Capitulo 2
Parte II: Realidad y fantasía
—Bueno, está bien, eso es lo que pensás. ¿Sabés qué? —cambió de tema Ariel, acomodándose en la silla—. El otro día tuve una situación que realmente me dejó consternado. ¿Querés que te cuente?
—Sí, sí, dale, te escucho.
—Estuve yendo a la cancha. Vos sabés que tengo un montón de amigos que están en la hinchada y a mí me encanta participar y presenciar los partidos del equipo de mis amores. En un momento me subo al parabalanchas. Tenía una bandera que estaba anudada en la parte más alta de la tribuna y de la cual me podía sostener en pie sobre el caño. La gente no paraba de cantar y yo estaba tan emocionado que me dejé llevar por la euforia. De repente, vemos con mis compañeros de la hinchada que uno le está robando a un viejo. Lo empezamos a correr. Lo corrimos hasta que lo alcanzamos, recuperamos lo que le había robado al viejo y se lo entregamos a las autoridades.
—Eso no te lo creo.
—Sí, sí, sí, lo entregamos a la policía. Algunos querían ajusticiarlo ahí mismo, pero otros prefirieron dárselo a la policía.
—Mirá vos, che —le respondí—. ¿Andá? ¿Y cómo siguió el partido?
—No, no sabés. El partido se terminó suspendiendo.
—¿Cómo que se terminó suspendiendo? No sabía.
—Hubo un incidente en la tribuna. Otro incidente.
—Si ya dijiste que al que estaba robando lo agarraron y lo entregaron a la policía…
—No, no, no. Eso no es nada. ¿Querés que te siga contando?
—Sí, sí, contame. Me interesa saber, me hace sentir como si estuviera con vos en el lugar. Me lo imagino, me siento parado en el parabalanchas al lado tuyo alentando al equipo.
—Bueno, sigo. Empieza a venir una facción de la hinchada, se pone todo medio tenso porque hay intereses de por medio, ¿viste? Y en un momento, uno saca un arma.
—¿Un arma? —lo interrumpí.
—Sí, sí, un arma. Y veo que está apuntando al arco. De repente, efectúa un disparo que da en uno de los postes. Los otros que estaban ahí acompañando a este inadaptado empezaron a saltar, arengando la actitud inconsciente que tuvo el pibe. Y después, agarró, volvió a apuntar y hace otro disparo: le pega al travesaño.
—No te puedo creer.
—Sí, sí, sí, fue así. Le pegó primero a un palo, después al travesaño. Yo miraba y decía: “Bueno, ¿ahora con qué va a salir este?”. Y no se le ocurre otra cosa que hacer un tercer disparo y pegar en el otro palo. La puntería que tenía era impresionante, ¿viste? Acertó los tres tiros: los dos palos y el travesaño. A todo esto, vuelve el equipo a la cancha y el arquero dudaba en acercarse a su puesto porque los disparos se escucharon clarito. Pero eso no amedrentó al arquero… ¿Querés saber el final?
—Y sí, obvio. ¿Cómo termina todo?
—No, esto no se sabe cuándo termina. Lo único que sé es que así empezó. O sea, no hay un final.
—¿Cómo que no hay un final? ¿No pasó más nada? ¿Me estás diciendo que uno de la barra le tiró tres tiros al arco y no pasó más nada?
—No, no pasó más nada.
—Bueno… interesante anécdota la tuya.
Ariel se quedó callado un segundo, sosteniendo la mirada.
—En realidad sí pasó, ¿viste? En realidad sí pasó.
—¿Y por qué no me lo decís?
—Y… porque no te lo puedo decir.
—Dale, no me metas más misterio.
—El que hizo los disparos… —soltó Ariel con total naturalidad— era yo, que estaba probando puntería.
Me quedé estupefacto, mirándolo a los ojos.
—¿Qué estabas probando puntería? Vos estás loco.
—No, qué loco. La hinchada, después de lo que hice, me nombró jefe. Ahora estoy entre los jefes de la barra. Soy uno de los que manda en el club de mi corazón, de mis amores.
—Bueno, está bien. Si vos sos feliz con eso…
—Feliz… no sé si soy feliz. Pero yo ahora soy el que manda. Ahora todos hacen lo que yo digo.
El mozo dejó los cafés y los platos sobre la mesa. El apetito se me había cerrado de golpe.
—Bueno, está bien. ¿Sabés qué? Voy a pedir la cuenta. Mejor dicho, me levanto y voy a pagar al mostrador. Vámonos.
—¿Qué, estás enojado? —me gritó Ariel desde la mesa mientras yo buscaba la billetera.
—No, no estoy enojado. Es que no tengo ganas de escuchar estas pavadas.
—No son pavadas.
—Bueno, está bien. Para vos no son pavadas, para mí sí. Para no decirte otra cosa.
—¡Ah, bueno! Vos sos el que siempre habla con coherencia y el que cuenta anécdotas con criterio.
—No se trata del criterio, Ariel. Se trata de la coherencia. Algo que vos parece que no tenés.
Dejé el dinero en la caja y salí a la calle. Atrás mío, Ariel caminaba contento, sacando pecho y pisando fuerte, con los brazos entreabiertos y el andar trabado, como si estuviese recorriendo los escalones de la tribuna popular de su equipo favorito. Avanzaba a paso firme, completamente ajeno a que el ridículo lo venía acompañando a cada paso.
¿Qué harías vos en un momento así? ¿Preferís desenmascararlo frente a su propio ridículo o te levantarías de la mesa y lo dejás hablando solo?
#1360 en Novela contemporánea
#1559 en Otros
#289 en Relatos cortos
novela contemporanea, mentira falsa amistad, novela psicológica
Editado: 02.07.2026