Fichaje de Invierno

Capítulo 12

A Iris le parecía completamente natural estar esperándole sobre la hierba del Parque del Retiro, después de haberse quitado los zapatos para estar más cómoda sobre el césped. Rodrigo había estado tan presente en su mente durante el último mes que no podía considerarle un desconocido, aunque en realidad lo era.

Recordó que la noche anterior se había dormido pensando en él. Había contemplado las estrellas a través de la ventana de su piso, viendo cómo se disolvían en una lluvia de verano tardío. Recordaba haber abierto sus ojos castaños justo a tiempo de ver un relámpago ahorquillado brotando de una nube sobre la sierra, extendiendo su fuego en todas direcciones. Y aunque sintió miedo de ser alcanzada —era su fobia particular—, no cerró la ventana. Observó aquella llama retorcida desaparecer en el horizonte de Madrid. La noche era húmeda y fragante. Sin que nadie lo supiera, se había vestido y había salido a caminar descalza por un descampado cercano, sintiendo la tierra bajo sus pies mientras volvía a ilusionarse con el mañana, como cuando tenía dieciséis años.

Este anochecer en la capital era espléndido y libre. El cielo aún conservaba matices verdes y oro sobre la silueta blanca de los edificios de la Castellana, desvaneciéndose hacia el este en un violeta que ya buscaba el azul profundo de la noche. Una brisa con un soplo de otoño, pese al calor que había hecho por la tarde, soplaba a intervalos entre los árboles del parque.

De vez en cuando, Iris miraba su reloj y fruncía el ceño, aunque solo podía culparse a sí misma por haber llegado tan temprano. Tenía la piel de gallina en los brazos y se preguntó si no habría sido una imprudencia ponerse aquel vestido de seda tan fino, pero enseguida comprendió que el escalofrío no era por la temperatura tibia de la noche, sino por el peso de otro tiempo, muy lejano, que al fin ya no temía recordar.

En mitad de su vida pasada, cuando parecía apenas haber salido de la infancia, una noche fue sola al cine y conoció a un hombre que le doblaba la edad. Pasearon por un parque como este. Al presentir lo que aquel hombre deseaba, no sintió miedo, sino asombro por sus propias ganas de corresponderle. El amor de una madre era una cosa, pero el de aquel hombre, cuando la abrazó bajo la sombra de un castaño frondoso, era algo distinto. Intentó apartarse, corrió entre las ramas arañándose los brazos, pero él no la dejó marchar. La llevó a lugares ocultos, protegidos de todo salvo de la luz de las estrellas, y le enseñó con sus besos que el corazón podía galopar sin necesidad de correr. A punto de estallar de emoción, le pidió que no mirase y, cuando él se volvió de espaldas, ella se despojó de sus miedos. Se ofreció blanca y descalza, y se sorprendió cuando la pasión estalló sobre ella como un animal salvaje.

Sonó un claxon a lo lejos, cerca de la Puerta de Alcalá.

Era Rodrigo, al volante de un coche de alquiler que había sacado del garaje del hotel. Buscó con la mirada un hueco donde aparcar junto a la verja del parque, pero Iris ya se había calzado y caminaba hacia él, haciéndole señas con la mano. El día después de aquel gol milagroso en honor al pequeño Pedrito, Rodrigo había encontrado la foto de ella en la sección de deportes de un diario nacional. La recortó con un cuidado casi quirúrgico usando su navaja, la dobló evitando que el pliegue marcara el rostro y la guardó en su cartera como si fuera un amuleto real. Desde entonces, su racha había sido legendaria: cinco goles en los últimos dos partidos. Estaba entusiasmado, poseído por una confianza que no recordaba haber sentido jamás. Siempre que tenía un momento a solas, sacaba la fotografía y la estudiaba bajo la luz, tratando de descifrar por qué aquella mujer se había arriesgado al ridículo por él; había sido la única. Generalmente, cuando el "Mago" fracasaba, el mundo le dejaba solo, sin flores, sin consuelo y sin nadie que velara sus derrotas.

Al principio, sospechó que Iris sería una fanática desquiciada o una adolescente con el juicio nublado por los titulares de la prensa deportiva. Sin embargo, la mirada inteligente y serena que desprendía el papel impreso parecía desmentirlo. Había futbolistas —galácticos de peinados perfectos— que provocaban suspiros con solo posar para una marca de ropa, pero él sabía que no pertenecía a ese club. No es que fuera un hombre tosco, pero su atractivo era más áspero, menos evidente; no era el tipo de hombre con el que las mujeres solían fantasear de entrada. Al observar sus ojos grandes en la foto, Rodrigo creyó ver a alguien que comprendía de qué estaba hecha la vida, aunque en el fondo sabía que podía estar engañándose.

El coche se detuvo junto a la acera. Iris llegó a la ventanilla y el aroma a noche y a césped entró en el habitáculo.

Tras decidirse, telefoneó al fotógrafo que había tomado aquella instantánea por si podía darle su dirección, pero le dijeron que el fotógrafo estaba haciendo un reportaje sobre unos incendios forestales en el norte. Aquella tarde, durante el partido en el estadio, Rodrigo escudriñó las gradas y la vio en las localidades cercanas a la puerta 5, a la izquierda de su posición. Hizo que uno de los auxiliares del club le llevase una nota preguntándole si podría verla aquella noche.

Ella le contestó que esa noche le era imposible, pero le dio su número de teléfono escrito en el reverso de una entrada. Después de un trago de whisky escocés para calmar los nervios en el hotel, la llamó. Tenía una voz interesante, pero le dijo francamente que no sabía si su relación debía terminar ahí mismo; le explicó que estas cosas podían traer desilusiones si se forzaba el momento. Él replicó que no pensaba que pudiese desilusionarle, y tras hacerse rogar un poco, ella acabó cediendo, sobre todo porque Rodrigo insistió en que quería darle personalmente las gracias por haberle salvado la carrera.

Rodrigo abrió la portezuela del coche de alquiler e Iris subió.

—Soy Iris Lemon —dijo ella, ruborizándose bajo la luz del habitáculo.




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