Farsante

5. Farsante

Capitulo 5

Sostener una mentira requiere memoria; construir una farsa exige una puesta en escena. Hay quienes no se limitan a distorsionar un hecho, sino que diseñan un personaje completo, con vestuario y libreto estudiado, para explotar el rincón más noble de los demás: la empatía. Se paran sobre un escenario invisible y actúan su obra con la convicción de un profesional.

​Eran cerca de las ocho de la noche. El colectivo avanzaba en el regreso a casa, envuelto en el murmullo cansado de los pasajeros después de la jornada laboral. En una de las paradas, las puertas se abrieron y subió un hombre que captó la atención de todos de inmediato: llevaba un delantal blanco impecable y un estetoscopio colgado alrededor del cuello.

​Se paró firmemente al inicio del pasillo, de frente al pasaje, y habló con una amabilidad ensayada, aunque en el titubeo de sus palabras se percibía una sutil tensión.

​—Buenas noches, señores pasajeros. Disculpen la molestia, pero he tenido un inconveniente bastante desagradable —comenzó, acomodándose el delantal—. Yo soy médico, vivo en La Plata. Vine esta tarde al Hospital Piñeiro porque tenía una reunión de profesionales y, al salir, fui víctima de un robo. Se llevaron mi billetera, mis documentos, todo... por lo cual ahora no tengo cómo retornar a mi casa. Me tomo el atrevimiento de acudir a su solidaridad para poder juntar el valor del pasaje y volver con mi familia. Desde ya, les agradezco muchísimo por haberme escuchado.

​El silencio se adueñó del coche mientras algunos pasajeros empezaban a buscar monedas o billetes en sus bolsillos. Yo me quedé mirándolo fijo, apoyado contra la ventanilla. No lo podía creer. ¿Un médico pidiendo plata en un colectivo de línea para poder viajar?

​Mi intuición y mi instinto me decían que ese monólogo, estructurado para tocar los corazones solidarios de la gente, no era convincente. Había algo en la pulcritud del disfraz y en la estudiada desgracia que dejaba demasiadas sospechas. Unas sospechas que se fortalecieron en el momento en que el supuesto doctor, tras recolectar el dinero, descendió rápidamente del colectivo en la siguiente parada.

​El chofer cerró las puertas y el colectivo continuó su marcha. Unas cuadras más adelante, al detenernos en un semáforo, el conductor me miró por el espejo retrovisor, sacudiendo la cabeza.

​—Es un caradura —me dijo, indignado—. Es de no creer. Ayer hizo exactamente lo mismo, y hace dos días también.

—¿Y por qué lo dejás subir entonces? —le pregunté, enderezándome en el asiento.

—Y... porque dice que es médico, ¿viste? ¿Y uno cómo va a saber si es verdad o no?

​Miré por la ventanilla hacia la oscuridad de la avenida. El semáforo cambió a verde y el colectivo aceleró, dejando atrás el escenario donde, seguramente en otra línea, la función estaba por volver a empezar.

¿Qué harías vos ante una situación así?

¿Colaborarías igual pensando que tal vez la desgracia es real, o confrontarías al personaje en medio de su libreto para advertir al resto de los pasajeros?




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