A sus veintitrés años, el Tanque presumía de una visión periférica envidiable. Vio cómo Rodrigo se perfilaba bajo el larguero imaginario y, por un segundo, el movimiento le recordó a un portero de la vieja escuela, uno de esos que parecen llenar toda la portería con solo extender los brazos. El balón salió disparado tras el impacto, un obús dirigido a la escuadra, hasta que, de pronto, el Tanque lo perdió de vista. Oyó a su lado un impacto seco, como un latigazo, y vio a Rodrigo con el balón atenazado contra el pecho tras una estirada que desafiaba la gravedad.
Incapaz de dar crédito a sus ojos, el Tanque vio cómo Max Merce bajaba los brazos, atónito.
—¡Parada! —gritó Santi, saltando como un poseso—. ¡Primer penalti al limbo, figura!
Rodrigo se levantó con parsimonia, sacudiéndose el polvo del chándal y devolviéndole el balón a Santi con un gesto seco. Tenía los dedos de los guantes echando humo, pero su cara seguía siendo de piedra.
—¿Te han doblado las manos, Rodrigo? —gritó Santi, más por pinchar al rival que por otra cosa.
—Este balón pesa menos que su reputación —respondió Rodrigo con una voz que heló el ambiente.
Aunque intentó disimularlo, aquel despeje había descolocado por completo al Tanque. No era solo la agilidad de Rodrigo; era la humillación de estar en un descampado de Castilla, rodeado de críos y con un ojeador borracho de testigo, fallando ante un desconocido. Y sobre todo, la mirada de Violeta. Ella ya no le miraba con la adoración de una fan, sino con la curiosidad gélida de quien observa un accidente de tráfico.
Advirtió que Max se había echado un par de metros hacia atrás, fuera del área improvisada.
—¿Cómo diablos quieres que marque si este tío parece un pulpo? —gruñó el Tanque, perdiendo los papeles.
—Te están temblando las canillas, Tanque —se mofó Santi—. ¡Lleva dos euros más para el autobús, que hoy te vuelves a pie!
—Preocúpate de no ahogarte en tu propia petaca, viejo —le espetó el delantero, colocando el balón para el segundo intento con una rabia mal contenida.
—¡Chuta de una vez! —rugió Rodrigo, golpeando los postes imaginarios con los tacos para quitarse el barro—. ¡A ver si la hueles esta vez!
Santi escupió en el suelo y se colocó expectante. El Tanque, volviéndose hacia los mirones y, sobre todo, hacia Violeta, levantó un dedo de forma jactanciosa. "Fue suerte", decía su gesto. "Ahora va en serio".
Rodrigo respiró hondo, se agachó y esperó.
El segundo disparo fue un misil raso, ajustado al poste izquierdo, de esos que en el Bernabéu terminan en gol y celebración con voltereta. Pero aquel balón —que en ese momento parecía una bola de cristal en manos de una pitonisa— fue desviado por la punta de los dedos de Rodrigo en un vuelo rasante. El cuero golpeó la mochila que hacía de poste y salió escupido hacia los matojos. El Tanque se quedó mirando el hueco, inmóvil, mientras el polvo del descampado se asentaba sobre sus botas de oro.
—¡Eh, Max! —gritó Santi, corriendo tras el balón—. ¿Cómo se dice "fracaso" en tu periódico? ¿Con F de "Fantoche"?
—¡Segundo fallo! —sentenció Merce, con la voz rota por la sorpresa. Los chavales del pueblo estallaron en un grito de júbilo.
—¿Pero qué pasa aquí? —aulló el Tanque, fuera de sí—. ¿Llevas muelles en las articulaciones?
—Llevo diecisiete años esperando este momento —replicó Rodrigo, devolviéndole el balón con un golpe de pie preciso—. Estás más acabado que el papel de fumar, Moreno.
El Tanque se sentía extrañamente aliviado. Le gustaba estar contra las cuerdas, cuando todo dependía de un último disparo. Pero entonces, el sudor empezó a brotarle por los poros al contemplar la figura implacable de aquel portero, moviéndose como un veterano de mil batallas a pesar de sus años y de sus botas gastadas. Sintió, por primera vez en su carrera, que el miedo no era algo que les pasaba a los demás.
Santi debió de percibirlo, porque sintió en el alma una compasión inesperada. Durante una fracción de segundo, deseó que el ídolo no fuera derribado de forma tan brutal, que el Tanque conservara un ápice de su gloria. Pero el sentimiento se esfumó en cuanto vio al delantero recobrar su arrogancia; el Tanque volvía a gesticular, incitando a Rodrigo a que se colocara bajo los palos para el último duelo.
Alguien entre la multitud del pueblo soltó un aullido de burla. El Tanque levantó dos dedos enjoyados y señaló el horizonte, allí donde los raíles brillantes de la vía convergían en la nada, jurando que enviaría el balón tan lejos que nadie volvería a verlo.
Rodrigo se flexionó. Olía la sangre metafórica del Tanque y estaba sediento de ella. También de la de Max, por la forma en que el periodista había tratado a Santi durante todo el viaje.
El tercer penalti salió de la bota del Tanque como un meteoro, una llama que parecía devorarse a sí misma en el aire. Rodrigo voló. El delantero sintió que el impacto iba a destrozar la red imaginaria en un universo de chispas, pero el sonido que siguió no fue el del gol, sino un chasquido seco, violento. Se dio cuenta, con una tristeza repentina, de que el balón que esperaba ver dentro pertenecía ya al pasado. Rodrigo lo había desviado con la base de la palma, un golpe tan firme que el cuero salió rebotado con la fuerza de una pedrada.
Aunque Max Merce fue incapaz de escupir la palabra fatal, el Tanque comprendió que había perdido. En el más verdadero sentido de la palabra.
La multitud guardó silencio, como si la tarde color violeta se hubiese derrumbado sobre sus hombros. El Tanque gritó roncamente que en los estadios de verdad las luces no fallaban así. Dejó caer los hombros y se dirigió trotando hacia el tren, moviéndose de pronto como un anciano cargado de años.
El balón, tras el despeje, había golpeado de rebote en el pecho de Santi, que estaba distraído celebrando. El impacto lo levantó del suelo y lo dejó tendido boca arriba sobre el balasto. Rodrigo apartó a todos los mirones para llegar hasta él y le desabrochó la chaqueta con manos temblorosas.