Las antorchas aún no habían sido reemplazadas por la luz del día cuando el primer cuerpo fue encontrado. No estaba muerto, todavía. Lo habían dejado atado a un poste de madera, a la vista, con las manos hinchadas y el rostro cubierto de tierra seca. Respiraba con dificultad, como si cada bocanada de aire tuviera que ser autorizada. Nadie se detuvo a ayudarlo. En el Reino, lo visible no siempre está permitido.
A esa misma hora, en una sala cerrada del Castillo, un hombre repasaba una serie de papeles con gesto severo. A su lado, otro sostenía una tablilla de madera, cubierta de hojas y marcas de lápiz recientes. Más atrás, casi invisibles, dos escribientes aguardaban sin atreverse a cruzar miradas.
—Los depósitos del sector sur quedaron vacíos otra vez —dijo el de mayor edad, sin levantar la vista—. Saqueo nocturno.
—¿Guardias? —preguntó el más joven.
—Dos. Atados. Vivos.
El mayor apretó los labios. Se notaba que su jerarquía en el escalafón real era alta.
—Entonces no fue hambre; fue organización.
El silencio que siguió fue breve. En el Reino, el silencio era intervalo.
—El Senado lo tratará hoy —ordenó finalmente—. Y que los caduceos reduzcan las raciones en ese sector durante una semana.
—Habrá protestas, lo sabe… —se atrevió uno de los escribientes.
—Habrá orden —corrigió el mayor—. Siempre lo hay.
Uno de los jóvenes escribientes dio un paso al frente, con cautela.
—Señor… el arribo de la princesa imperial generó movimiento. Rumores, expectativas.
El hombre mayor alzó la mirada por primera vez.
—Inevitable. El Imperio Brasileño trae ruido consigo.
—¿Y los acompañantes de la princesa? —insistió el más joven—. Su secretaria, el general, los soldados… ¿hay información al respecto?
Respondió el otro escribiente, con voz baja y precisa:
—Elizabeth Carreiras. Secretaria personal de la princesa; su sombra. Sin linaje ni títulos. Encargada del abastecimiento y la logística íntima de Su Alteza. Nació en el Oeste, en estas tierras; partió al Imperio siendo niña. Trabaja para ellos desde hace algunos años. Fue recomendada por el General Do Santos.
El mayor dejó los papeles sobre la mesa.
—Todos los generales recomiendan —dijo—. Eso no significa que confíen.
Se volvió hacia la puerta cerrada.
—El Rey decidirá cuándo verla. Hasta entonces, observación discreta.
—¿Y el General imperial? —preguntó el más joven—. Do Santos no cede control.
—Que no lo haga —respondió sonriendo—. Los hombres que no duermen suelen cometer más errores.
Nadie sonrió.
A lo lejos, una campana marcó el inicio del día. No era religiosa; era administrativa. En distintos puntos de la ciudad, carretas comenzaron a moverse, guardias cambiaron turno, los esculapios abrieron salas improvisadas, los Platones repitieron lecciones autorizadas. La ciudad despertaba sin entusiasmo.
Desde una ventana alta del Castillo Blanco, otro hombre observaba en silencio. Llevaba dos prendedores de oro en la solapa de su saco. Su presencia no necesitaba anuncio alguno. Tenía las manos cruzadas detrás de la espalda y la postura de quien no se apresura porque el tiempo trabaja para él.
—El Imperio cree que viene a sellar un acuerdo —dijo, por fin—. Nosotros sabemos que viene a probar fuerzas.
Nadie respondió. No hacía falta.
—Y las pruebas —continuó— siempre se hacen con personas.
Se dio vuelta, dejando la ventana atrás.
—Que todo siga su curso. El Reino no se defiende reaccionando; se defiende esperando.
La puerta se abrió. El día entró de golpe y con él, la maquinaria del Reino volvió a girar; lenta, precisa, implacable.