Fichaje de Invierno

Capítulo 10

En el campo de fútbol, Rodrigo tuvo una tarde de gloria absoluta. El médico del equipo había logrado reducir la hinchazón de su ojo y, con un poco de maquillaje profesional, había ocultado el morado bajo un tono color carne casi imperceptible. Rodrigo condujo el ataque del Rayo con una ferocidad renovada, perforando la red del Sporting en dos ocasiones y decantando el partido a favor de los de Vallecas. Con esa victoria, el equipo escaló hasta el segundo puesto, a solo tres puntos del líder.

Paco estaba entusiasmado, casi al borde de las lágrimas. Los hinchas se habían vuelto locos, coreando el nombre del "Mago" hasta quedarse afónicos. La prensa deportiva no escatimó en elogios: decían que el Rayo era «el equipo revelación del siglo» y ya pronosticaban que el trofeo de liga terminaría en las vitrinas de Vallecas.

Al terminar, todavía con la adrenalina del doblete en las venas, Rodrigo fue a buscar a Violeta. La vio aparecer por el pasillo del cuarto piso, envuelta en su abrigo de verano, caminando con esa elegancia melancólica que tanto le obsesionaba.

—Vengo a ver cómo te encuentras, Violeta —dijo él, interceptándola.

Ella siguió andando, contoneándose ligeramente en dirección al ascensor, sin detenerse.

—Estoy perfectamente —respondió con voz plana.

Rodrigo se plantó en mitad del corredor.

—¿Has visto ya al médico?

Violeta enrojeció de golpe y respondió con excesiva rapidez: —Dice que es neuritis... Algo nervioso. Nada grave.

Pulsó el botón del ascensor con insistencia.

—¿Nada grave? ¿Estás segura?

—Eso es lo que ha dicho él —sentenció ella, evitando clavar la mirada en la suya.

Mientras ella observaba fijamente el indicador del ascensor, Rodrigo tuvo la punzada de que le estaba mintiendo. Tuvo la impresión de que ni siquiera se había acercado a una consulta. Presumió, con un deje de amargura, que lo de su pecho "enfermo" había sido solo una barrera, una técnica para frenar su avance en el puente. Aunque no le gustaba que jugaran con él, dominó su irritación y, queriendo celebrar la victoria, la invitó a ir al cine.

—Lo siento —dijo ella cuando las puertas del ascensor se abrieron—, pero Gus va a venir a buscarme.

A solas en su habitación, Rodrigo se sintió devorado por la inquietud. Pensó que le convendría alejarse de ella, que su vida sería más sencilla sin esa sombra constante, pero la sola idea de perderla le enojaba todavía más. Red Blow le llamó para ir a ver una película y despejarse, pero Rodrigo puso la excusa de una jaqueca. Necesitaba el silencio. Sin embargo, al dormir, el descanso fue un campo de batalla: soñó continuamente con Violeta. En sus pesadillas, aquel pecho enfermo del que ella hablaba se había vuelto de un verde bilioso y tóxico, pero, a pesar de la repulsión, él ansiaba desesperadamente su tacto.

Al día siguiente, la magia se desvaneció en el césped. Rodrigo no logró ni un solo buen pase, ni un disparo entre los tres palos contra el Barcelona. El Rayo ganó por inercia, pero el jueves, jugando en su propio campo, Rodrigo volvió a estar ausente y perdieron. Como nunca había pasado dos partidos seguidos sin dejar su huella, el rumor de que estaba en baja forma corrió por las gradas como la pólvora. Esto le aterró. Trató de ignorar las críticas concentrándose en sí mismo y en Violeta, revisando obsesivamente los periódicos de los últimos días en busca de alguna noticia sobre un atropello con fuga en la carretera de la costa. Al no encontrar ni una breve reseña, terminó por atribuirlo a su imaginación y se obligó a olvidarlo. Se repetía que su bache era algo normal, que incluso a los mejores les pasaba; pero tras tres días de sequía absoluta, la angustia se volvió insoportable.

La afición y la prensa estaban asombrados. Parecía imposible que un fenómeno como Rodrigo se apagara así. Los defensas rivales eran los más incrédulos; al principio le marcaban con cautela, temiendo una explosión súbita de su genio, pero pronto detectaron la preocupación en sus ojos. Comprendieron que ya no tenía esa zancada fácil y segura de semanas atrás. Empezaron a encimarle con dureza, sabiendo que sus controles eran ahora torpes y sus disparos, predecibles.

Ciertamente, Rodrigo conservaba su aspecto imponente sobre el campo, plantado en el área con su bota derecha lista para el impacto. Golpeaba el balón con una fuerza brutal, pero solo lograba enviar balones a la grada o estrellarlos contra la barrera. Muchos porteros mediocres se sentían héroes al ver cómo el gran Rodrigo Olmos se retiraba al vestuario con la cabeza gacha.

«Pero ¿qué me pasa?», se preguntaba con rabia. Tenía la extraña impresión de ser otro hombre, de que alguien había cambiado su cuerpo por uno enfermo. Se sentía embotado, con los músculos y las articulaciones rígidas, como si le faltara el aceite que hacía funcionar su maquinaria. Echaba de menos ese hormigueo de satisfacción absoluta que recorría sus hombros tras un impacto limpio, esa sensación de galope en el estómago cuando sabía que el balón besaría la red. Sin esa adrenalina, volvía a sentirse como el hombre que creía haber dejado atrás quince años atrás: un ser acabado, muerto y enterrado bajo el peso del fracaso.

«¿Qué es lo que hago mal?», se preguntaba una y otra vez. Nadie en el banquillo ni en el vestuario se atrevía a darle el menor consejo o información sobre lo que le estaba pasando; ni siquiera mencionaban su baja forma, como si fuera una enfermedad contagiosa de la que nadie quiere hablar. Incluso Paco el Abuelo, a pesar de estar consumido por la ansiedad, se limitaba a mirarle con esperanza, aguardando que aquel bache pasara con la misma rapidez con que había aparecido.

Rodrigo era perfectamente consciente de su propia precipitación. O bien lanzaba el desmarque antes de tiempo, cayendo en fueras de juego absurdos, o disparaba demasiado tarde, permitiendo que la defensa se le echara encima. Tratando de encontrar una explicación física, modificó su zancada, cambió el ángulo de apoyo al tirar e incluso probó con botas nuevas. Todo inútil. Para no cansarse la vista, dejó de leer los periódicos y de ir al cine. Al saltar al campo, su expresión era tan torva y amenazadora que daba escalofríos a los defensas rivales, pero estos ya le habían tomado la medida: sabían que era un gigante con pies de barro.




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