La República Patagonia
No fue una rebelión. Eso es lo primero que siempre pienso cuando el sur vuelve a mi cabeza, aunque casi nunca lo diga en voz alta. El Reino insiste en llamarlo así porque la palabra les sirve: rebelión suena a desorden, a error, a algo que puede corregirse. Lo que ocurrió en Patagonia fue otra cosa. Fue un rechazo; seco y definitivo.
Después del Referéndum de Agosto, cuando el Reino del Plata empezó a tomar forma y a ordenar el territorio bajo una sola corona, el sur entendió algo que en otros lugares prefirieron no mirar demasiado tiempo: una vez que se acepta un rey, no hay ensayo general, no hay vuelta atrás. No hay corrección posible. El sur no votó en contra del orden; votó en contra de entregar lo último que le quedaba: decidir.
Las provincias patagónicas, para ese entonces, ya no tenían poder económico. Tenían un ejército diezmado. No tenían aliados fuertes, tenían territorio, frío, distancia y memoria. Y con eso alcanzó para decir que no.
El Reino respondió como responden siempre los poderes que no toleran el límite: declarando la guerra. No fue inmediata, primero vinieron los bloqueos. Después la retención de recursos, para finalmente, llegar a los “operativos de pacificación”. Palabras limpias para acciones sucias; poblados enteros aislados, rutas cerradas, agua controlada. El hambre como método. Cuando el sur resistió más de lo esperado, el Reino decidió que la guerra no debía ganarse rápido; debía durar, porque convenía.
Así nació el muro. Veintisiete metros de altura y contraído de hormigón, acero, piedras, cuerpos, todo lo que entrase para separar. De cordillera a mar; una línea recta trazada sobre mapas que nunca tuvieron en cuenta a la gente que vivía ahí. El muro no se construyó para defender al norte, se construyó para castigar al sur.
Cada metro de hormigón fue un mensaje: hasta acá llegan. No solo los cuerpos, también las ideas, los recuerdos, los nombres. El muro separó familias, cortó rutas antiguas, convirtió al cruce en un acto de guerra. No sería el primer muro que el mundo vería, pero sería uno de los más sangrientos. Del lado del Reino, el muro se presenta como una frontera necesaria. Del lado patagónico, es una sentencia suspendida.
Ahí se ejecuta, se intercambia, se muere lento. Las guerras del sur nunca tuvieron frentes claros; no hubo batallas gloriosas ni partes oficiales que se lean en voz alta. Fueron emboscadas, incendios nocturnos, desapariciones. El Reino atacaba donde sabía que dolía menos políticamente: lejos de las capitales, lejos de los ojos.
Fue en esas guerras donde perdí a mis hermanos. No murieron en combate,
murieron en operaciones. Eran jóvenes que sabían moverse, que sabían esconderse; eso fue suficiente para que el Reino los marcara. El sur aprendió rápido que no hacía falta empuñar un arma para ser enemigo: bastaba con no someterse.
Con el tiempo, la República de Patagonia se formalizó, no como gesto simbólico, sino como necesidad administrativa. Hubo un presidente, un gabinete, leyes escritas en papel y memoria. No prometieron victoria, sino algo más simple y más difícil: no desaparecer.
El Reino nunca la reconoció. Para el norte, Patagonia es una anomalía que debería haberse extinguido sola. Para el sur, el Reino es una herida que no deja de sangrar. No hay épica en eso; hay cansancio, frío, hambre y una obstinación que no se aprende: se hereda.
Cuando miro el mapa actual del continente, sé que muchos creen que la guerra está lejos, contenida detrás del muro. Pero el muro no detiene la guerra, solo la acumula. Y todo lo que se acumula demasiado tiempo… termina buscando una salida.
La familia
Vivíamos a treinta y siete kilómetros del primer contacto con el muro. Treinta y siete kilómetros no parecen mucho cuando se miden en mapas, pero en el sur eran una distancia exacta: lo suficientemente cerca como para sentirlo, lo suficientemente lejos como para fingir que no estaba ahí todos los días.
Nuestra casa quedaba en una zona de transición, bastante despoblado y desierto. Tierra dura, viento constante y un puñado de construcciones bajas, levantadas con lo que se podía rescatar. Desde el punto más alto del terreno, en los días claros, el muro se veía como una línea gris, recta, antinatural. Clara decía que parecía una cicatriz mal cerrada.
Éramos cinco. Mi padre y mi madre, y en orden, mis dos hermanos de nombre Francisco y Eleuterio, Clara y yo, la mayor de los cuatro hermanos.
Mi padre había sido militar antes de que la palabra militar se volviera sospechosa en el sur; no era un héroe ni un fanático. Era alto, ancho de espalda, de movimientos contenidos. Caminaba despacio, como si siempre midiera el terreno. Tenía el cabello ya entrecano, y una mirada que no se distraía. No hablaba de la guerra, no hablaba de Chile ni del pasado. Pero sabía reconocer sonidos a kilómetros y nunca dormía profundamente.
Decidió retirarse —si es que a eso se le puede llamar retiro— y se dedicó a organizar la defensa comunitaria. No con armas visibles, sino con rutas de escape, señales, turnos. Enseñaba a observar antes de actuar. Decía que la violencia sin lectura era solo ruido.
—El que sobrevive no es el más fuerte —repetía—. Es el que entiende primero.
Mi madre era profesora de matemáticas. Eso, en ese mundo, era casi una rareza. No porque no hicieran falta números, sino porque nadie quería recordar cómo funcionaban. De nombre Francisca Olivos, era menuda, de voz suave, con manos siempre ocupadas. Tenía el cabello claro recogido casi todo el tiempo y una paciencia que no confundía con debilidad.
Enseñaba en casa y en otras casas. A niños, a adultos, a quien se animara. No hablaba de política. Hablaba de lógica. Decía que entender relaciones entre cosas era una forma de libertad. El Reino pensaba lo mismo. Por eso, un día, se la llevaron.
Mis hermanos eran distintos entre sí. Francisco era impulsivo; alto como mi padre, pero más liviano de cuerpo. Siempre parecía adelantado medio paso al mundo. Sonreía fácil, confiaba demasiado. Se dedicaba a transportar provisiones entre comunidades, aprovechando rutas que el Reino todavía no controlaba del todo. Decía que moverse era una forma de resistencia.
—Mientras circule algo —decía—, no nos ganaron.
Eleuterio, el del medio, llevaba el nombre de mi abuelo paterno. Era más silencioso; delgado, de rostro anguloso, ojos oscuros. Observaba antes de hablar y sabía reparar armas viejas, cuchillos, mecanismos simples. Tenía una precisión que intimidaba, no creía en gestos grandilocuentes. Creía en estar listo.
Murieron en una de las primeras grandes ofensivas del Reino en la zona. No hubo combate abierto, hubo una emboscada. Después, cuerpos que no regresaron.
Al confirmar que Francisco y Eleuterio ya no pertenecían al mundo de los vivos, sino a la contabilidad de ausencias del Reino, algo ya se petrificaba definitivamente en mi pecho. No lloré en aquel entonces; en la montaña aprendimos que las lágrimas se congelaban y te quemaban la piel. En su lugar, cada vez que los extrañaba metía la mano en el bolsillo de mi saco y apretaba un pequeño trozo de granito que Francisco me había entregado antes de su última misión. Estaba liso por el roce de mis dedos, gastado de tanto buscar en él una respuesta que nunca llegaba. Mis hermanos no eran héroes de mármol; eran pedazos de mi propia infancia que el Reino había triturado
Clara era la menor. Más baja que yo, la niña más hermosa que habría visto en mi vida; más liviana, pero con una energía que no se apagaba nunca. Tenía el cabello oscuro, siempre suelto, y una costumbre extraña de mirar las cosas de costado, como si así pudiera ver mejor. Era curiosa hasta el peligro; desarmaba todo: cerraduras, relojes, lámparas inútiles. Tenía manos pequeñas, rápidas, y una concentración feroz.
—Si algo existe —decía—, sirve para algo. Aunque no sepamos para qué todavía.
Yo era la mayor. Desde chica asumí un lugar que nadie me pidió, pero que alguien tenía que ocupar. No era la más fuerte ni la más inteligente, era la que aguantaba. Aprendí a leer silencios, a medir riesgos, a cuidar sin que se notara. Físicamente siempre fui resistente: cuerpo fibroso, piernas fuertes de tanto caminar, mirada entrenada para no delatar lo que pienso.
Vivíamos con rutinas estrictas, no por disciplina, por supervivencia. Horarios, turnos, señales. El muro estaba cerca, y con él venían patrullas, sobrevuelos esporádicos, controles que cambiaban sin aviso. Aprendimos a no encender luces innecesarias, a no hablar fuerte, a no repetir nombres. Vivíamos, y eso en estos tiempos, era un privilegio de pocos.