Fichaje de Invierno

Capítulo 3

15 Años Después...

—Tendría que haberme quedado en el pueblo plantando patatas —dijo amargamente Paco—. Debería haberlo hecho desde el día en que nací. Me gustan las vacas, las ovejas y esas cabras que te miran como si supieran algo que tú no. Siento debilidad por las cabras, quizá porque mi padre tenía el mismo genio que ellas. Me gusta alimentar a los bichos y madrugar para ordeñar. Me gusta arreglar las vallas, arrancar los abrojos del pasto y ver cómo corre el agua por las acequias. Me gusta ser quien soy cuando estoy en el campo. Me gusta cuidar de la huerta, del maíz, del trigo de invierno... que es lo más verde que verás en tu puñetera vida. Cuando mi mujer vivía, no paraba de decirme que dejara el fútbol y me pusiera con las tierras, y yo estaba a punto de hacerlo, pero cuando ella murió, me faltaron los huevos.

A Paco se le quebró la voz. Red, el segundo entrenador, se removió nervioso en el banco del vestuario, pero Paco no lloró. Sacó un pañuelo de cuadros, lo desdobló y se sonó con fuerza.

—Tengo mano para las plantas, Red —añadió con voz ronca—. Debería haber sido hortelano en vez de hacer de niñera de un equipo de muertos de hambre que ocupa el último puesto de la Segunda División.

Estaban sentados en el banquillo del Estadio de Vallecas, observando el césped amarillento, el entrenamiento insulso y las gradas vacías que parecían juzgarlos en silencio.

—Pinta mal —dijo Red, sin apartar los ojos del portero suplente, que acababa de comerse un gol ridículo.

Paco se quitó la gorra desgastada y se frotó la calva con sus dedos rígidos, llenos de viejas lesiones.

—Ha sido un año maldito, Red. No ha caído ni una gota. La hierba está muerta en las bandas y quemada en el área pequeña. Y yo... yo tengo el corazón seco como el polvo por lo poco que he podido demostrar en todos los años que llevo metido en este juego.

Paco se levantó, se inclinó sobre el grifo de los vestuarios y escupió el chorro de agua caliente que sabía a óxido puro.

—¿Cuándo narices van a arreglar las tuberías para que podamos beber algo que no parezca veneno? —gruñó—. ¿Hablaste con el buitre del presidente, como te pedí?

—Dice que «está en ello» —respondió Red, encogiéndose de hombros.

—En ello, sí... contando los billetes que se ahorra en mantenimiento —bufó Paco—. Es tan tacaño que el día que ese reptil compró las acciones fue el más negro de mi vida. Me está costando más dinero y más salud de la que puedo contar.

—Está flojeando otra vez —señaló Red, mirando al campo—. Ya se ha comido dos balones que eran de patio de colegio.

Paco observó al portero suplente durante un minuto largo, viendo cómo se movía con la pesadez de quien ya se siente derrotado, pero dejó que continuara el entrenamiento.

—Si esos boy scouts del centro del campo fueran capaces de dar tres pases seguidos, cambiaría al portero ahora mismo. Pero son incapaces de llevar a su propia abuela al otro lado de la calle sin perder el balón. Los del Getafe nos metieron una paliza el domingo y hoy estos nos llevan ya tres goles de ventaja. Es el día de la Comunidad, sí, pero no para nosotros; para nosotros es un funeral.

—Podríamos haber marcado alguno —apuntó Red—. El Tanque estuvo a punto dos veces en la primera parte, antes de que el árbitro lo mandara a la ducha.

El rostro de Paco se puso rojo como un tomate.

—No me hables de ese simio. Falló la única clara que tuvimos cuando estábamos todos arriba. Es un lastre.

—Yo también lo habría expulsado si hubiera sido el árbitro y me hubiera soltado las barbaridades que le soltó —añadió Red con una mueca.

—A mí lo que me gustaría es mandarlo a la grada de por vida. Nunca he visto a un profesional tan repelente y tan vago. Se cree que por lo que hizo hace años todavía le debemos pleitesía.

Paco se rascó con violencia los dedos, que llevaba envueltos en vendas flojas.

—Y para colmo, he pillado una dermatitis de caballo en las manos. ¿No es increíble? Siempre había oído que esto les salía a los porteros en los pies, por la humedad de las botas, pero yo tengo que sufrirlo en las palmas. Me pican de forma infernal y tengo que llevar estos apósitos con este calor de justicia. A veces me pregunto si la vida vale la pena, Red, te lo digo en serio.

—Pinta mal —insistió Red—. El Cid acaba de regalar un córner con la defensa vendida.

Paco estalló.

—Es mi mejor portero, y la pifia cada vez que lo pongo contra un equipo que no sea de regional. ¡Sácalo de ahí! ¡Que entre el del filial para lo que queda de entrenamiento!

Red, flaco y pecoso, subió ágilmente los peldaños del banquillo y señaló hacia el campo de entrenamiento. Se dirigía hacia la portería cuando alguien vestido de calle, con una ropa que había visto tiempos mejores, asomó por la escalera del túnel de vestuarios y le preguntó al utillero que recogía balones en el extremo del banco:

—¿Quién es Paco «el Abuelo»?

El utillero señaló con el pulgar hacia el centro del banquillo, y el hombre, que cargaba con una maleta de cuero raída y su inseparable bolsa reforzada, caminó hacia donde estaba Paco.

Cuando el viejo entrenador lo vio llegar, exclamó:

—Pero ¿qué es esto? ¿Ha venido la banda de música de la legión o qué?

El hombre dejó sus cosas en el suelo y se sentó en uno de los escalones de cemento, frente a Paco. Vio a un viejo de sesenta y cinco años, de ojos azules acuosos y cuello delgado y rojizo; un hombre con la boca triste que parecía un plátano pasado dentro de un chándal del Rayo que le quedaba tres tallas grande.

Y Paco vio a un tipo alto, rudo, de barba negra de varios días y ojos cansados, pero de facciones nobles. Su cara era huesuda, marcada por la intemperie, y su boca mantenía un rastro de amabilidad a pesar de la expresión amarga que dominaba su rostro. Se le veía ágil para su corpulencia, aunque por dentro sus nervios seguían en un tren que nunca se detenía. Su mente seguía recorriendo kilómetros; tenía la impresión de que todavía no había llegado al sitio al que iba, porque nunca terminaba de llegar. ¿A dónde? Aquí. Pero ya era hora de calmarse, de tranquilizar al viejo trotamundos que llevaba dentro, de permanecer quieto de una vez, aunque por sus venas siguieran pasando pueblos, bosques y campos, como habían hecho durante esos largos y oscuros años de ausencia.




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