Excepto no defenderla

X

El Reino se alzaba ordenado a nuestro alrededor, sólido en su geometría, convincente en su calma aparente. Las avenidas limpias, las guardias visibles, los edificios alineados con una precisión que transmitía estabilidad. Caminábamos dentro de un diseño pensado para ser visto y obedecido, un orden que no necesitaba explicarse para imponerse.

Vitória no habló de inmediato.

Avanzamos unos pasos más y noté que su andar había cambiado. Ya no observaba la ciudad con curiosidad sino con una atención distinta, más cuidadosa, como si las palabras que acababa de escuchar hubieran modificado el peso de cada cosa.

—En el Imperio nos contaron algo parecido —dijo al fin.

La miré de reojo sin interrumpirla.

—También dijeron que fue necesario, que Brasil no se convirtió en Imperio por ambición sino por supervivencia, que el mundo se estaba deshaciendo y alguien tenía que tomar decisiones antes de que todo fuera peor.

Caminó unos metros en silencio antes de continuar.

—Pero allá fue distinto.

—¿En qué? —pregunté.

Vitória juntó las manos delante del cuerpo, ordenándolas sin darse cuenta.

—No hubo referéndum ni elección. Cuando mi padre fue proclamado emperador, ya nadie preguntaba nada. El hambre había llegado primero, los saqueos después, y cuando el Imperio se anunció la gente respiró.

La palabra quedó suspendida entre nosotras.

—Respiró —repitió—, no porque creyera sino porque alguien dijo yo me hago cargo.

Pensé en Ricardo, en su forma de ocupar el espacio sin levantar la voz.

—¿Y Usted? —pregunté—. ¿También respiró?

Dudó, apenas un instante, pero fue suficiente.

—Tutéame, Beth —dijo—. Yo era más chica. Recuerdo a mi madre cerrando ventanas, a los guardias durmiendo en los pasillos, a los sacerdotes hablando de un nuevo comienzo. Todo parecía inevitable.

Levantó la vista hacia el Castillo Blanco, que ya dominaba el eje de la avenida.

—Pero en Brasil nunca se habló de volver atrás, nunca dijeron que la república había sido un error moral, solo dijeron que ya no alcanzaba.

Esa diferencia se sentía incluso en el aire.

—Acá —le dije— el pasado estorba.

Asintió despacio, como si hubiera llegado sola a esa conclusión.

—En el Imperio —continuó— los territorios que se incorporaron no llegaron felices, pero llegaron con miedo, no con culpa. Nadie les dijo que merecían desaparecer.

Pensé en Uruguay, en nuestras provincias de Misiones, Chaco y Formosa, en las fronteras corridas sin ceremonia.

—El Reino —dijo— parece necesitar que todos crean que esto es lo único posible.

Nos detuvimos.

Frente a nosotras se abría la plaza central, limpia, vigilada, exacta, la antigua plaza Moreno. Un grupo de niños avanzaba en fila, guiado por un Platón que recitaba algo de memoria. No distinguimos las palabras, pero el tono alcanzaba para entender.

—¿Eso es peor? —preguntó sin mirarme.

—Es más duradero —respondí.

Vitória guardó silencio. Luego habló sin buscar defensa ni absolución.

—Allá también hubo cosas que no se dijeron, personas que desaparecieron, regiones que se integraron demasiado rápido.

Se volvió hacia mí.

—No te estoy diciendo que el Imperio sea mejor.

—Lo sé.

—Solo distinto.

El viento movió apenas las hojas de los árboles y la plaza siguió funcionando con normalidad. Nada parecía alterado y, sin embargo, algo ya estaba en movimiento.

—En Brasil —agregó— el Imperio prometió expansión, rutas, comercio, movimiento. Acá prometen orden.

Pensé en el estadio vacío, en el auto oxidado, en la velocidad perdida.

—Las dos promesas cuestan caro —le dije.

Vitória exhaló despacio.

—Supongo que por eso estoy acá.

No explicó más. Tampoco hizo falta.




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