Farsante

1. Mentiras

Capitulo 1

Sábado a la noche. No quiero estar en casa, por lo tanto me preparo para una salida con amigos. No me cuesta elegir qué ponerme: decidido, voy al placard y tomo una camisa blanca que se adapta a mi cuerpo como si fuese una segunda piel. Me pongo perfume. Ya estoy listo para disfrutar de una noche con amigos y con la expectativa de que alguna bella dama se cruce en mi camino.

​Luca ya estaba en la puerta de su casa cuando pasé a buscarlo. Se acercó al auto apurado:

—Al fin llegaste —me dijo.

—¿Qué apuro tenés? Dale, subite, vamos que se hace tarde.

​Estábamos dispuestos a disfrutar del sábado. En el camino, noté que Luca daba vueltas, como queriendo hablar.

—¿Qué me vas a decir? —le pregunté, buscando que soltara el rollo.

—Te quiero contar algo que me pasó y no sé qué hacer...

—¿No sabés qué hacer? ¿Me estás pidiendo una sugerencia?

—Sí... no una sugerencia en sí, pero tu punto de vista y quizás tu ayuda puedan ser de utilidad.

—Dejá de dar vueltas y contame qué pasó.

—El otro día me crucé con Marina —arrancó Luca—. Le conté que estaba trabajando, que tenía la idea de viajar... Vos sabés que yo estoy reenganchado con ella.

—Sí, sé que estás enganchado. ¿Y qué le propusiste?

—Le dije si quería salir a tomar algo y me dijo que sí. La fui a buscar a la noche y fuimos por ahí. Pero vos sabés que a mí me cuesta definir la situación con ella.

—No podés definir algo que no empezaste —lo corté—. A vos lo que te falta, lo que no te animás, es a tomar la decisión de encararla e invitarla a salir. ¿Por qué dudás tanto?

—¡Es que no me dejás hablar! —se quejó Luca.

—Bueno, dale, hablá. Contame qué le dijiste.

—Le dije si me quería acompañar a un viaje. La invité a ir unos días al Caribe, más preciso a Punta Cana. Y le gustó la idea, aceptó. El tema es que aún no me animo a decirle si quiere salir conmigo.

—Ves, ahí está el punto. Para vos es más fácil decirle "venís conmigo a un viaje a donde sea" que decirle "me gustás, quiero salir con vos". No sé por qué das tantas vueltas, Luca. Ella ya demostró que tiene interés: la invitaste, fue, se sentaron a tomar algo, después le propusiste viajar, aceptó... Solo falta que se lo digas de una.

—Sí, tenés razón.

—Sabés qué, Luca, hablemos del tema pero ahorremos palabras. Cuando te la cruces, decírselo de frente.

​—¿Sabés qué? Hoy ella iba a bailar a Mandarine —tiró Luca.

—Buenísimo, ahí tenés la posibilidad de definir —le contesté—. Vamos para Mandarine, yo te hago la gamba.

​Al llegar al complejo Mandarine tuvimos el beneficio de no hacer cola para ingresar. Mientras nos dirigíamos hacia la entrada, vimos que en la fila general estaba Marina junto a una amiga, Micaela.

Al vernos, Marina se sorprendió:

—¿Qué hacen por acá? ¡Hola, Luca! ¿Van a entrar?

—Hola, qué sorpresa, Marina. ¿Cómo estás? —logró decir Luca—. Sí, sí, vamos a entrar, pero nosotros no hacemos cola.

—Ay, bueno, ustedes son exclusivos —bromeó ella.

Ahí intervine yo:

—Vengan con nosotros y entramos todos juntos, ¿les parece?

—Sí, perfecto —me contestó Marina, sonriendo.

​Al ingresar al boliche, las cosas tomaron un rumbo raro. Marina no se separaba de mí; comenzó a darme conversación y Luca se quedó a un lado, callado, con un trago en la mano. Su timidez lo estaba congelando, lo que hizo que yo reaccionara.

—Marina, ¿me esperás? Ya vengo, voy hasta el baño. Luca, vení, acompañame.

—Andá vos solo, me quedo acá —dijo Luca, estático.

—Dale, dormido, acompañame que tengo que hablar con vos.

​Lo saqué hacia un costado, indignado.

—¿Me podés decir qué te pasa? ¿La vas a encarar o no la vas a encarar? ¿No te das cuenta de que está hablando conmigo porque vos no le das bola? Anda y hablá con ella.

—Tenés razón, Javi. Vamos, dale.

​Al volver, Marina me invitó a bailar de inmediato. Decidí cortar por lo sano.

—Marina, sabés que Luca quiere invitarte a salir. Gustá de vos y no se anima.

​Luca se quedó helado, sorprendido, y Marina solo sonrió, poniéndose completamente colorada. Aproveché el momento.

—Yo me voy a bailar con Micaela —anuncié.

—¡Ay, sí, vamos! —enganchó Micaela—. Vamos a bailar.

​Luca y Marina se quedaron solos.

—¿Es verdad lo que dijo Javi? —preguntó ella.

—Sí, es verdad... Yo no me animaba a decírtelo, pero me gustás. Por eso te invité a viajar.

—¿Y vos pensás que yo acepté ir de viaje con vos porque sí? —sonrió Marina—. Vos también me gustás, pero estaba esperando que me lo dijeras.

Marina tomó la iniciativa y le dio un beso interminable.

​—¿Por qué no hacemos una cosa? —le propuso Luca minutos después—. Vayamos a otro lado.

—¿Te parece? —dudó ella—. Yo vine con Micaela, no puedo dejarla sola.

​A pesar de las dudas finales, la noche salió mejor de lo que se esperaba, gracias a que tuve que resolver lo que Luca no tenía agallas para afrontar. O al menos eso creía yo.

​Al otro día, Luca me llamó por teléfono.

—Hola, Javi, ¿cómo estás?

—¿Qué hacés, Luca? Todo bien.

—Necesito pedirte un favor... Sabés que quise hacer la compra de los pasajes para Punta Cana y no me toma la tarjeta. ¿Me prestás la tuya para comprarlos? Yo después te doy la plata.

—Sí, no hay problema, Luca. Vamos a comprar los pasajes.

​Una vez que tuvo los pasajes emitidos, la historia cambió por completo.

​Perder el trabajo fue un golpe inesperado para Luca. Sin embargo, ese no fue su mayor error. Su verdadero error comenzó cuando decidió ocultarlo.

​Lo que había comenzado como un intento por evitar un momento incómodo o un golpe a su orgullo, terminó destruyendo algo mucho más valioso: la confianza de un amigo que nunca dudó en ayudarlo. Yo no perdí solamente el dinero que le presté en esa tarjeta para un viaje que era una pantalla de humo. Perdí la certeza de que podía confiar en alguien a quien consideraba un hermano.




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