Fichaje de Invierno

Capítulo 1

Rodrigo Olmos empañó el cristal con el aliento antes de frotarlo con el dorso de la mano. A través de la ventanilla del Alvia que lo traía desde Galicia, el túnel de Guadarrama devolvió su imagen: un hombre de treinta y cinco años con ojeras marcadas y una chispa de ansiedad en la mirada que no lograba apagar. Al salir del estruendo del túnel, su reflejo se desvaneció, dejando paso a la silueta de la Sierra de Madrid recortada bajo una luna de marzo, fría y plateada.

Se recostó en el asiento, incapaz de pegar ojo pese al traqueteo rítmico del tren. Observaba el paisaje desfilar, esperando con una mezcla de pavor y deseo la primera señal de las torres de la capital. Mil kilómetros de recuerdos pesaban más que su maleta.

Sin reloj, calculó que faltaba poco para el alba. Al cerrar los ojos, la fatiga le jugó una mala pasada y proyectó una imagen en el cristal: vio una corredoira gallega, una casa de piedra blanca con el tejado herido por el tiempo, y ante ella, a un muchacho espigado y pálido. Aquel chico —su antiguo yo— lanzaba un balón de cuero contra la sombra de un castaño milenario. Alguien oculto en la oscuridad se la devolvía con un toque preciso, y él, girando sobre sus talones, la controlaba de espuela antes de chutar de nuevo.

Rodrigo apretó los párpados. Esa visión no era un recuerdo, era la forma en que su mente lo torturaba, igual que el sueño que lo había despertado sobresaltado dos horas atrás: se veía a sí mismo de noche, en un Estadio de Vallecas vacío y en penumbras, sosteniendo un balón de fútbol que parecía hecho de plomo. La pelota pesaba cada vez más en sus pies, haciéndole sudar mientras decidía si tirar a puerta o simplemente dejarla rodar. Pero cuando por fin se decidía a golpear, el balón pesaba tanto que era incapaz de moverlo; se hundía en el césped como si fuera cemento. Justo entonces, la pelota se volvía ligera como una pluma, casi etérea, y Rodrigo sentía que si la soltaba, él mismo saldría flotando hacia el olvido.

Se juró, entre sueños y vigilia, que esta vez no soltaría el balón. Aunque el peso fuera eterno.

Al despuntar el alba, un latigazo de lluvia contra el cristal le sobresaltó. No era la lluvia mansa de Vigo; era el viento racheado de la meseta que golpeaba el tren. Rodrigo sintió una sed repentina y, tras ella, un hambre voraz que le atenazaba el estómago. Se movió con torpeza en el angosto espacio del asiento reclinable; quería ser el primero en llegar a la cafetería del tren, desayunar algo caliente y hacerlo a solas, antes de que el vagón se llenara de ejecutivos con portátiles y turistas ruidosos.

Se había quedado dormido con el chándal gris puesto, por si el tren descarrilaba en mitad de la noche y tenía que salir corriendo sin tiempo para vestirse. Intentó cambiarse allí mismo, en la penumbra del vagón silencioso. Se contorsionó para meterse los vaqueros, pero los nervios le jugaron una mala pasada: metió ambos pies en la misma pernera y quedó atrapado, forcejeando contra la tela como si estuviera en una camisa de fuerza. El pánico le subió por el cuello; la idea de tener que llamar al interventor para que lo ayudara a salir de sus propios pantalones le resultaba humillante. Gruñendo, se retorció contra el asiento hasta que, con un jadeo, logró liberar un pie. Se calzó las zapatillas, se puso una sudadera limpia y se pasó la mano por la barba de tres días. Cuando subió la persiana del todo, ya estaba listo para la batalla. Se agachó para comprobar que, bajo el asiento, seguía su bolsa de deporte: una reliquia de cuero desgastado, sin logotipos de marcas modernas. La abrió apenas un centímetro y la cerró de golpe al ver que el camarero del carrito de cortesía pasaba por el pasillo.

—Buenos días, caballero. ¿Qué lleva ahí? ¿Un saxofón? —preguntó el empleado con una sonrisa profesional.

—No es un instrumento —replicó Rodrigo con voz ronca, acariciando el cuero de la bolsa. Era algo que él mismo había remendado mil veces.

—¿Piezas de repuesto? ¿Cañas de pescar?

—Algo práctico —cortó Rodrigo.

—Déjeme adivinar —insistió el hombre, señalando la bolsa con curiosidad—. ¿Un kit de billar de lujo? ¿Un rifle de precisión?

Rodrigo soltó una risa seca, sin rastro de alegría.

—¿Cuánto falta para Madrid?

—¿Para Chamartín? Un suspiro. Yo no me pondría cómodo todavía.

—No pienso hacerlo.

—¿Y qué se le ha perdido en Madrid? —preguntó el empleado mientras seguía su camino—. Con lo bien que se come en Galicia...

—Ya he comido suficiente allí —murmuró Rodrigo para sí mismo, mirando cómo las torres de la Castellana empezaban a dibujarse entre la bruma del amanecer.

—¿Y por qué no el sur? ¿Sevilla o Málaga, con el solete y las montañas? —insistió el empleado del tren.

Rodrigo negó con la cabeza, abstraído.

—¿Por qué no el Madrid de los galácticos? El de la Castellana.

—Algún día lo visitaré —respondió con una amargura que el otro no captó.

—¿Qué ciudades conoce usted, si se puede saber?

Rodrigo pareció confundido, como si buscara en un mapa borroso.

—Vigo. Alguna vez estuve en Lugo.

—Piedra y lluvia.

—Y de niño me llevaron a Ponferrada. A ver el castillo.

—Castilla y León… donde el frío te corta el alma —sentenció el empleado—. ¿Y qué se le ha perdido en Vallecas? Allí solo hay cuestas y gente que sobrevive.

—Voy al Rayo. Donde están los Franjirrojos.

—¿El Rayo Vallecano? —El empleado se tapó la boca con gesto teatral—. ¿No me diga que es usted futbolista?

—Espero volver a serlo.

El hombre hizo una pequeña reverencia burlona.

—Un ídolo. Permítame que le pida un autógrafo antes de que valga millones.

Rodrigo forzó una sonrisa, aunque el tipo empezaba a ponerle nervioso. Se había olvidado de preguntarle a Santi —el viejo ojeador que lo acompañaba— si debía dejar propina en la cafetería o si con un "gracias" bastaba. Estaban tan tiesos de dinero que Rodrigo había decidido no pedir ni un café, pero el camarero se había empeñado en traerle un vaso de agua y una manta extra cuando lo vio tiritar de madrugada. ¿Debía darle un par de euros o simplemente asentir con la cabeza? Se sentía incapaz de manejar las situaciones más simples; sin Santi al lado, se veía incapaz hasta de validar el abono de transporte en el Metro de Madrid.




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