La arquitectura del control
El Presidente del Senado no la recibió en la Sala de los Escudos, ni en ninguno de los despachos oficiales que solían intimidar a los visitantes por su opulencia. La condujeron por un corredor lateral, un pasadizo arterial más angosto, donde las antorchas eran escasas y los vitrales inexistentes; la piedra allí estaba desnuda, despojada de la épica y la religión que adornaban el resto del Castillo. Al cruzar el umbral, Elizabeth comprendió la naturaleza del encuentro: no había sido citada para ser juzgada, sino para ser tasada.
La sala era un rectángulo de austeridad calculada. Una mesa larga de madera oscura ocupaba el centro y, en el extremo opuesto, sentado con la espalda recta y las manos apoyadas con la naturalidad de quien posee el mueble y el edificio entero, esperaba Baltasar Aguirre. Era el Presidente del Senado del Reino y, sin duda alguna, el brazo ejecutor del Rey Ricardo I.
Sonrió al verla entrar; no fue una mueca amplia ni falsa, sino eficiente: la sonrisa de quien ha aprendido a parecer accesible sin volverse jamás vulnerable.
—Señorita Carreiras —dijo, abriendo los brazos como un anfitrión en un velorio—. Gracias por acudir con tanta premura.
Elizabeth inclinó apenas la cabeza, negándole la reverencia que el protocolo exigía pero que el contexto no merecía.
—El Senado solicitó mi presencia —respondió con voz neutra—; estoy a disposición.
Aguirre asintió, satisfecho por una sumisión que sabía fingida.
—Por favor —indicó, señalando una silla vacía frente a él—, tome asiento.
Elizabeth no se movió. No fue un acto de rebeldía, fue una declaración de principios.
—Prefiero permanecer de pie, señor; la verticalidad ayuda a la memoria.
La sonrisa de Aguirre no se borró, simplemente mutó, volviéndose más analítica.
—Como guste.
Recién entonces, Elizabeth notó que no estaban solos en la penumbra; dos senadores más ocupaban los laterales de la sala, mimetizados con las sombras. No hablaron ni la miraron a los ojos; la observaban como se observa un instrumento nuevo y afilado antes de decidir cómo empuñarlo.
Aguirre entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Ha sido una llegada... sísmica, la suya —dijo con un tono cordial que no coincidía con el brillo frío de sus pupilas—. El Reino no acostumbra a recibir visitas imperiales en una coyuntura tan frágil.
Elizabeth sostuvo la mirada, devolviendo el peso del silencio.
—El mundo tampoco suele dar tregua, Senador —respondió—; el viaje fue largo.
—Lo fue —coincidió Aguirre, arrastrando las vocales—, y agotador, imagino. No preguntaba por cortesía; medía resistencia, buscaba grietas en la fachada.
—El cansancio es parte del trayecto —replicó ella—; pero rara vez condiciona mis funciones.
Aguirre ladeó apenas la cabeza, como quien anota un dato crucial en un registro invisible.
—Eso habla bien de usted; la resistencia es una moneda escasa por estos días.
Hizo una pausa teatral. No sacó papeles, no leyó informes; tenía la arrogancia de quienes guardan todo en la cabeza.
—El Senado valora el orden —continuó, tamborileando un dedo sobre la madera—; valoramos la estabilidad y la previsibilidad, especialmente en momentos en los que Su Majestad, el Rey, se encuentra... desplazado.
Elizabeth no respondió; esperó a que el depredador mostrara los dientes. Aguirre sonrió de nuevo, como si ese silencio confirmara sus sospechas.
—Acompañar a la Princesa Vitória no es una tarea menor —dijo, suavizando la voz—; la hemos observado desempeñarse con... diligencia extrema.
—Es mi responsabilidad —contestó Elizabeth, cortante—; nada más.
—Nada menos —corrigió Aguirre con suavidad letal. Se inclinó apenas hacia adelante, invadiendo el aire que los separaba.
—Dígame, señorita Carreiras... —murmuró, bajando el tono hasta volverlo confidencial— ¿a quién sirve usted realmente?
La pregunta cayó limpia, sin adornos, una daga sobre la mesa. Elizabeth no respondió de inmediato; no por duda, sino por elección táctica.
—Sirvo a quien esté bajo mi cuidado —dijo al fin, con la precisión de un disparo—. Esa ha sido siempre mi única función.
Aguirre la miró largo rato, demasiado tiempo para ser casual; sus ojos escaneaban no solo su rostro, sino su intención.
—Interesante respuesta —concluyó—; no menciona banderas, ni títulos, ni coronas.
—No cuido símbolos, Senador —sentenció Elizabeth—; cuido personas. Los símbolos no sangran.
Uno de los senadores de las sombras cruzó una mirada con el otro. Aguirre lo notó, pero no reaccionó; su atención seguía fija en la mujer que tenía delante.
—El Senado aprecia la claridad —dijo, reclinándose en su silla—, aunque a veces resulte... incómoda.
—Mañana —continuó, cambiando el ritmo de la conversación—, Su Alteza Imperial realizará un paseo autorizado por la ciudadela; el Senado ha considerado oportuno que usted la acompañe, siendo la depositaria de su más grata confianza.