Decidí recorrer el Castillo. Por curiosidad y por necesidad. Lejos de las salas principales, el Castillo Blanco se volvía otro. Los pasillos se estrechaban, las bóvedas descendían, la piedra dejaba ver imperfecciones que el protocolo no lograba ocultar. Había tramos donde el eco se apagaba antes de tiempo y otros donde cada paso parecía quedar suspendido, como si el lugar escuchara. Caminé sin rumbo, dejándome llevar por esa parte del edificio que no estaba hecha para ser vista.
Atravesé un claustro antiguo, reconvertido en jardín interno. El pasto crecía irregular, más por obstinación que por cuidado. En el centro, una fuente seca conservaba la forma de otro tiempo. Antes había sido un lugar de oración. Ahora era un espacio donde el tiempo parecía haberse detenido a observarse a sí mismo.
—No es un buen lugar para perderse.
La voz no fue abrupta. Fue exacta. Me giré.
Un hombre estaba apoyado contra una columna, a medio camino entre la sombra y la luz. No vestía como un guardia ni como un noble. Ropa simple, bien cuidada, sin marcas visibles. Alto, delgado, el cabello oscuro cortado con prolijidad. La postura era relajada, aunque había en ella una atención constante, como si el cuerpo estuviera acostumbrado a registrar más de lo que dejaba ver. Los ojos claros se detuvieron en mí sin apuro.
—No estoy perdida —respondí—. Solo caminaba. Conociendo el Castillo.
Asintió apenas, como si la respuesta no le resultara ajena.
—A veces es lo mismo.
No supe en qué momento me acerqué un paso más. El silencio que se abrió entre nosotros no incomodaba, pero tampoco invitaba a relajarse. Tenía una densidad particular, como si algo estuviera a punto de decirse y ninguno de los dos encontrara todavía la forma correcta.
—¿Es del Castillo? —pregunté, cuidando el tono.
—Lo suficiente —dijo—. ¿Y usted?
—Acompaño a alguien que necesita descansar. Soy la secretaria de la princesa Vitória, del Imperio brasileño.
Lo procesó en silencio. No hubo sorpresa, pero sí una leve atención nueva, casi imperceptible.
—Entonces camina para no pensar.
No lo negué.
El murmullo lejano del Castillo despertando nos rodeaba sin alcanzarnos del todo. Pasos, órdenes breves, metal rozando piedra. En el claustro, ese sonido llegaba amortiguado, como si perteneciera a otro lugar.
—Por ser brasilera habla un español impecable —dijo—. Diría que pertenece más a este lado del oeste.
—No soy brasilera —respondí, acomodándome un mechón detrás de la oreja—. Soy del Reino. Mis padres se fueron a Brasil cuando yo era chica.
Me observó un segundo más de lo habitual.
—Entiendo —dijo al fin.
Desvió la mirada hacia una paloma que había entrado al claustro sin pedir permiso. La siguió con los ojos, distraído apenas.
—Lo de ayer… —empezó, y se detuvo—. La plaza.
El cuerpo reaccionó antes que la cabeza.
—No todos miran igual —dije.
—Yo miré —respondió—. Y todavía no sé qué hacer con eso.
No justificaba ni condenaba. Dudaba, esa era la parte inquietante.
—En este lugar —le dije—, dudar no suele ser bien visto.
—Lo sé —respondió con una sonrisa breve, casi irónica—. Créame que lo sé.
Hubo algo en la forma en que lo dijo que me desarmó un poco. Como si la advertencia fuera tan personal como mía.
Caminamos juntos unos pasos, sin tocarnos. El claustro se abría hacia un pasillo lateral, menos transitado.
—No pregunté su nombre —dijo— ¿Como se llama la señorita que nació en el Reino y creció lejos de él?
Ironizó. Yo dudé apenas.
—Elizabeth —devolví la sonrisa—.
Repitió el nombre en silencio, como si midiera su peso.
—Es un nombre que no pasa desapercibido.
—Acá ninguno lo hace.
—Todos pesan —corrigió—. Algunos solo aprendieron a esconderlo mejor.
Nos detuvimos. Estábamos cerca, demasiado para que fuera casual. Bajó la voz sin darse cuenta.
—¿Se va a quedar mucho tiempo en este Castillo?
—No depende de mí —respondí—, el tiempo que sea necesario. Acompaño a la princesa y a decisiones que no me pertenecen. Esta visita debía ser breve, pero los acontecimientos recientes cambiaron las condiciones.
Asintió, como si esa respuesta confirmara algo que ya intuía.
—Eso nunca es poco ¿En que acompaña a la princesa que menciona?
—Esta visita duraría siete días; presentar respetos al Rey ante el acuerdo matrimonial de la princesa y el príncipe de vuestro reino. Si todo sale como lo pactado, supongo que se casarían en breve; pero creo que eso no depende ahora de ellos. Sobre todo, viendo los sucesos de ayer...
Sentí algo en el pecho. No fue deseo inmediato; como si, por un instante, el mundo hubiera bajado el volumen y nos permitiera existir sin banderas.
—Este lugar —dije— convierte todo en teatro ¿Lo notó¬?
—Y, aun así —respondió—, a veces se cuela algo que no sirve para nada.
Nos miramos. No hizo falta decir qué era ese algo.
Un sonido seco interrumpió el momento, eran pasos firmes aproximándose. El hombre se enderezó de inmediato; no cambió la expresión, cambió el eje, como si el cuerpo recordara de golpe algo que la conversación había dejado en suspenso.
—Debo irme —dijo—. No siempre puedo elegir cuándo aparecer.
—Ni cuándo desaparecer —respondí.
Sonrió. Esta vez sin reservas.
—Nos volveremos a ver, Elizabeth.
—¿Por qué está tan seguro?
—Porque este Castillo no ofrece muchos lugares donde respirar.
Se alejó por el pasillo opuesto sin mirar atrás.
Un segundo después, voces más formales, pasos sincronizados. Un grupo de granaderos apareció desde el extremo del claustro. Al verlo, uno de ellos se detuvo en seco.
—Alteza —dijo, inclinando la cabeza.
Sentí el frío recorrerme la espalda. El hombre se volvió apenas, no había cambiado nada visible, y sin embargo el peso del lugar pareció acomodarse a su alrededor.
—No es necesario —respondió con cortesía—. Continúen.
Los oficiales obedecieron sin dudar.
Alteza. La palabra quedó suspendida entre la piedra y mi respiración. Entendí sin que nadie lo confirmara. Demasiado tarde para retroceder, demasiado pronto para medir el alcance.
Cuando desapareció, el Castillo recuperó su murmullo habitual. Me quedé sola en el claustro, con el pulso alterado y una certeza nueva, incómoda, acomodándose despacio.
El hombre que dudaba. El que miró la plaza y no supo qué hacer con eso; sin decir su nombre, ya lo había dicho todo. Y sin buscarlo, habíamos cruzado una frontera que no figuraba en ningún mapa del Reino.