Excepto no defenderla

XI

Llegamos caminando a la ex Plaza Moreno, hoy rebautizada Plaza Ricardo I. No porque el trayecto fuera largo, sino porque nadie apuraba el paso cuando el aire empezaba a espesarse de ese modo. La escolta avanzaba en formación abierta, empujando con suavidad a la gente hacia los bordes, como si el orden pudiera sostenerse solo por repetición y costumbre.

Antes de verla, la escuché. No los gritos ni los llantos, sino un murmullo bajo, compacto, inquieto. El sonido de muchas respiraciones contenidas juntas. El ruido de una multitud que sabe que algo irreversible está por ocurrir y, aun así, permanece.

Vitória redujo el paso. Yo también. A medida que nos acercábamos, los rostros empezaron a definirse. Mujeres con niños en brazos, algunos demasiado pequeños para entender dónde estaban. Hombres con las manos agrietadas, uñas negras, hombros hundidos. Viejos apoyados en bastones improvisados. Nadie hablaba en voz alta; las palabras parecían innecesarias, incluso peligrosas.

La plaza estaba llena, pero no apretada. El espacio había sido calculado para permitir ver sin tocarse demasiado, para que cada uno cargara con la escena a solas, aunque estuviera rodeado.

En el centro, elevada sobre una plataforma de madera cruda, estaba la estructura. Realizada de una armazón de hierro y madera, sólida, recién montada, sin adornos. Diez sogas colgaban alineadas con precisión; ni una más, ni una menos. Debajo, diez hombres de pie, atados y golpeados, algunos con la cabeza gacha, otros mirando fijo a ningún lado. Un par todavía intentaba mantenerse erguido, como si la postura pudiera retrasar lo inevitable.

—¿Qué…? —susurró Vitória.

No respondí.

Un vendedor ambulante, a unos pasos de nosotras, había dejado su canasta en el suelo. Pan duro, envuelto en tela. Nadie lo miraba. Nadie compraba. El hambre sabía esperar cuando el miedo mandaba.

Distinguí al presidente del Senado por la túnica blanca abierta sobre el traje oscuro. A su lado, los demás senadores formaban una línea imperfecta. Plebeyos con vestimentas limpias, linajes menores con insignias discretas, dos rostros que no mostraban nada en absoluto. No había enojo ni entusiasmo. Solo atención.

Un niño, subido a los hombros de su padre, preguntó algo en voz baja. El hombre no respondió; solo lo bajó y le apoyó la mano en la cabeza, obligándolo a mirar al suelo.

Antes de que comenzaran, el Senado ya estaba en movimiento. Un senador ajustó un pliegue de su traje oscuro; otro alisó las mangas con un gesto mecánico, como quien se prepara para una ceremonia repetida demasiadas veces. Un tercero revisó la tensión de una de las sogas con dos dedos, sin apuro, y asintió apenas. Los guardias respondieron a señales mínimas, un leve movimiento de cabeza, una mano que se detenía en el aire un segundo más de lo necesario. Todo estaba medido, la altura de la plataforma, la distancia entre los cuerpos, el ángulo desde el cual la multitud debía mirar. No había nervios, se percibía la rutina. El Senado no improvisaba justicia; la ejecutaba como un oficio aprendido.

El presidente dio un paso al frente y comenzó a leer.

—En nombre del Rey del Plata y del orden que nos sostiene, estos hombres han sido hallados culpables de robo reiterado de bienes comunes, poniendo en riesgo la subsistencia colectiva.

Bienes comunes. La expresión recorrió la plaza como una corriente fría.

Algunos de los condenados reaccionaron al oírla. Uno levantó la cabeza, otro intentó girarse hacia la multitud. El último abrió la boca, pero no llegó a pronunciar nada, un guardia dio un paso corto y ejecutó un golpe seco, exacto, aprendido. El sonido fue breve, pero se sintió en todo el cuerpo. La boca quedó cerrada y el nombre murió ahí mismo.

Vitória me agarró del brazo. Su mano temblaba.

—Elizabeth… —dijo sin terminar la frase.

—Mirá —le dije en voz baja—. No apartes la vista.

Me miró, desorientada.

—Porque esto también gobierna.

El presidente del senado levantó el brazo. Nadie tosió ni se movió. Incluso los animales parecían haber quedado fuera del tiempo.

El brazo bajó. La madera cedió de golpe y las sogas se tensaron al mismo tiempo. Los cuerpos cayeron. El impacto fue brutal, seco, sin elegancia. Algunos cuellos resistieron un segundo más, demasiado. Las piernas se agitaron buscando un suelo que ya no estaba. El anteúltimo en la fila convulsionó con violencia, orinándose encima. Otro quedó inmóvil casi de inmediato, como si hubiera estado esperando ese instante.

Un gemido recorrió la plaza; no fue un grito. Fue peor. El aire se llenó de un olor metálico, tibio. No había chorros de sangre, pero estaba ahí, en la boca de uno, en la nariz de otro, marcando la madera bajo los pies.

Un anciano se persignó. Una mujer se tapó la cara tarde. Un hombre miraba sin parpadear, como si necesitara grabar cada detalle para no olvidarlo nunca… o para olvidarlo mejor.

El Senado no esperó. Cuando los cuerpos todavía se movían, los senadores se dieron vuelta y se retiraron juntos, ordenados, sin acelerar ni detenerse, como quien cumple una tarea necesaria y desagradable.

La multitud tardó en reaccionar. Primero un paso atrás, luego otro. Después, el murmullo volvió, más bajo aún. La gente empezó a dispersarse despacio; nadie corría y nadie gritaba. Algunos retomaron sus canastas, otros recogieron niños. Un grupo se quedó mirando más de la cuenta.




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