Excepto no defenderla

XXI

La moneda de cambio

Esa noche, Do Santos no me invitó a caminar; me lo indicó con la sutileza de quien sugiere lo inevitable, evaluando el terreno mientras avanzaba por la galería norte con paso marcial.

—El Castillo está inquieto —dijo, rompiendo el silencio con una observación que sonaba a diagnóstico médico.

—El Reino no sabe qué hacer con la espera, General —respondí, manteniendo la vista al frente—; la incertidumbre es un ácido que corroe los cimientos.

—La espera es peligrosa para los símbolos —agregó, deteniéndose frente a un ventanal que daba a la plaza—, y la princesa se está convirtiendo en uno, lo quiera o no.

—No es por decisión propia; ella apenas está aprendiendo a sobrevivir.

—Nunca lo es —sentenció, girándose para mirarme con esos ojos que parecían calcular el precio de todo lo que veían—. Los mártires y los ídolos rara vez eligen su pedestal.

Hubo una pausa densa. El aire entre nosotros se cargó de estática.

—Algunos empiezan a preguntarse por usted, Elizabeth.

No pregunté quiénes; en el Reino, "algunos" siempre significaba los que tenían poder para firmar sentencias.

—¿Por qué? —inquirí, manteniendo la voz neutra.

—Porque no encaja; usted es una anomalía geométrica en un sistema cuadrado.

Sabía que no era un elogio; era una advertencia.

—No habla de más, no pide favores, no opina cuando el protocolo sugiere que debería hacerlo —continuó, dando un paso hacia mí, acorralándome contra la baranda de piedra—. Y, aun así, curiosamente, siempre está donde ocurren las cosas importantes; como una sombra que llega antes que el cuerpo.

Lo miré a los ojos, sosteniendo el pulso.

—¿Eso es un problema, General?

—Depende —dijo, y su sonrisa no llegó a los ojos—; depende de si esa sombra trabaja para usted... o para ellos.

Sus palabras llevaban un lastre de amenaza que me erizó la piel.

—La Princesa me comentó que ya fue notificada del paseo y de la fiesta de bienvenida —cambió de tema bruscamente, recuperando el tono oficial—. Mañana iremos con ella; seremos celosos de su integridad física. No se distraiga, Elizabeth; su seguridad es lo único que nos importa.

Me detuve en seco frente a la puerta de mi habitación, sintiendo que la conversación había cruzado una línea invisible.

—No, General —dije, con una firmeza que me sorprendió incluso a mí—; lamento corregir su brújula, pero la seguridad es su feudo; el mío es servirla como su secretaria. Cada uno en su trinchera.

Me miró seriamente, procesando el desafío. Vio los puntos que le puse a sus íes, y por un segundo, vi un destello de furia fría en su mirada.

—Comprendo —dijo, abriendo la puerta de mi cuarto sin pedir permiso, invitándome a pasar con un gesto que no admitía réplica—; pero no olvide, querida, la moneda con la que pagó su entrada a este juego. Y las deudas, aquí, se renuevan.

Entró en mi pequeña habitación arrastrando consigo mi propio silencio y el sonido metálico de la hebilla de su cinturón; un chasquido seco, rutinario, que conocía demasiado bien. Aquella tarde, con la cara hundida en la almohada y mientras el sol agonizaba sobre la torre oeste del castillo, no recé; simplemente me disocié. Conté. Uno, dos, tres... hasta veintinueve. Veintinueve segundos. El tiempo exacto que tarda el poder en recordar quién manda y quién obedece; el precio del alquiler por seguir respirando el mismo aire que Vitória.

Cuando terminó, se arregló el uniforme con la indiferencia de quien se sacude el polvo. Cerró con un portazo que retumbó en mis costillas más que en el marco, y entendí, con una claridad helada, que desafiar los límites con Do Santos era jugar con fuego; pero dejar que me consumiera era peor. Esa noche dormiría poco; conocía mi cuerpo y sabía lo que el asco y las preocupaciones hacen con el sueño.

Apenas había logrado calmar mi respiración cuando alguien golpeó la puerta. Tres golpes secos. No era el servicio de limpieza. No era un guardia común.

—El Presidente del Senado —dijo una voz impersonal desde el pasillo— solicita su presencia inmediata.

Me quedé inmóvil. No dijo convoca, una orden militar; dijo solicita, una cortesía diplomática. Y esa falsa amabilidad, en boca de los verdugos, fue lo que verdaderamente me inquietó.

Me vestí despacio, abotonando la camisa hasta el cuello para tapar cualquier rastro de Do Santos. Me miré las manos frente al espejo: firmes, sin temblor; lo justo para no llamar la atención, lo necesario para mentir. Antes de salir, eché una última mirada hacia los aposentos de Vitória, al otro lado del pasillo. No sabía qué querían de mí los viejos dueños del país, pero sabía algo con certeza: cuando el poder deja de ignorarte y empieza a observarte directamente a los ojos, ya no eres una espectadora; te has convertido en parte de la cacería.




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