Capitulo 3.
El poder de convencimiento es algo que va más allá de los límites. Para lograr convencer, primero tenés que creer que podés hacerlo. El convencimiento empieza por la actitud de la que uno dispone para que todo sea creíble.
Estaba en la plaza, sentado bajo un árbol. Su sombra me protegía del sol intenso del verano. En eso, se acercó Emiliano con su bici todo terreno.
—¿Qué hacés? —me saludó.
—¿Cómo estás, Emi?
—Todo bien, ¿vos?
—Acá, disfrutando de esta sombra.
—Sí, este árbol es el mejor. La mejor sombra de la plaza está acá.
—Obvio, totalmente.
—Che, Emi —arranqué—, ¿qué tenés que hacer hoy?
—Eh... nada. Nada. ¿Por qué? ¿Qué necesitás?
—Nada, porque tenía que ir a buscar algo y no sé cómo hacer, ¿viste? Porque con la bicicleta no puedo... Eh, ¿qué hora será a la tarde? Más tarde... No sé, porque tengo que salir a laburar.
—¿Trabajás de tarde?
—Sí, sí, trabajo a la tarde porque el calor me mata.
—Ah, sí, tenés razón, claro. Bueno, después paso por tu casa antes... ¿A qué hora te vas a trabajar?
—Calculo que a las cinco.
—Bueno, ¿paso por tu casa, puede ser?
—Sí, sí, sí, no hay problema. ¿Pero para qué?
—No, porque... quería ver si se arregla la moto o algo.
—¿Andá? ¿Y por qué no la arreglamos ahora?
—No, no, porque ahora estoy apurado, me tengo que ir. Mirá, no te demores porque yo tengo que hacer cosas y no puedo salir tarde.
—Perfecto.
A las cinco en punto, Emiliano estaba en la puerta de mi casa. Salí y saqué el auto. Al verme, abrió grande los ojos.
—¡Uy! ¿Estás con el auto?
—Y sí, si yo trabajo con el auto.
—Vamos a ver... ¿Nos hacés un gran favor?
—¿Qué favor querés que te haga?
—No, porque viste que la bici...
—¿Qué bici? Che, decime más directo, por favor.
—Eh... no, que tengo que ir a retirar algo y... No, pero está bien. Si tenés... ¿Para dónde vas?
—No, yo estoy para Capital.
—Bueno, ¿me llevás?
—Sí, sí, dale, subí.
Emiliano acomodó sus cosas y arrancamos. A las pocas cuadras, insistió:
—Che, vos que me estabas contando... Necesitaba retirar algo e iba a pedir un flete, ¿viste? Pero si vos vas para Capital...
—No, pero yo no puedo perder tiempo.
—No, pero son dos minutos.
—Sí, pero yo tengo que hacer mi camino, mi ruta. No puedo ir por... tengo que ir por la avenida. Si no, no puedo cruzar General Paz.
—No, no, pero son dos minutos. Dale, haceme la gamba.
—¿Por qué no te pedís un flete?
—¿Yo voy a pedir un flete? Dale, haceme la gamba. ¿Para qué estás vos, amigo?
—Bueno... Dale, ¿a dónde tenemos que ir? Pero me complicás toda la tarde.
—Dale, no seas así. Vos sabés que vos cuando necesitás algo... Pará.
—¿Cuando yo necesito algo? ¿Yo cuándo te pido un favor? Estás equivocado.
—No, no, no, no te olvides... No te olvides de que la otra vez me pediste que te dé una mano a cortar el pasto y yo fui y te di una mano para cortar el pasto.
—Sí, pero vos no tenías nada que hacer.
—Sí, pero te di la mano para cortar el pasto, ¿o no?
—Sí, está bien, tenés razón.
—Y bueno, dale, vamos a buscar eso.
Cedí. Nos fuimos hasta una fábrica donde sacaron una caja enorme y la cargaron en el baúl. El reloj corría y la paciencia se me terminaba.
—Eh, pará, pará, pará —le dije apenas se subió—. ¿A dónde vamos a ir ahora?
—Y... tengo que entregar esta caja.
—¿Cómo que tenés que entregar la caja?
—Sí, porque es acá nomás, cruzando General Paz, unas cinco cuadras.
—Pero vos me dijiste que te traiga hasta acá, que vos te arreglabas, y ahora...
—Dale... ¿Somos amigos o no somos amigos? Dale, vamos.
—¿Hasta dónde tengo que ir?
—Cruzás General Paz, cinco cuadras, doblás a la izquierda, tres más, doblás a la derecha, una a la esquina... Ahí me bajo.
—No, pará, pará, me estás mareando.
—Bueno, haceme caso, yo te guío.
Y así fuimos hasta el lugar donde tenía que entregar la caja. Yo ya estaba recontra atrasado, tenía que ir directo para el trabajo, pero él seguía firme con su objetivo. Bajó, entró a un lugar y a los minutos volvió al auto sin la caja. Ya la había entregado.
—Bueno, listo, vamos —dijo, frotándose las manos.
—¿Cómo vamos? Sí, vamos... ¿Nos vas a llevar a casa? No, no, pará, ya te dije, tengo que ir a trabajar.
—Dale, llevame a casa. Dale, llevame a casa y mientras te voy contando algo.
—Eh, esta es la única... La única. Te dejo en la parada del colectivo.
—¿Cómo me vas a dejar en la parada del colectivo? Llevame a casa. Dale, vos sos un buen amigo.
—Vos sos bravo, eh.
—Y sí, pero soy tu amigo, dale. Aparte, vos sabés que yo cuando tu mamá necesita algo, me llama, yo voy y la ayudo.
—No metas a mi vieja en esto.
—Bueno, pero vos sabés que yo siempre estoy ahí dando una mano.
La indignación me subió por el pecho.
—¿Dando una mano? La otra vez, de chamuyo viniste. Tenía que sacar todo lo que tenía... las ramas que hice de la poda, y no apareciste.
—Bueno, sí, pero tenía cosas para hacer.
—¿Qué tenías para hacer que fuera tan interesante?
—Eh... no, tenía que ir a dormir la siesta. Pero bueno, dale, vamos, dale, llevame a mi casa. No hasta la parada, llevame a mi casa, dale, amigo.
—Bueno...
Puse primera y arranqué. Y así fue como Emiliano supo, paso a paso, cómo lograr que yo terminara haciendo exactamente lo que no quería hacer.
¿Qué harías vos ante una situación así? ¿Cederías ante la culpa y la supuesta deuda de la amistad, o clavarías los frenos del auto en la primera esquina y lo dejarías abajo con su caja?
#1360 en Novela contemporánea
#1559 en Otros
#289 en Relatos cortos
novela contemporanea, mentira falsa amistad, novela psicológica
Editado: 02.07.2026