Excepto no defenderla

XXIV

La armadura de seda

Entré en la habitación cuando la noche ya había devorado los últimos vestigios de luz sobre el estuario. El Castillo, descubrí entonces, mutaba con la oscuridad; se volvía un organismo más atento, más denso. Las paredes de piedra parecían inhalar el aire frío para escuchar mejor lo que sucedía en su interior. Cerré la puerta con una lentitud deliberada, como si el menor chirrido pudiera ser interpretado como una confesión, y apoyé la espalda contra la madera sólida, permitiéndome cerrar los ojos durante unos segundos que robé al protocolo.

Había caminado todo el día sin sentir fatiga, sostenida por la adrenalina de lo prohibido. Sin embargo, ahora que la soledad me abrazaba, las piernas me pesaban como si acabara de regresar de una retirada larga a través del barro. Me quité los zapatos y los dejé alineados junto al zócalo, por una costumbre castrense más que por orden doméstica. El vestido sencillo quedó colgado junto a la ventana, una silueta vacía recortada contra el vidrio. Desde allí se veía una fracción de la plaza, apenas iluminada por antorchas dispersas que luchaban contra la neblina; gente que iba y venía, sombras anónimas que vivían la realidad lejos del mármol y las intrigas.

Pensé en Laurencio. No había sido un gesto impulsivo, ni un capricho principesco. Lo había visto en sus ojos antes de que su voz lo confirmara: había elegido. Y en el Reino, donde cada respiración está guionada por el Senado, elegir fuera del libreto no es un acto menor; es un acto de guerra. Me pregunté cuántas miradas invisibles habrían seguido cada uno de nuestros pasos por los barrios bajos, cuántas bocas habrían callado lo justo para vendernos después a mejor precio.

Me senté en el borde de la cama, sin desvestirme del todo. Entré en ese estado preciso en el que el cuerpo descansa, aflojando los músculos, pero la mente permanece en guardia, con el percutor montado.

Golpearon la puerta. No fue un golpe firme, marcial, sino una advertencia suave, casi lúdica. Me puse de pie de inmediato, alisándome la falda inexistente.

—Adelante.

Vitória entró con paso liviano, trayendo consigo una ráfaga de aire fresco y perfume floral. Sonreía; acomodaba sus mechones rubios detrás de las orejas con gestos rápidos y nerviosos, como si el peso del palacio, que a mí me aplastaba, a ella la hiciera levitar. Traía todavía el rubor del viento en las mejillas, los ojos encendidos.

—Beth —exhaló, cerrando la puerta tras de sí—. ¡Fue hermoso!

Se sentó en mi cama sin esperar invitación, invadiendo mi espacio con una confianza que no veía desde que habíamos llegado. Se quitó los guantes dedo por dedo, incapaz de contener el torrente de palabras.

—La plaza, los jardines de invierno, las cúpulas... todo es distinto aquí afuera. Es más severo, sí, más gris, pero... grandioso. Las personas se inclinan al vernos pasar, ¿sabes? Incluso en las esquinas donde no hay guardias, se quitan el sombrero.

Asentí, acomodándome frente a ella, atenta no solo a lo que decía, sino a lo que callaba. Vitória hablaba rápido, atropellándose, con un entusiasmo febril; no notaba —o fingía con maestría no notar— el leve temblor que aún le sacudía las manos.

—Me mostraron los barrios perimetrales, el antiguo museo arqueológico con sus escalinatas blancas, los caminos internos que conectan las torres. Hay sectores donde no permiten entrar a nadie; ni siquiera a mí —agregó, bajando un poco la voz, dotando al secreto de un aura mística—. Dicen que es por seguridad nacional.

Esbocé una sonrisa mínima, el gesto justo y medido de una secretaria que escucha sin juzgar.

—El Reino es cuidadoso con lo que muestra Vitória —respondí—; y más aún con lo que esconde.

No mencionó al Príncipe. Ni una palabra, ni una queja. Ni una pregunta sobre dónde había estado él mientras ella recorría museos vacíos. Por supuesto, yo tampoco lo nombré. Ese silencio compartido era un abismo entre nosotras, un pacto tácito de ignorancia: ella no preguntaba dónde estaba su prometido, y yo no explicaba por qué mis zapatos tenían polvo de calles que ella no había pisado.

Vitória continuó describiendo fuentes secas, esculturas de próceres olvidados y corredores cerrados con cadenas doradas. Hablaba de colores, de olores, de la extraña sensación de ser observada sin saber desde dónde; lo relataba como una curiosidad exótica, no como la advertencia letal que realmente era. La escuché con atención real. En cada detalle ingenuo había información táctica sobre la disposición de la seguridad. Cuando terminó, respiró hondo, como si hubiera corrido una carrera, y se levantó de golpe.

—Debemos prepararnos —anunció, cambiando el registro—. La cena será esta noche. No quiero llegar tarde; no quiero darles ni un segundo de ventaja.

Abrió la puerta de mi habitación e hizo un gesto imperioso con la mano, chasqueando los dedos hacia el pasillo oscuro. Habló con uno de los guardias de su propia escolta imperial, recuperando por un instante la autoridad de su cuna.

A los cinco minutos, la soledad se rompió. Golpearon nuevamente e ingresaron las sirvientas, aquellas mismas mujeres silenciosas de uniformes grises que nos habían recibido la primera noche. La pequeña habitación se llenó de un movimiento contenido, eficiente. Telas de seda, peines de nácar, cintas de terciopelo. El vestido verde y blanco de Vitória fue desplegado sobre la cama como una bandera. Brilló bajo la luz de las velas con una opulencia que insultaba la austeridad de mi cuarto. La pequeña coronilla imperial fue sacada de su caja y colocada sobre la mesa de luz con cuidado reverencial, como si pesara más que el metal del que estaba hecha.




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