Farsante

4. Simulador

Capitulo 4

El poder de una investidura, el traje correcto, las palabras técnicas y el tono de autoridad suelen ser suficientes para abrir casi cualquier puerta. Algunas personas no necesitan una credencial real; les basta con simular el peso de la ley para conseguir lo que buscan de aquellos que ceden ante el temor.

Estaba en el mostrador cuando se acercó un hombre de traje, con un maletín en la mano. Me miró con una seguridad impostada.

—¿Qué tal? Buen día —me dijo—. ¿Usted es el dueño, el encargado?

—Eh, no, pero ¿qué necesita? ¿En qué lo puedo ayudar?

—Inspector municipal.

Apoyó el maletín sobre el mostrador, acomodándose el cuello del saco.

—Inspector municipal… Perfecto. Dígame —le contesté, esperando el procedimiento.

—Eh, nada… como usted ya sabe.

—¿Cómo yo ya sé? No entiendo.

—Sí. ¿Tiene el libro de actas? No, no hace falta… Es una revisión, una supervisión de rutina.

—Una inspección de rutina.

—Sí, sí, sí, es una inspección de rutina.

—Ok. Bueno, inspeccione. ¿Quiere que lo acompañe?

—Sí, por favor.

Caminamos unos pasos hacia la parte trasera del local.

—Bueno, empezamos con el depósito —le señalé, abriendo la puerta.

El hombre miró las estanterías de reojo, sin mucho interés real en los papeles ni en la mercadería. Se dio vuelta, bajando la voz.

—Pero… ¿por qué no hacemos algo más sencillo?

—Es que yo no sé cuál es su trabajo y tampoco voy a hacer el trabajo suyo —lo corté—. ¿Usted es inspector?

—Sí.

—Bueno, inspeccione.

—¿Bueno, me entendés? ¿O no me querés entender? —me dijo, empezando a perder la paciencia.

—Es que no entiendo, totalmente. El que no me entiende es usted. ¿Usted es inspector? Inspeccione.

El hombre respiró hondo, miró hacia la entrada del local para asegurarse de que nadie nos observaba y se acercó un poco más.

—A ver, voy a ser claro y directo —me dijo—. Esto es algo de rutina. Tiene dos opciones: o le labro un acta, o ya sabe…

—Le digo, no sé lo que usted piensa que yo sé.

—Ya sabe.

—No. Discúlpeme, pero yo no sé nada. Lo único que sé es que usted está buscando alguna otra cosa y no sabe cómo decirla. ¿Por qué no es directo y me dice lo que usted quiere?

—A ver, yo soy inspector, ¿sí? Mi trabajo es inspeccionar, ¿sí? Perfecto. Si yo tengo que inspeccionar y encuentro algo fuera de lugar, te tengo que labrar un acta. Ahora, si vos ya sabés, no inspecciono y me voy.

—Es que no le entiendo qué quiere decirme o hacia dónde va cuando me dice “y vos ya sabés”… Ah, usted me está pidiendo una coima.

—No, no, no interpretó —me dijo, acomodándose el traje, visiblemente incómodo—. Una colaboración.

—No. Usted me está pidiendo una coima para no hacer su trabajo. Sabe qué, señor inspector…

Le sostuve la mirada fixedmente mientras señalaba el depósito abierto. El traje y el maletín parecieron encogerse en un segundo, despojados de la autoridad que pretendían simular.

¿Qué harías vos ante una situación así? ¿Pagarías la “colaboración” para sacarte el problema de encima rápidamente, o exigirías que muestre la credencial y labre el acta correspondiente, cueste lo que cueste?




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