necesitara permiso. Desde esa altura, la antigua ciudad no parecía una ciudad, parecía un plano detenido, una idea geométrica sostenida a fuerza de vigilancia.
Las diagonales se insinuaban como cicatrices claras en la oscuridad. Las plazas eran manchas negras, silenciosas, sin bancos ni juegos; solo tierra pisada y algún árbol que había aprendido a sobrevivir sin cuidado. No había luces, apenas antorchas aisladas, estratégicas, marcando edificios importantes, cruces de calles, accesos. El resto era sombra.
El Reino dormía poco y soñaba menos. Desde arriba se veía el orden; desde abajo —lo sabía— se veía otra cosa.
Había sectores enteros donde nadie circulaba de noche. Barrios donde el agua llegaba tarde, donde los caduceos aparecían una vez por semana con lo justo y se iban sin promesas. Lugares donde los saqueos no eran noticia, sino rutina; depósitos vaciados antes del amanecer, animales robados, carretas que no regresaban. El Reino castigaba cuando quería; cuando no, dejaba que el miedo hiciera el trabajo.
Apoyé la frente contra el vidrio frío y noté mi vestido levemente manchado por el General Do Santos, lo limpié con la yema de dos dedos y un poco de saliva.
Por un momento volvió el recuerdo de Clara y recordé el sonido. No un grito, el golpe seco de una puerta de madera cerrándose mal y yo corriendo a la habitación. Ese fue el recuerdo más nítido de aquella maldita noche. Siempre lo era.
Porque había sido de noche también. Otra casa, otro orden impuesto. Clara estaba detrás de mí; sentí su mano apretándome el brazo, fuerte, como si pudiera anclarse al mundo desde ahí. No lloró, nunca lloraba cuando tenía miedo. Me acuerdo de haber pensado eso, incluso entonces: no llora.
Un hombre preguntó su nombre, otro dijo “ahora es un recurso”. Después, el despreciable silencio vacío; el que no deja marcas visibles. Nunca había llorado tanto en mi vida.
Volví al presente con un sobresalto leve. El vidrio devolvió mi reflejo: ojos cansados y mandíbula tensa. Parecía lo que era, alguien que había aprendido a contar pérdidas.
Pensé en Vitória, durmiendo por fin. Pensé en lo poco que sabía del mundo real, más allá de los discursos de su Imperio. Pensé en lo que vería desde su ventana si se despertaba ahora; una ciudad quieta, casi hermosa desde lejos, incapaz de mostrarle el precio que pagaba para verse así.
El mundo se había vuelto pequeño por falta de recursos. El agua potable era motivo de disputas. El grano, de guerras silenciosas. Los animales se contaban como tesoros. No había petróleo, no había máquinas ni electricidad, no había promesas de progreso. Solo equilibrio forzado. El que tenía, defendía. El que no, esperaba… o robaba.
Y en ese mapa de carencias, ese Castillo se alzaba como una certeza inamovible. Desde ahí se decidía quién comía, quién cruzaba una frontera, quién desaparecía sin nombre. Desde ahí se dictaban sentencias que viajaban a caballo y llegaban tarde, pero llegaban.
Respiré hondo, el aire olía a piedra, a humedad antigua, a algo que nunca termina de secarse. Me alejé del ventanal y me recosté otra vez, sin cerrar del todo los ojos. Afuera, un grito lejano se apagó rápido. No supe si era orden o necesidad; en este mundo, a veces son lo mismo.
Pensé en mi familia una vez más, no como un recuerdo vivo sino como presencias que nunca se fueron del todo. Como si, en algún punto de esa ciudad ordenada y cruel, ellos también estuvieran despiertos, mirando la noche desde otra altura, esperando algo que no sabían nombrar. El amanecer llegaría pronto, y con él, el Reino empezaría a moverse. Yo también.