No siempre hubo reyes. Eso fue lo primero que le dije a Vitória mientras avanzábamos despacio, dejando atrás el murmullo del mercado y la figura inmóvil de San Martín vigilándonos desde su caballo de bronce. El monumento quedó atrás, pero su presencia siguió acompañándonos como suelen hacerlo las cosas que no se discuten.
—Antes —continué—, esta tierra se gobernaba de otra forma. Con errores distintos, pero con la misma soberbia.
Vitória escuchaba en silencio. Había aprendido rápido cuándo hablar y cuándo dejar que el silencio hiciera su parte.
—Todo empezó con el virus, como ya sabes —dije—. No fue el primero, ni el peor en números. Fue el último en consecuencias y devastadoras.
Lo llamaron COVID-55, porque apareció en ese año de este siglo. Nadie recuerda ya el mes exacto. Algunos dicen invierno, otros en otoño; en realidad, da igual. El mundo empezó a caerse cuando todavía estaba de pie.
Al principio fue como siempre: comunicados, promesas, negaciones. Después vinieron los cierres, las fronteras selladas, el miedo administrado, las reiteradas vacunas fallidas. Y finalmente, el silencio.
—¿Fue tan grave como dicen? —preguntó Vitória.
—Fue definitivo —respondí—. No mató a todos, pero mató lo suficiente para reducir la población mundial a casi la mitad. El virus no destruyó solo ciudades, destruyó confianza.
Los sistemas colapsaron uno detrás de otro. Primero la salud, después el comercio y después la energía. Cuando la electricidad empezó a fallar, el mundo entendió —demasiado tarde— que había construido todo sobre una sola idea: que mañana siempre iba a existir; pero esta vez no existió.
Sin luz, sin gas, sin petróleo, y una economía mundial devastada, los países dejaron de ser países; se convirtieron en territorios, en zonas, en espacios defendibles. Los ejércitos ya no custodiaban fronteras, custodiaban recursos.
—¿Y Argentina? —preguntó ella.
Miré la ciudad alrededor nuestro. La geometría perfecta; el orden forzado.
—Argentina se rompió como todo —dije—. Como se rompen las cosas grandes, sin ruido al principio.
Vinieron las guerras internas, las civiles. Las provincias negociando solas. Los gobiernos cayendo uno tras otro. Y, en medio de ese vacío creció el miedo; entre ello a que el sur avanzara, a que Brasil creciera, a que Chile se endureciera.
En 2061, lo que quedaba del poder tomó una decisión. Empresarios con recursos, militares que todavía podían organizar hombres, religiosos que sabían ordenar conciencias; todos ellos eligieron una forma antigua para un problema nuevo.
—Crear el Reino de las Provincias Unidas del Plata —murmuró Vitória.
Asentí.
—Usaron una idea vieja. De cuando San Martín pensó que una monarquía podía evitar el caos.
Le hablé de aquellos debates lejanos. De la independencia inconclusa, de la duda original sobre cómo gobernar un territorio demasiado grande y demasiado joven. De cómo algunos próceres, entre ellos San Martín, que habían pensado en una monarquía moderada como forma de ordenar lo ingobernable. Le hablé del año 1815, y que el proceso independentista americano había entrado en una encrucijada. Que la indefinición por la que atravesaban las fuerzas militares criollas en todo el continente, coincidió con la restauración monárquica en Europa tras la derrota del proyecto napoleónico.
—Esa historia nunca murió —dije—. Solo esperó el momento adecuado ¿Me sigues?
—Intento —dijo sonriendo—
—Una vez declarada formalmente la independencia en 1816 y en el seno del Congreso de Tucumán, los debates giraron en torno a la forma de gobierno que se debía adoptar. Los congresales estaban de acuerdo en que había que consolidar el orden y la unidad. Querían un orden republicano y federal.
—Optaron por ese orden —interrumpió Vitória.
—Resulta que la alternativa de una monarquía era apoyada por grandes próceres de la patria Argentina, San Martín uno de ellos. Sostenían la necesidad de establecer una monarquía temperada al estilo de Inglaterra. Creían que aún no estábamos listos para un sistema democrático como lo había hecho los Estados Unidos, por ejemplo.
La princesa imperial miraba las baldosas mientras caminada. Escuchaba atenta.
—Tomaron esa historia, la limpiaron, la adaptaron… y la convirtieron en ley.
El “Referéndum de Agosto” selló la ruptura. Algunas provincias aceptaron. Otras no. Ese es el caso del sur, quien se reveló y dijo que no. Y cuando el sur dice que no, la guerra empieza.
Vitória apretó el paso a mi lado.
—¿Y ahora?
Miré el Castillo Blanco recortándose otra vez contra el cielo.
—Ahora estamos en 2083 —dije—. Y este mundo no se está construyendo. Se está sosteniendo.
Hice una pausa.
—Por eso, princesa —añadí—, acá nadie juega, nadie corre, nadie improvisa. Porque cuando todo ya se cayó una vez, el mayor pecado es volver a perderlo todo.
Vitória no respondió. Pero entendió.
Y yo supe que había llegado el momento de contarle solo una parte de la historia. La que convenía, la que todavía no mataba.