Fichaje de Invierno

Capítulo 13

Después de una bulliciosa celebración en el coche restaurante —que acabó en tumulto cuando empezaron a arrojarse unos a otros patatas cocidas y botellas de salsa de tomate—, y tras el caos en el vagón dormitorio, donde un grupo de salvajes capitaneados por Rodrigo arrancaron los pijamas a los compañeros que ya dormían y destrozaron los pantalones de un traje nuevo de Paco, quien detestaba las celebraciones prematuras, Rodrigo durmió desasosegado. En su sueño, era consciente de su inquietud y la atribuía a todo lo que había engullido.

El equipo volvía exultante tras derrotar a sus rivales directos en una jornada doble impecable. Los jugadores se regocijaban; incluso el Abuelo parecía aliviado ahora que el club había escalado posiciones, pisándole los talones a los líderes con un mes de competición por delante y la mayoría de los partidos restantes en casa. Rodrigo estaba, sin duda, en un estado de gracia absoluto. Era el rey indiscutible del campo, y su racha goleadora, que pulverizaba cualquier defensa, había enterrado definitivamente el recuerdo de su bache.

Sin embargo, por muchos éxitos que cosechara, su ambición era insaciable; ansiaba más goles, más gloria y todo lo que el futuro pudiera ofrecerle. Esa misma tarde, antes de subir al autobus, se había detenido para devorar media docena de salchichas con chucrut y seis refrescos. Ya en el vagón restaurante, dio buena cuenta de dos enormes solomillos, una docena de panecillos, raciones triples de puré y varios trozos de tarta de manzana. Pero no fue suficiente. Mientras los otros jugaban a las cartas, se escabulló en una parada técnica para zamparse tres filetes empanados y, más tarde, sobornó al camarero para que le sirviera una chuleta a medianoche.

Aun así, se despertó varias veces durante la madrugada con un hambre voraz que parecía nacerle desde el fondo del alma.

Cuando abrieron el coche restaurante por la mañana, Rodrigo despachó un desayuno copioso, devorando platos como si quisiera sepultar la inquietud de la noche bajo capas de comida. Después, contempló durante un rato las casas desparramadas de las afueras de la ciudad que el autobús cruzaba con estrépito. Sin embargo, su mente no estaba en el paisaje, sino en el bolsillo de su chaqueta. Allí guardaba la prolija carta que Iris Lemon le había enviado. Recordaba aquella noche en la orilla del embalse, el largo baño, la fogata y lo que vino después. El recuerdo no era desagradable, ni mucho menos, pero una duda persistente le corroía: ¿cómo era posible que ella le hubiese tomado por un incauto capaz de interesarse seriamente por una abuela?

Aún le parecía terrible pensar en ello. Aunque Iris era una mujer atractiva y su entrega había sido genuina, ahora, en la distancia, la veía mentalmente más como un "limón" amargo que como la Iris luminosa de aquella noche. Intentaba ser justo, recordaba su cuerpo y los placeres compartidos, pero en cuanto aparecía en su mente la imagen de un nieto —por mucho que la abuela solo tuviera treinta y tres años—, el encanto se desmoronaba. Para Rodrigo, la lógica era aplastante: si se tomaba en serio esa relación, el camino le conducía inevitablemente a convertirse él mismo en abuelo. Con ese pensamiento, y sintiendo un ligero dolor de tripas por los excesos, se quedó profundamente dormido mientras el autobús corría hacia el Este. Soñó con las mañanas frías de su niñez, con la hierba blanca y rígida y el aire helado que limpiaba sus pulmones de toda complicación.

Se despertó pensando en Violeta.

Para su asombro, ella se presentó la noche siguiente en su habitación del hotel de concentración. Fue después de la cena; Rodrigo estaba sentado junto a la ventana, leyendo con autosatisfacción lo que los periódicos decían de sus últimos goles, cuando alguien llamó a la puerta. Al abrir, casi se desmorona de la sorpresa (y de una punzante tristeza) al verla allí.

Violeta entró riendo, con esa ligereza que siempre le había desarmado. Le explicó que había ido a visitar a una amiga a una casa de campo y que, de regreso a Madrid, se había enterado de que el equipo estaba en la ciudad y había decidido parar a saludarles. Y allí estaba. Tenía la cara y los brazos tostados por el sol y se la veía radiante, con mejor aspecto del que recordaba. Rodrigo notó que había cambiado algo en esas semanas de ausencia, un cambio sutil que le inquietó profundamente, como si cualquier evolución en ella fuera un presagio de algo que acabaría perjudicándole. Escrutó su rostro buscando una respuesta, pero ella solo le confesó, con coquetería, que había engordado un par de kilos desde la última vez que se vieron.

Rodrigo se sentía aún resentido con ella. Le dolía que Violeta le hubiera apoyado tan poco cuando el mundo se le venía encima y que hubiera rechazado la invitación de Paco para acompañar al equipo en la gira. Sin embargo, allí, a solas con ella en la penumbra de la habitación, tan próxima e inevitablemente deseable —porque la verdad era que nunca había dejado de desearla, una realidad que le golpeaba con la fuerza de un balonazo en el pecho—, pensó que no era el momento de poner mala cara ni de lanzarle recriminaciones.

Cierto era que había algo en Violeta, como en toda la comida que había devorado compulsivamente, que le dejaba insatisfecho tras el primer bocado. Era un hambre que, lejos de saciarse, crecía con cada encuentro. En todo caso, seguía siendo una mujer de una belleza deslumbrante, con unas formas que recordaban a una modelo de alta costura, y Rodrigo estaba seguro de que, si lograba estrecharla contra sí, se sentiría mejor, como si sus brazos fueran la medicina para su ansiedad.

Su cara debió de reflejar más de lo que él pretendía, pues Violeta se volvió hacia la ventana con un gesto enfurruñado.

—No me riñas por haber estado este tiempo sin verte, Rodrigo —dijo con voz queda—. Hay cosas que simplemente no puedo soportar, y una de ellas es estar con personas melancólicas. Ya tuve suficiente de eso en casa con mi madre y realmente me desespera. —Luego, con un tono más afectuoso, prosiguió—: Por eso tuve que mantenerme al margen, aunque me doliera, y esperar a que salieses del bache. Sabía que lo harías. Ahora estoy aquí, en cuanto he podido, igual que solía pasar entre Moreno y yo.




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