Entramos al Castillo sin decir una palabra. Las puertas se cerraron detrás de nosotras con ese sonido espeso que no promete resguardo, sino encierro. El interior parecía igual que siempre, pasillos oscurecidos por el ladrillo antiguo, antorchas quietas, guardias inmóviles en sus puestos. Nada había cambiado en apariencia y, sin embargo, todo estaba atravesado por lo que acabábamos de ver.
Vitória caminaba rígida, como si el cuerpo ya no le perteneciera del todo.
—No mires —le dije cuando pasamos junto a un grupo de sirvientes—, no ahora.
Asintió sin levantar la vista. Tenía los dedos apretados, blancos, como si todavía sostuviera algo que no podía soltar.
Nos condujeron a sus aposentos sin ceremonias. La noticia de la ejecución se movía por el Castillo con la velocidad propia de las cosas que no necesitan explicación. En el Reino, la muerte viaja liviana.
Cuando la puerta se cerró, Vitória se dobló sobre sí misma. No gritó ni lloró. Se sentó en el borde de la cama y quedó ahí, mirando un punto fijo del suelo, respirando en bocanadas cortas, como si el aire hubiera decidido volverse insuficiente.
—No estaban… —empezó a decir y la voz se le quebró antes de terminar.
Me arrodillé frente a ella.
—No —dije—, no estaban.
Me miró por primera vez desde la plaza. Los ojos celestes enormes, vidriosos, desarmados.
—Uno me miró —susurró—, justo antes.
No hubo respuesta posible para eso.
La ayudé a desvestirse. Las manos le temblaban tanto que no podía desatar los cierres. La piel estaba fría, pese a que el ambiente era templado. La acosté despacio, con cuidado, como se acuesta a alguien que acaba de atravesar algo que todavía no sabe nombrar.
—Dormí —le pedí—, el cuerpo necesita apagarse.
—¿Cómo hacés vos? —preguntó de pronto—, para seguir caminando.
La pregunta me atravesó sin aviso.
—No siempre se puede —respondí—, a veces solo se sigue.
Cerró los ojos. No dormía, se defendía.
Me quedé sentada junto a la cama un rato largo, escuchando su respiración irregular. Cuando al fin se aquietó apenas, salí en silencio y fui a mi habitación. Cerré la puerta y recién entonces el temblor llegó.
No fue llanto. Fue un estremecimiento profundo, como si el cuerpo reclamara algo que la cabeza se había negado a sentir en la plaza. Me apoyé contra la pared fría y respiré. Conté sin querer hacerlo, diez sogas, diez cuerpos, diez advertencias. El Reino había marcado el día.
Me acosté vestida, sin apagar la antorcha. El cansancio venció primero, el sueño llegó después, roto, fragmentado.
Desperté con un grito ahogado en el pasillo; Vitória. Corrí, tirando todo a mi paso. La encontré empapada en sudor, los ojos abiertos y perdidos, forcejeando con algo que no estaba ahí.
—No… no… —murmuraba—, se mueven… todavía se mueven…
La sujeté con fuerza.
—Vitória, mirame, estás acá.
Tardó en reconocerme. Tenía fiebre, la piel ardía, el pulso acelerado. Mandé a llamar a un esculapio del Castillo con una urgencia que no admitía protocolo. Llegó con hierbas, paños, manos cansadas que sabían qué hacer cuando el cuerpo no soporta lo que vio.
—Shock —dijo en voz baja—, el cuerpo intenta expulsar lo que la mente no puede ordenar.
La noche se volvió larga. Vitória deliró; nombró cosas inconexas, el río, su madre, una ventana cerrándose, una soga que caía antes de tiempo. En un momento me tomó la muñeca con una fuerza inesperada.
—No quiero acostumbrarme —dijo—, prométeme que no me voy a acostumbrar.
Le apreté la mano.
—No lo vas a hacer —mentí con suavidad—, yo no te voy a dejar.
Cuando el amanecer empezó a filtrarse por las cortinas, la fiebre cedió apenas. Dormía por agotamiento. Me quedé sentada a su lado hasta que el cansancio me venció también.