Excepto no defenderla

VI

El amanecer no trajo alivio, llegó sin pedir permiso, como llegan las órdenes que no admiten demora.

Un golpe seco en la puerta me arrancó del sopor liviano en el que había caído sin darme cuenta. No fue urgente ni violento, fue exacto; de esos que no se repiten. Me incorporé de inmediato.

Elizabeth —dijo una voz desde afuera—. O general imperial solicita a sua presença.

Don Raimundo no pedía nada. Convocaba.

Me vestí rápido, usando apenas la luz necesaria; el cuerpo protestó al moverse. La noche había sido corta y el viaje seguía alojado en los huesos. Al abrir la puerta encontré a uno de los caballeros de la guardia imperial; joven, correcto, la mirada fija en algún punto más allá de mí.

—La princesa sigue descansando —dije antes de que hablara.

Por agora —respondió en portugués—. O general quer falar com você primeiro.

Caminamos por corredores que ya no estaban en penumbra. El Castillo despertaba sin ruido, con una actividad contenida y precisa. Guardias cambiando turnos, mensajeros cruzándose con pergaminos sellados y oficiales del Reino avanzando deprisa, sin mirarse entre ellos. El aire estaba distinto.

Don Raimundo me esperaba en una sala menor, sin ventanas ni símbolos; estaba de pie, inclinado sobre una mesa rústica cubierta de mapas. No levantó la vista cuando entré.

—Llegaron noticias —dijo—. Del este.

Me acerqué lo justo para ver los trazos. Territorios marcados con carbón, flechas superpuestas y nombres que conocía demasiado bien.

—La Antigua Uruguay —murmuré.

Asintió.

—Al principio fueron escaramuzas, ahora son enfrentamientos abiertos. El Imperio ya se movió.

Levantó la vista entonces. No había sorpresa en sus ojos.

—El Rey fue aconsejado por el General de su ejército de partir hoy mismo. Él irá también. Serán cinco mil hombres, caballería pesada, suministros. Un apoyo directo.

Entendí la consecuencia antes de que la dijera.

—Vitória no puede volver a Brasil…

—No —confirmó—. No hasta que el frente se estabilice. Y veo que no será pronto.

Respiré hondo. No por mí.

—¿Lo sabe?

—Aún no. —hizo una pausa breve—. Quiero que se lo diga usted.

No sonó a orden.

—Mientras tanto, el gobierno efectivo quedará en manos de su hijo, el Príncipe Laurencio I.

El nombre quedó suspendido entre nosotros.

—El Rey se ausenta —dije—. El centro se corre, está claro…

—Exactamente. Y cuando el centro se corre, todo lo demás busca nuevo lugar.

Enrolló los mapas con cuidado y los apartó de la mesa.

—Mi prioridad sigue siendo la vida de la princesa, dentro y fuera del Castillo. Cada movimiento será coordinado conmigo; cada desplazamiento, cada audiencia.

Hizo una pausa mínima antes de continuar.

—No puedo ir a defender al Imperio que sirvo. No con ella aquí. Mi prioridad debe seguir siendo ella, se lo prometí a su padre Mateus.

—Entendido.

Me sostuvo la mirada un segundo más.

—Este lugar no es seguro —dijo—. Es estable.

Asentí. Lo sabía desde el primer día.

Al regresar por el pasillo que conducía a los aposentos de Vitória, el Castillo ya estaba en plena marcha. Desde una ventana alta vi cómo se organizaba la partida. Hombres ensillando caballos, carretas cargándose con disciplina, estandartes aún enrollados; el Reino se preparaba para la guerra como quien ejecuta una rutina aprendida.

Vitória estaba despierta cuando entré. Sentada en el borde de la cama, ya vestida, con el cabello todavía húmedo.

—Soñé con el río —dijo—. Otra vez ¿Puedes creerlo?

Me senté frente a ella.

—No volveremos al Imperio por ahora, la estadía aquí se extiende. Un grupo organizado del territorio de los antiguos uruguayos se levantó en armas contra tu padre.

Me miró sin hablar. El miedo no apareció de inmediato, primero llegó la comprensión.

—Entonces…

—Nos quedaremos aquí —continué—. Por tu seguridad.

Apretó los labios y asintió una sola vez. La lágrima que cayó fue absorbida enseguida por la manga de su vestido.

—¿Y el Rey?

—Partirá hoy tambien. Acompañará a su ejército…

El silencio se alargó.

—Entonces conoceré primero al príncipe —dijo finalmente, con una media sonrisa—.

—Sí, claro. Será él quien gobierne mientras dure la guerra. No tengo más información que darte.

No respondió. Pero algo en su postura cambió, enderezó los hombros y levantó la cabeza.

Me puse de pie.

—Voy a estar cerca —le dije—. Todo el tiempo que sea necesario.




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