Excepto no defenderla

XV

El Peso del día

El tercer día terminó de instalarse cuando el Castillo ya había decidido seguir adelante, Vitória despertó varias veces esa mañana, nunca del todo, abría los ojos, reconocía la habitación, me buscaba con la mirada y volvía a cerrarlos; vencida por un cansancio que no era solo físico. La fiebre había bajado, pero el cuerpo seguía frágil, como si cualquier pensamiento mal colocado pudiera volver a quebrarlo.

—No quiero soñar —dijo en uno de esos despertares—. Si duermo, vuelven.

Le humedecí los labios con agua y se la acerqué despacio.

—Entonces descansá sin dormir —le respondí—, el cuerpo también sabe hacer eso.

Asintió, agradecida, y volvió a perderse en ese estado intermedio donde el tiempo parece suspenderse, sin pasado ni futuro claros.

Desde la ventana, el Reino se mostraba eficiente, quizá demasiado. Guardias cumpliendo turnos, funcionarios entrando y saliendo con pergaminos sellados, servidores desplazándose sin levantar la vista. Nada indicaba que el día anterior hubiera terminado con cuerpos balanceándose en una plaza central; el orden no se detenía por la sangre, la absorbía, la incorporaba a su ritmo.

Cuando confirmé que Vitória estaba estable decidí salir, no lejos ni mucho tiempo, solo lo necesario para entender qué tipo de día había empezado.

El Castillo Blanco, a esa hora, tenía una actividad distinta, menos ceremonial y más administrativa. Los pasillos se llenaban de decisiones pequeñas, de esas que no figuran en los relatos heroicos, pero sostienen los reinos: raciones, rutas, castigos menores, permisos que no se conceden y que nadie registra como violencia.

Fue en uno de esos corredores secundarios donde lo volví a ver. No estaba solo, aunque tampoco rodeado de pompa. Caminaba acompañado por dos hombres que hablaban poco y escuchaban mucho, vestía igual que el día anterior, sin marcas visibles de poder. Me vio al mismo tiempo que yo a él, se detuvo, los otros dos siguieron unos pasos más y luego se alejaron obedeciendo una señal mínima de su mano.

—Elizabeth —dijo.

Mi nombre en su voz sonó distinto, más cuidado, como si al pronunciarlo midiera algo.

—Alteza —respondí con una inclinación breve.

Frunció el ceño.

—Acá no —corrigió—, no cuando no hace falta.

—Siempre hace falta —dije—, solo que a veces se finge que no.

Me sostuvo la mirada, no con dureza sino con atención.

—¿La princesa?

—Descansa —respondí—, como puede.

Asintió despacio.

—Lo siento.

No era una frase política, no buscaba absolución, y eso la volvió incómoda.

—El Reino no suele pedir disculpas —observé.

—El Reino no habla —dijo—, las personas sí.

El silencio que siguió fue breve, pero denso.

—Ayer el Senado actuó según lo previsto —continuó.

—Lo vi.

—Yo también.

No justificó nada, no explicó, dejó la frase donde estaba, abierta.

—Hoy postergué dos sentencias menores —agregó—, no por piedad, que quede claro, por cálculo.

—¿Cálculo de qué?

—De tiempo —respondió—, el miedo rinde mejor cuando no se gasta todo de una vez.

La honestidad me heló un poco la sangre.

—Eso no lo vuelve distinto a su padre.

—No —admitió—, pero me obliga a mirarlo de frente.

Ahí entendí que el centro del Reino no estaba firme, apenas sostenido.

—Cuide a la princesa —dijo al final—, espero poder conocerla cuando esté mejor.

—Ya lo hago, Alteza.

Asintió y dio un paso atrás, con una media sonrisa.

—Este Reino no está preparado para alguien que no se quiebre como esperan.

Se fue sin esperar respuesta, no lo seguí con la mirada.

Al volver sobre mis pasos noté algo fuera de lugar, mínimo, casi invisible. Una bandeja con medicación había sido dejada frente a una puerta equivocada, la de una sala que no se usaba; el contenido era correcto, las dosis exactas, pero el recorrido no coincidía con el protocolo. Antes de seguir, vi el detalle que nadie habría señalado: un hilo de lana escarlata, anudado al borde de la bandeja, discreto, funcional, como si siempre hubiera estado ahí. No lo toqué, no hacía falta. Alguien había decidido por otro, sin ruido, sin nombre, dejando solo lo imprescindible para quien supiera mirar. No la moví y seguí caminando.

Regresé a los aposentos de Vitória con una certeza nueva incómoda, el heredero no era un reflejo perfecto del Rey, y eso no lo volvía mejor, lo volvía impredecible.

Vitória despertó entrada la tarde, pálida pero lúcida, me miró como si hubiera vuelto de un lugar lejano.

—¿Hice algo vergonzoso? —preguntó.

—No —respondí—, sobreviviste.

Eso pareció tranquilizarla más que cualquier promesa.




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