No hubo campanas ni discursos, el Reino no anunciaba sus guerras, las ejecutaba. Desde las galerías altas vi cómo el patio interior se llenaba de hombres y animales con una precisión que solo se logra cuando el ejercicio del poder se vuelve costumbre. Caballos ensillados, carretas cargadas con víveres, estandartes plegados para no delatar intenciones antes de tiempo. Ricardo no apareció de inmediato, primero llegó su sombra.
Un murmullo bajo recorrió las filas cuando el Duque de Buenos Aires, el Vizconde de La Plata y dos Barones tomaron posición. Otras autoridades, como el Vizconde Berisso y el de Ensenada, parte del senado y algunos escribientes del lugar se hicieron presentes minutos después. La jerarquía se ordenaba sola, como si la piedra del Castillo la reconociera.
El aire olía a cuero, a metal frío, a transpiración contenida; a Guerra. En este Reino, los títulos no se heredaban solo por sangre, se ganaban en el campo o aportando algo que la Corona considerara indispensable.
Cuando el Rey cruzó el umbral, todo se aquietó. Era más alto de lo que imaginaba, más delgado y más rígido. Vestía un uniforme de gala militar azul oscuro, con camisa blanca y corbata azul. Condecoraciones por doquier iluminaban su pecho y los dos prenderos de oro resplandecían su camino, uno era el escudo real familiar y encima de él otro con una corona de rey —símbolo del estado—. Las coronas, en estos tiempos, no se llevan en la cabeza, son un prendedor de oro en el ojal de un saco. Al costado izquierdo, colgaba el sable corvo que nunca lo abandonaba; ese era el símbolo más preciado del Reino. No lo levantó ni lo mostró, bastaba con que estuviera allí.
No habló en absoluto; subió al caballo con un movimiento seco, entrenado, y desde esa altura recorrió a los hombres con la mirada. No buscaba adhesión, buscaba obediencia; y la obtuvo.
La columna comenzó a moverse poco después. Salieron del Castillo y tomaron las avenidas anchas de la ciudad, despejadas durante la noche anterior. La ciudad había sido vaciada para el paso real. Desde algunas ventanas altas, figuras inmóviles observaban en silencio; nadie saludaba ni gritaba. El Reino nunca se despide de sus reyes.
El trayecto hacia lo que alguna vez fue la ciudad vecina de Ensenada no era corto. A caballo, con carretas y tropas, llevaría horas. El camino se estiraba hacia el este, bordeando sectores bajos, humedales y tramos de tierra blanda que obligaban a avanzar despacio. La logística marcaba el ritmo y el cansancio también.
Vi cómo la columna se perdía entre diagonales y polvo. Cinco mil hombres no desaparecen de golpe, se disuelven en el paisaje. Primero el frente, luego el centro, por último, la retaguardia, cuidando suministros, animales y tiempos. El Reino sabía marchar.
A lo lejos, el puerto de Ensenada esperaba. Viejas estructuras de madera reforzadas con lo que quedaba. Muelles reconstruidos a fuerza de necesidad. Barcos de casco ancho listos para cargar hombres, caballos y esa forma particular de esperanza que siempre acompaña a la guerra. El río no perdona errores.
A mi lado, Vitória observaba desde una galería protegida. No dijo nada. Sus manos estaban quietas, pero tensas.
—¿Volverá pronto? —preguntó al fin.
Miré el camino.
—En la guerra no existe el pronto —dije—. Existe cuando se puede.
Asintió. No lloró, pero quiso. No preguntó más.
Detrás de nosotras sentí el paso firme de la guardia imperial ajustando posiciones. Don Raimundo Do Santos no seguía al Rey con la mirada. Observaba flancos, salidas, corredores. Su guerra era otra y su misión seguía allí.
Cuando la última carreta cruzó el arco exterior y el polvo empezó a asentarse, el vacío se hizo presente; era ausencia de centro. El poder había partido hacia el río y el Reino quedaba en manos ajenas. Yo me retiré de la galería sin decir nada.
La columna llegó a la antigua Ensenada cuando el sol ya había ganado altura, aunque no calor. El camino había castigado a hombres y animales por igual. El terreno bajo obligó a reducir el paso. Las ruedas de las carretas se hundían y salían con un sonido húmedo, cansado, como si la tierra reclamara su parte. Los caballos sudaban, blancos de espuma en el cuello. Nadie se quejaba.
Vitória no soportó quedarse atrás. El aburrimiento primero y la preocupación después, la llevaron a ordenar que siguiéramos a los soldados hasta el puerto de embarque. Al menos hasta un punto desde donde pudiera ver. Cinco hombres de la guardia imperial, con la anuencia de Do Santos, nos escoltaron.
Una princesa y su secretaria, un conductor, una carreta y cinco soldados a caballo. Seguimos al Rey y a sus hombres camino a la guerra del padre de Vitória.
Desde una elevación natural, el puerto se abrió ante nosotros como una cicatriz antigua remendada a fuerza de urgencia. Muelles de madera reforzados con vigas nuevas y otras no tanto. Grúas manuales, sogas tensas, barcos de casco ancho, bajos de calado, preparados para cargar peso vivo. No había elegancia.
El río estaba inquieto, no era oleaje, pero la corriente empujaba con terquedad, marrón y espesa. Navegar hacia Uruguay exigiría paciencia y pericia. La guerra no empezaba en la costa enemiga, empezaba allí.
Ricardo descendió del caballo sin ayuda. Caminó el muelle como quien pisa terreno propio, aunque el suelo crujiera bajo sus botas. A su alrededor, los oficiales del Reino se desplegaron con eficiencia silenciosa. Las órdenes corrían de boca en boca, del General al Coronel, del Coronel a los Capitanes, de los Capitanes a los Tenientes; breves, exactas. La jerarquía mandaba incluso al río.