El regreso al Castillo fue más lento que la ida. No por la distancia, que ya conocíamos, sino por el peso. La guerra había zarpado y lo que queda atrás siempre pesa más que lo que se lleva. Los caballos avanzaban sin apuro, agradecidos por el suelo firme después del barro del puerto. El polvo se levantaba bajo los cascos y quedaba suspendido unos segundos antes de caer, como si también dudara hacia dónde ir.
La escolta mantenía una formación laxa, distinta a la de la mañana. Ya no había urgencia ni espectáculo. Solo regreso. Dos hombres adelante, el resto repartido a los flancos, lo justo para disuadir sin llamar la atención. Don Raimundo había dado la orden antes de partir del muelle. Nada de exhibiciones. Nada de errores.
Al dejar atrás los márgenes bajos y ganar terreno alto, el paisaje empezó a cambiar. La ciudad se interrumpía de pronto y daba paso a una zona arbolada que parecía sobrevivir por inercia. Árboles altos, torcidos, con raíces expuestas en algunos tramos. El camino se estrechó y la sombra cayó de golpe, fresca, cerrada, casi agradecida.
Reconocí el lugar antes de que nadie lo nombrara. La estatua del alce seguía en pie, ennegrecida por el tiempo, custodiando una entrada que ya no conducía a nada útil. Un antiguo zoológico. Los Mementos imperiales lo mencionaban en sus relatos, como se mencionan las rarezas de un mundo que no volverá. Un pulmón de la ciudad antigua. Un exceso, según el Reino. Conservado más por inercia que por decisión.
Los oficiales redujeron el paso sin que nadie lo ordenara. Allí el silencio tenía otro espesor.
El lago apareció primero como un reflejo entre los árboles. Agua oscura, espesa, contenida por orillas irregulares. No había botes ni restos de muelles. Solo una superficie quieta donde el cielo se miraba sin entusiasmo. Vitória inclinó apenas la cabeza, observando.
—Supongo que antes venían familias —dijo Silvio “El Grande”, casi para sí—. A pasar el día.
Silvio no era un soldado raso, aunque vestía como uno más cuando convenía. Era la mano derecha del General Don Raimundo Do Santos, su hombre de confianza, el que resolvía lo que no admitía papeles ni testigos. Alto, delgado, de cabello totalmente canoso y tez clara como el papel, tenía ojos claros que rara vez delataban algo. Hablaba poco, siempre lo justo. Había desertado de la República de Patagonia años atrás y desde entonces servía al Imperio brasileño con una lealtad práctica, sin discursos. Fue él quien me consiguió el puesto junto a Vitória. Nadie preguntaba por qué Silvio “El Grande” estaba donde estaba, bastaba con saber que Do Santos lo escuchaba.
—¿A hacer qué? —preguntó uno de los guardias.
Silvio tardó en responder.
—A estar. A veces eso alcanzaba.
Nadie dijo nada. La idea de estar sin producir, sin vigilar, sin cumplir una función, flotó incómoda entre nosotros. Los caballos resoplaron, inquietos, como si ese silencio también los afectara.
Más adelante, entre la vegetación, emergió la silueta imposible de un estadio. Las gradas abiertas, inmensas, detenidas en un gesto que ya no significaba nada. El cemento resistía, agrietado, mientras las plantas empezaban a reclamarlo. El rectángulo central era una extensión apagada, sin marcas, sin propósito.
—¿Era un fuerte? —preguntó el más joven.
—No —respondió Silvio—. Era un estadio de fútbol.
La palabra quedó suspendida, todos sabían qué era. Todos lo habían jugado alguna vez, en patios, en plazas, antes de que la diversión se volviera un lujo innecesario. Gritar por colores, perder y volver a casa igual. La idea parecía absurda ahora.
Avanzamos.
A un costado del camino, medio cubierto por pasto alto y ramas caídas, apareció el esqueleto de un vehículo antiguo. La carrocería estaba comida por el óxido; las ruedas hundidas en la tierra, como si hubiera decidido quedarse allí para siempre. No tenía vidrios, ni cubiertas, ni emblemas. Solo forma.
Los caballos se inquietaron. La columna se detuvo.
—¿Qué es eso? —preguntó uno.
—Un auto —dijo Silvio—. Del mundo de antes.
Se acercaron con cautela. Uno de los oficiales se agachó frente al motor abierto y tocó una pieza metálica. La retiró con cuidado, como si pudiera romperse.
—Debían andar rápido. Nunca pude ver uno en acción.
—Más de lo que imaginás —respondió Silvio—. Sin caballos, todo era más veloz.
Rieron. Una risa breve, incrédula.
—Imposible.
—Funcionaban con fuego líquido —agregó otro—. Ardía por dentro.
El joven negó con la cabeza.
—Nadie haría algo así.
Los observé sin intervenir. Giraban piezas, señalaban tubos endurecidos, intentaban entender desde un mundo que ya no tenía las palabras necesarias. El objeto no les devolvía sentido. Era una ruina sin idioma.
—¿Y por qué lo dejaron? —preguntó alguien al final.
Nadie respondió.
Reanudamos la marcha. El bosque empezó a abrirse y la sombra retrocedió. La geometría regresó de golpe, como una corrección violenta. Diagonales, plazas, líneas rectas. La ciudadela retomaba su forma conocida.