Cuando Moreno murió finalmente en el hospital, Violeta se volvió loca de dolor.
«¡Moreno, Moreno!», gemía, golpeando la pared de la habitación del hotel donde aún se hospedaba el equipo. Paco, que al principio se preocupó mucho por ella, la encontró un día arrancándose mechones de sus rojos cabellos. Tenía las mejillas arañadas por sus propias uñas, y por ellas rodaban lágrimas negras de rímel y desesperación. Paco se asustó y le propuso llamar al médico del club, pero ella le echó con gritos estridentes que se oían en todo el pasillo. Lloró durante días enteros. Envuelta en un pijama de seda negro, yacía atravesada sobre la blanca cama, como una vela rota todavía encendida en medio de un funeral. Mentalmente, llenaba de besos todo el cuerpo de Moreno y, cuando llegaba a su boca muda, imaginaba que le devolvía el aliento vital, sintiendo estremecerse sus entrañas ante la imagen de su resurrección sobre el césped.
Pero en sus sueños también le veía tendido al fondo de un oscuro corredor de vestuarios, sujetando con los dedos el balón embarrado que había intentado salvar antes del choque, y había demasiadas puertas cerradas que él hubiese tenido que cruzar para volver a la luz del estadio. Entonces renunció a pensar que estaba vivo y aceptó que era un cadáver. Y fue entonces cuando empezó a darse realmente de cabeza contra la pared, buscando el mismo golpe que lo mató a él.
No podía parar de llorar, como si se hubiesen roto todas las espitas de su llanto. Sus lágrimas eran inagotables; fluían como si nunca hubiese llorado antes en sus treinta años de vida. Donde quiera que se volviese, tenía que llorar; vivía en un mundo empapado, un Vallecas bajo una lluvia eterna que solo ella sentía. Sus pensamientos goteaban sobre flores oscuras y manchadas en campos de fútbol nocturnos y desiertos. Se movía entre ellas, gustando la oscuridad, sin poder distinguirlas de las piedras del suelo.
La sombra de Moreno estaba allí. La veía deslizarse delante de ella y la reconocía por sus andares arrogantes, ahora fracturados. «¡Moreno, oh, mi Tanque!», gritaba, pero su voz se ahogaba en el agua. Oía un gorgoteo y las burbujas que se rompían bajo el césped inundado, y sentía que las lágrimas resbalaban sobre su cara. Aunque quería estar siempre con él, en el fondo del muro, estaba atrapada aquí, viva y llorando.
Después de innumerables días, Violeta se arrastró fuera de la cama. Estaba trastornada por el silencio de la habitación, con las uñas de los pies pintadas y temblando ante la permanencia de las cosas que Moreno ya no tocaría. Buscó recuerdos en el profundo armario: un balón de fútbol firmado con un «a mi cielo, de su Tanque», un encendedor con el escudo del club que prendió con un chasquido metálico. Lo apagó de un soplo. Siguió buscando y encontró una vieja medalla que él le había regalado tras un derbi, y una entrada de palco arrugada y amarilla. Entre su propia ropa interior encontró unos pantalones cortos de entrenamiento que ella misma había lavado y guardado, un jirón de su vida pública metido en su intimidad.
Hojeando su álbum de recortes, solo encontró menús de restaurantes de lujo de la Castellana y entradas de cines de Gran Vía; el resto eran casi todo fotografías que ella había recortado de las páginas de Marca o As, donde se veía a Moreno celebrando goles, regateando o cruzando la línea de cal. Pasó las páginas con un suspiro y cogió el viejo álbum familiar. Allí estaba su madre, de ojos tristes; la foto rota y pegada de su padre sonriendo antes de marcharse para siempre; y ella misma de niña, llorosa, como si nada hubiera cambiado. La angustia la devoraba: Moreno no era realmente suyo cuando murió (trató de no pensar en qué mujeres habría tenido en tantas ciudades de la gira). Lloraba a alguien por quien ya debería haber llevado luto mucho antes del accidente. Esa era la mayor espina en su dolor.
Cuando el calor de julio la echó finalmente de su habitación, Violeta apareció en el vestíbulo del hotel vestida de riguroso negro. Sus cabellos pelirrojos parecían más claros, como si hubieran perdido parte de su fuego. Rodrigo se sintió conmovido al verla. Se había imaginado este reencuentro mil veces, pero la combinación del negro de la ropa y el rojo de su pelo le golpeó con la rapidez de un relámpago. Confirmó lo que ya sabía: a pesar de que esos ojos verdes lloraban por Moreno, ella era la única para él.
A veces Rodrigo se preguntaba qué sentiría si los colores se invirtieran. Había otras mujeres en el vestíbulo, de cabellos negros y vestidos rojos que habrían excitado su fantasía años atrás; pero con Violeta, con esa cabeza llameante y ese cuerpo oscuro, no tenía elección. Él era el elegido para amarla, aunque le causase dolor. Había intentado olvidarla, pero el recuerdo de lo que deseaba le ofrecía un único camino: esperar a que ella saliese de su lluvia personal.
A veces la espera era insoportable, incluso para alguien tan curtido como él. Una tarde, el deseo le impulsó a llamar a su puerta, pero Violeta le cerró en las narices a pesar de que él estaba allí plantado, respetuoso, con el corazón en las manos. Pensó en pedirle a Paco que intercediera —la vida era corta y el fútbol más—, pero algo le decía que aguardase. Cuando el equipo viajaba a jugar fuera, le enviaba postales, flores y pequeños detalles que siempre encontraba devueltos en su buzón al regresar. Aquello le descorazonaba.
Sin embargo, cada mañana, cuando ella salía del ascensor, Rodrigo levantaba la cabeza para buscar su mirada. Ella pasaba sobre sus altos tacones sin dar señales de verle. Hasta que un día, Violeta se vistió de blanco. Aunque todavía parecía llevar el luto en el alma, algo había cambiado. Ahora, cuando él la miraba, ella a veces le sostenía la mirada. Observó que su antipatía se transformaba en una indiferencia que, poco a poco, confió en poder vencer.
—Tengo que decirte una cosa, hijo —le dijo Paco a Rodrigo en el vestíbulo del hotel, una mañana lluviosa poco después del funeral de Moreno—, y es que no debes culparte por lo que le sucedió al Tanque. Sufrió un accidente fatal, pero no fue por tu culpa.