¡Esto sí que es algo! Nunca se distinguió por una agresión particular, siempre fue paciente hasta el extremo, ¡y ahora casi estrangula a esta chica! Cuando sus dedos se cerraron en el cuello delgado, y en los ojos habitualmente asustados no se reflejó ni una pizca de miedo, se enfureció aún más. Le dieron ganas de castigarla. ¡Para que reaccionara de alguna manera! Para que no fuera tan sumisa y dócil, como una niña buena.
Cómo lo sacó de quicio… ¡Y esos ojos suyos que ocupaban media cara! A la luz del fuego parecían negros. Un contraste aterrador entre la piel pálida y las cuencas oscuras vacías. Como si ya lo hubiera hecho… Como si ya la hubiera estrangulado… Y ahora su silencioso fantasma estuviera sentado enfrente y observando.
Apenas logró aflojar los dedos. Pensó que empezaría a llorar o huiría, pero la chica se quedó. Es más, ella misma tocó su hombro. En unos segundos el cuerpo se llenó de ligereza. La rabia no desapareció, solo retrocedió. Como si la niebla en la cabeza se disipara. Le dio mucha vergüenza. ¡Un hombre adulto, y se desquita, en realidad, con una niña! ¿Y esa bofetada? ¡No esperaba una respuesta así!
Ivanna. Le queda bien. Aunque Nana es más привычно. Hm… ¿Cuándo logró acostumbrarse a ella?
Se estiró hacia la jarra y se sirvió brandy. ¿Para qué le dio su vaso? Cuando ella estaba sentada tan cerca y temblaba como un ratón en una trampa, quiso sacudirla bien. Pero una bebida fuerte también debía ayudar. Y cuando ella llevó el vaso a los labios, pensó que quizá en ese lugar él mismo había tocado el vidrio con sus labios. Un temblor recorrió su cuerpo y se quedó en la zona de la espalda baja.
No debió sentarla junto a él, pero tampoco podía dejarla en el suelo. Esa vista de ella de rodillas frente a él… ¿Y qué decir del brillo casi transparente de sus ojos? ¿Y los rizos en el cuello que no entraron en el descuidado moño? Volvió a imaginar cómo esos rizos se moverían con su aliento caliente y le dio vueltas la cabeza.
¿Para qué empezó esa conversación? Él no cree que la chica haya estado en la cama de su padre. Y además, el otro no pudo superar de ninguna manera la muerte de su Alisa.
Recordó su primer encuentro con esa zorra. Su madre lloraba en el porche. Su padre estaba sentado aparte, sombrío, escuchando insultos, aceptándolo todo en silencio. Y esa mocosa estaba junto al coche en la puerta, mirando indiferente cómo se destruía una familia ajena. Como si no fuera la causa… ¡Encima tuvo el descaro de salir del coche!
Alex recordó cómo se acercó y no se atrevió a entrar al patio. Solo tenía catorce años. Aunque difícilmente exista una edad adecuada para el divorcio de los padres. Pero entonces todo se percibía demasiado agudamente. Especialmente la fulana con falda corta, labios rojo brillante y tacones altos. La odió a primera vista.
¿Cómo pudo su padre fijarse siquiera en ESO? Y la rubia, aburrida, se arreglaba el cabello, examinaba su manicura y hasta resoplaba ante las acusaciones más fuertes de su madre. Y a Alex lo miró solo como a un malentendido. Como si tuviera más derecho sobre su padre que él mismo y su madre, que aunque era una egoísta infantil, aun así le había dedicado quince años de su vida.
Alex volvió a apoyarse en el respaldo del sofá y cerró los ojos. Lo que más le molestaba era que su padre se distanció de inmediato. Ni siquiera hablaron ese día. En cuanto él salió por la puerta y se acercó, la zorra lo arrastró al coche. Ni siquiera tuvieron tiempo de saludarse bien. Ese día Borís Aleksándrovich los dejó a él y a su madre para siempre. Y lo peor era que ni siquiera pensó en llevarse a su hijo consigo.
El brandy se acababa rápidamente tanto en el vaso como en la jarra. La rabia dentro volvió a levantar la cabeza, pero enseguida retrocedió.
¡En vano se metió con esa chica! Solo quería hablar. Preguntar sobre los detalles de su estancia con los pequeños en la casa. Quizá tengan un horario, jardín de infancia, actividades… Vaya conversación…
Alex estuvo varias horas mirando el fuego. En su cabeza aparecían imágenes aterradoras de cómo se quemaba en ese fuego, pero no podía apartar la mirada de las llamas ardientes. Poco a poco se metieron en su mente y tiñeron los pensamientos de rojo. Como veneno se extendieron por su cuerpo cansado, aún no recuperado.
Lo sacudían escalofríos, pero al mismo tiempo el cuerpo ardía. Los ojos le quemaban, los cerró, y unos minutos después, fuera de sí, se dejó caer en el sofá. El vaso vacío se escapó ágilmente de su mano y cayó suavemente sobre la alfombra.
Alex sentía un olor extraño. Muy fresco y ligero, con notas de manzana verde y lila. Se acercaba y se escapaba, aunque el hombre intentaba aferrarse a él. Su mente enferma se agarraba al olor como a un salvavidas en medio de un océano negro hirviente.
Le parecía constantemente que miles de agujas se clavaban en su cuerpo. La piel dolía pegándose a los huesos. Tenía sed constantemente. Sobre su cabeza se encendían y se derretían demasiado rápido millones de soles. Y también veía a su padre. Este flotaba a su alrededor, a veces mostrando los dientes, a veces mirándolo tristemente con sus ojos vivos en un rostro muerto. Y luego, con un vestido rojo brillante, su madre irrumpía en sus pensamientos. Él intentaba no dejarla entrar, pero ella derribaba la defensa de una patada y aun así penetraba en su alma para reírse a gusto del hombre y del hijo impotentes.
Luego volvía el olor. Traía consigo frescura y calma. Con una mano suave sacaba a su padre y a su madre de su cabeza. Por un momento todo se volvía tranquilo y pacífico. Alex apretaba ese olor contra sí, se enredaba con los dedos en su densidad y deseaba absorberlo por completo, como si eso pudiera curarlo. Y con dolor comprendía que no podía retenerlo mucho tiempo. Se le escapaba una y otra vez entre los dedos.
A veces se sentía muy mal. Parecía que lava ardiente corría por sus venas y abría con dolor su camino por todo el cuerpo. Pero luego aparecía el olor, traía consigo una frescura sanadora y durante unos largos momentos se volvía más fácil. El cuerpo se liberaba del calor y del dolor, deshaciéndose del veneno en los pensamientos y en el corazón.