Excepto no defenderla

XX

La aparición de Laurencio en el corredor no fue un encuentro, sino una interrupción del vacío. Caminaba despojado de su escolta habitual, avanzando con la gravedad de quien lleva demasiadas horas despierto; se detuvo a unos pasos de mí, sin sorpresa en la mirada, como si mi presencia fuera la única constante lógica en la arquitectura nocturna del palacio.
—El Castillo no duerme, señorita —dijo, y su voz resonó extrañamente íntima en la penumbra de la galería.
—Nunca lo hizo, Alteza —respondí, esbozando una sonrisa que pretendía ser protocolar pero que salió cómplice—. Solo finge cerrar los ojos.
Hubo un silencio breve, no el silencio incómodo de los desconocidos, sino uno medido, cargado de todo lo que no podíamos decir en voz alta; un espacio donde respiramos el mismo aire viciado de conspiraciones.
—Mi padre volverá —agregó, rompiendo la pausa con una certeza que sonó más a deseo que ha hecho—. Pero el Reino no puede esperar a que él decida regresar; sepa entender la urgencia.
—El Reino nunca espera, Alteza —repliqué, sosteniéndole la mirada—. Es una bestia impaciente.
Me observó con una atención nueva, despojándose por un segundo de la máscara de príncipe regente para mirarme como un hombre que empieza a comprender la magnitud de la trampa que ha heredado.
—¿Y usted, Elizabeth? —preguntó, dando un paso imperceptible hacia mí, reduciendo la distancia de seguridad—. ¿Qué hace mientras el mundo contiene el aliento?
—Observo, recorro su Castillo; busco entender los engranajes —mentí a medias, sintiendo cómo su cercanía alteraba la temperatura del pasillo.
Asintió lentamente, pasando la mano por la piedra fría del muro. —Entonces verá que gobernar no es mandar —dijo con amargura—. Gobernar es sostener lo que otros tensan; es evitar que la cuerda se rompa, aunque te corte las manos.
—Así es... o así debería ser.
—Mañana daré un banquete para la Princesa Vitória; todavía no he podido agasajarla como corresponde —anunció con seriedad, aunque en sus ojos brillaba el cansancio—. La política exige sus rituales, incluso en tiempos de guerra.
—Comprendo que estos días que corren no son los habituales; la princesa es perspicaz, entenderá el gesto y estará gustosa de asistir a esa... "tregua vestida de gala" —dije, remarcando la ironía con suavidad.
Captó el matiz al vuelo y me regaló media sonrisa, un gesto genuino que le quitó diez años de encima. Avanzó para seguir su camino, rozando mi hombro izquierdo con una deliberación que me erizó la piel; no fue un choque, fue una firma. No se giró hasta que estuvo a un metro de distancia.
—Señorita Elizabeth —me llamó, sonriendo ahora como alguien que acaba de encontrar un tesoro en medio de los escombros—. Autoricé junto al Senado un paseo para la Princesa Imperial por el Reino; será mañana por la mañana y culminará con la cena. Una gran fiesta de bienvenida, tal como se merece... y tal como necesitamos para fingir normalidad.
—La Princesa Vitória estará encantada de conocer la ciudadela; le hará bien ver el cielo abierto. Gracias por la consideración, Alteza; ella sabrá apreciarlo. Me encargaré de comunicárselo.
Me dejó allí, anclada en el pasillo, con la conversación flotando en el aire como humo y el calor de su sonrisa todavía presente. El Reino seguía en pie, aunque su Rey estuviera ausente; una estructura formidable donde el heredero gobernaba sin trono y el Senado ajustaba los límites de lo posible. La princesa despertaba a su nueva realidad y yo, en el vórtice de todo aquello, comprendía algo que nadie más parecía advertir: cuando el poder duda, no se vuelve débil, se vuelve impredecible; y es en ese preciso instante de vacilación donde las guerras silenciosas empiezan a decidirse.
El primer indicio de esa imprevisibilidad no fue una orden marcial, fue una demora burocrática. A media mañana, solicité acceso a uno de los corredores internos para acompañar a Vitória en un recorrido breve por el ala este del Castillo; nada extraordinario, un mero trámite de rutina que hasta hacía cuarenta y ocho horas se resolvía con un simple gesto de cabeza.
Esta vez tardaron. No mucho, pero sí lo suficiente para notar el cambio de fricción en la maquinaria.
—Están revisando las credenciales —me informó uno de los oficiales sin dignarse a mirarme, con la vista clavada en una lista interminable—. Procedimiento nuevo de seguridad interna.
Asentí con indiferencia, como si el retraso no significara nada, pero sentí el cambio en el aire; Vitória, a mi lado, también lo notó.
—Antes no pedían tanto para cruzar un pasillo —susurró, alisándose el vestido con nerviosismo mientras esperábamos.
—Antes el Rey estaba acá —respondí en voz baja—; la ausencia genera paranoia.
Caminamos finalmente cuando el guardia nos dio paso. El Castillo seguía siendo el mismo laberinto de piedra y opulencia, pero los pasillos ya no se sentían neutrales; había más ojos en las sombras, más presencia muda, gente cuya única función era registrar, medir y reportar.
Vitória avanzaba despacio, no por debilidad física, sino porque estaba aprendiendo a moverse en terreno minado; cada paso suyo era calculado, observado por los sirvientes y soldados como si fuera una declaración política.
—¿Siempre fue así? —preguntó, mirando de reojo a un grupo de escribas que anotaban nuestro paso.
—Siempre fue peor —le dije con brutal honestidad—; solo que ahora tienes los ojos abiertos para verlo.
—No quiero imaginar cómo sería ese "peor" —agregó con un escalofrío.
—Vitória, tengo noticias que aliviarán el encierro: Laurencio preparó un paseo para ti mañana, seguido de una fiesta de bienvenida —le informé, cambiando el tono para distraerla.
—Corazón... —murmuró ella, y una sonrisa irónica curvó sus labios—. Resulta que tiene corazón; pensé que lo habían cargado como lastre en uno de los barcos en Ensenada.
Reímos con una complicidad repentina, incapaces de detenernos, liberando la tensión acumulada como dos adolescentes compartiendo un secreto en una esquina prohibida. Seguimos caminando, pero la risa no borró la sensación de vigilancia.
Desde una galería lateral, protegidas por las sombras de las columnas, vimos entrar a los senadores nuevamente al recinto principal. Reconocí caras que ya había visto en la plaza, en la sala de juicios, rostros intercambiables de la burocracia; todos distintos en sus rasgos, pero idénticos en su ambición cuando se sentaban en los escaños.
Laurencio llegó después. No ocupó el centro, ni osó sentarse en el sitial elevado del Rey; se ubicó apenas corrido, en una silla lateral, como si todavía estuviera midiendo la distancia física y moral entre lo que es y lo que se espera que sea. Ese detalle espacial no pasó desapercibido para la jauría.
Uno de los senadores habló más de la cuenta, probando los límites; otro interrumpió sin pedir la palabra; una tercera exigió constancia escrita de una orden que antes se resolvía con una mirada. El poder estaba probando la resistencia del nuevo líder, tensándolo como un músculo viejo que hace tiempo no se ejercita.
Laurencio dejó que hablaran, impasible. Ese fue su primer error visible, o quizás, su primer acierto magistral. No intervino hasta el final, cuando el ruido se hizo insoportable; y cuando lo hizo, fue solo para modificar un detalle técnico de una resolución, un plazo, una excepción minúscula. Pero al salir, noté el cambio en la atmósfera: los senadores ya no hablaban entre ellos para conspirar; hablaban de él.




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