Excepto no defenderla

XIII

Tercer día

El amanecer entró sin permiso y sin intención de consolar. La luz se filtró débil por la ventana, pálida, casi enferma, sin calor ni alivio, apenas la confirmación de que el tiempo seguía avanzando, aunque el cuerpo pidiera otra cosa.

Vitória seguía dormida, o algo parecido. Su respiración era irregular, pesada, como si el aire tuviera que abrirse paso a la fuerza. El sudor le empapaba el cabello y la camisa liviana que le habían puesto durante la noche. Me acerqué despacio y apoyé el dorso de la mano sobre su frente. Todavía ardía.

El esculapio había sido claro, la fiebre había bajado, pero el quiebre no. El cuerpo reaccionaba tarde, intentando expulsar algo que la mente había absorbido sin defensa.

Desde la ventana alta vi cómo la ciudad despertaba. Carretas avanzando por las diagonales exactas, guardias cambiando turno con la misma precisión del día anterior, un grupo de caduceos instalando un punto de intercambio y pesando granos con balanzas gastadas. Nada indicaba que, apenas unas horas antes, diez cuerpos habían quedado colgando en la plaza. El Reino no recordaba, funcionaba.

Humedecí un paño y lo apoyé en la frente de Vitória. Se movió apenas, murmurando algo ininteligible.

—No… no mires… —susurró.

Me quedé quieta.

—No estás mirando —le dije en voz baja—, estás acá, conmigo.

Abrió los ojos lentamente. Le costó enfocar, como si la realidad tuviera bordes demasiado duros.

—¿Ya es de día? —preguntó.

—Sí. Día tres.

La palabra día pareció pesarle más que la fiebre.

—Entonces sigue —dijo.

No era una pregunta.

Le acerqué agua. Bebió apenas un sorbo y apartó la cabeza, exhausta.

—En el Imperio… —empezó, se detuvo para respirar— las ejecuciones no eran así. Eran rápidas, lejos. No se obligaba a mirar. Nunca había presenciado una. Nunca siquiera me hubieran dejado…

—Acá necesitan testigos —dije sin dejarla terminar—, el orden se sostiene con memoria dirigida.

Giró el rostro hacia mí. Los ojos seguían vidriosos, pero había lucidez.

—¿Siempre fue así para vos? —preguntó—, ¿siempre pudiste verlo?

La pregunta era simple. La respuesta no.

—No —dije al fin—, antes creía que acostumbrarse era una forma de fortaleza.

Cerró los ojos.

—¿Y ahora?

Apreté el paño entre los dedos.

—Ahora sé que también es una forma de pérdida.

Vitória respiró hondo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

—Tengo miedo de quebrarme —admitió—, de no poder volver a ser útil.

Me senté a su lado.

—No estás rota —le dije—, estás viva en un lugar que castiga eso.

Un golpe seco resonó en el pasillo. Pasos, órdenes breves, metal rozando piedra. El Castillo ya estaba despierto. El Reino no se detenía por una fiebre ajena.

Vitória volvió a cerrar los ojos.

—No me dejes sola —pidió, casi sin voz.

—No lo voy a hacer.

No fue una promesa grandilocuente. Fue logística emocional.

Me quedé ahí, sosteniendo el paño, escuchando su respiración ir y venir, mientras afuera el tercer día se organizaba con la eficiencia de siempre. Guardias en movimiento, voces medidas, rutinas que no admitían pausa.

Era el primer día en que Vitória ya no podía refugiarse en la idea de que todo esto era solo política. Y también el primer día en que yo empezaba a preguntarme cuánto más iba a costarnos mirar sin quebrarnos del todo.

Vitória se había vuelto a dormir. No un sueño sereno, pero sí lo suficientemente profundo como para permitirle descansar sin sobresaltos. El esculapio había insistido en que no la despertara, que el cuerpo necesitaba tiempo para acomodar lo que la mente todavía rechazaba. Acomodé la manta, apagué una antorcha y salí en silencio.




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