El último partido de la serie contra los líderes fue algo que la ciudad no olvidará en décadas. Desde la Castellana hasta los barrios más humildes, no se hablaba de otra cosa. La policía tuvo que cortar las calles aledañas al estadio desde mediodía porque la marea humana amenazaba con desbordar los controles de seguridad. Los que no tenían entrada se agolpaban en las puertas, esperando simplemente oír el rugido de la grada para saber si el "milagro" continuaba.
Dentro, en el vestuario, el ambiente era espeso. El Abuelo no paraba de caminar de un lado a otro, mascando un chicle con nerviosismo, mientras los jugadores se vendaban los tobillos en un silencio casi religioso. Rodrigo sentía el peso de cada uno de los filetes y pasteles que se había metido entre pecho y espalda la noche anterior; su estómago protestaba, pero su orgullo mandaba.
Salieron al campo y el estruendo fue ensordecedor. Los líderes, un equipo de estrellas acostumbradas a la Champions y a los grandes focos, parecían intimidados por la agresividad de unos Rayos que no tenían nada que perder. Rodrigo no jugó un fútbol elegante esa tarde; jugó un fútbol de barro y colmillo. Peleó cada balón dividido como si fuera el último de su vida, chocando contra centrales que le doblaban en juventud.
En el minuto ochenta y cinco, con el marcador 0-0 y las piernas de todos pesando como sacos de arena, Rodrigo recibió un balón largo, lo bajó con el pecho y, sin mirar, soltó un latigazo que se coló por la escuadra. El estadio no gritó, estalló.
Fue Xavi, el veterano técnico del Real Madrid, quien sacó a su portero estrella, Iker Casillas, para el último duelo en el Bernabéu. Fran Gonzáles era un muro, un guardameta que ese año parecía tener imán en los guantes; un caso único en la Liga que se le atragantaba especialmente al Rayo Vallecano, que solo había logrado marcarle una vez en los últimos dos años. Durante el bache de Rodrigo, Fran Gonzáles le había amargado la existencia, dejándole seco de goles en cuatro enfrentamientos seguidos.
Casi toda Vallecas dio el partido por perdido, pero Rodrigo empezó la tarde con un golazo de falta que se coló por la escuadra en el primer minuto. El Madrid respondió rápido y Ibrahim Díaz: anotó dos goles que silenciaron a la afición franjirroja. Pero Rodrigo volvió a la carga y empató tras una cabalgada épica desde el centro del campo. Gonzáles puso el 2-3 para los blancos, pero el "Mago" cerró su exhibición con otros dos goles de puro instinto, dejando el marcador en un definitivo 4 a 3. Vázquez, que había empezado imponente, terminó con la mirada perdida bajo los palos, mientras el Madrid se retiraba al vestuario a toda prisa ante el júbilo vallecano.
El Atlético lideraba ahora por un punto; el Madrid caía al segundo puesto y el Rayo estaba pegado a ellos, subiendo como un cohete en la clasificación. La fiebre del "milagro de Vallecas" se apoderó de Madrid y la gente bajaba por la Albufera celebrando que el título era una posibilidad real.
Al Rayo solo le quedaba, en esta loca carrera por la Liga, jugar cuatro partidos fuera: la visita al campo del Espanyol, un duelo doble en Valencia y recibir al Betis en Vallecas. Después, el plato fuerte: tres partidos finales contra el Atlético, incluido el desempate de aquel polémico encuentro de junio en el que Rodrigo casi revienta el balón de un zapatazo.
Cuando solo faltaban seis jornadas para el final, la Liga se encontraba en un triple empate de infarto por el liderato. La afición del Rayo Vallecano estaba fuera de sí, y la locura estalló cuando el Atlético perdió un partido agónico contra el Sevilla, cayendo a la segunda plaza y dejando al Real Madrid y al Rayo empatados en lo más alto.
Antes de que los rojiblancos pudieran reaccionar, una marea franjirroja descendió sobre el Metropolitano. Trenes de cercanías y convoyes de Metro iban abarrotados de fans que no querían perderse el asalto definitivo. Vieron a sus ídolos ganar el primer duelo crucial (con un Rodrigo magnífico), sufrir para llevarse el segundo (el "Mago" no tenía su mejor día) y, finalmente, borrar del mapa a un Atlético pasmado en el último encuentro de la serie (donde Rodrigo volvió a ser letal).
En ese punto de máxima tensión, el engranaje del Real Madrid saltó por los aires. Para alegría desenfrenada de todo el barrio de Vallecas, el Valencia les rascó un empate y el Betis les asestó un golpe inesperado. Un sudario de silencio cayó sobre el Bernabéu, mientras en el sur de Madrid se alzaba un rugido que retumbó en toda la capital.
Al cesar el griterío, el Rayo Vallecano estaba, contra todo pronóstico, en la cima: tres puntos de ventaja sobre el Madrid y cuatro sobre el Atlético, que quedaba matemáticamente fuera de combate. Con solo tres partidos por jugar contra el ya descendido Betis, los de la franja lo tenían todo de cara. Lo peor que podía pasar era un empate final con el Madrid si estos ganaban todo y el Rayo lo perdía todo, algo que parecía absurdo viendo cómo Rodrigo machacaba a las defensas.
El regreso desde el Metropolitano apenas debía durar veinte minutos, pero se convirtió en una odisea porque los fans no dejaban en paz el autobús del equipo. Enterado de que una multitud se había reunido en Atocha y en la Albufera para recibirles, el Abuelo ordenó desviar el trayecto y que los jugadores bajaran en una zona discreta para seguir en taxis. Pero al cruzar el puente de Vallecas, fueron recibidos por un estruendo ensordecedor de cláxones y cánticos que inundaba toda la ciudad...
En los vestuarios, tras el último partido contra el Atlético, algunos de los muchachos habían empezado a descorchar botellas y a lanzarse agua, pero el Abuelo, que había llorado a solas de pura alegría, les llamó al orden con dureza.
—¡Ni una tontería más! ¡Aún tenemos que ganar un partido! —les gritó.
Cuando ellos protestaron, diciendo que el título ya era suyo, el Abuelo enrojeció como un tomate y les rugió que nadie es campeón hasta que el árbitro pita el final del último minuto. Como resultado, y a pesar del ambiente de fiesta, los jugadores volvieron a casa cariacontecidos. Algunos propusieron celebrar una juerga en secreto cuando se libraran del "viejo chalado", pero nadie se atrevía. Hasta Rodrigo estaba desanimado; pero él, en lo único que pensaba, era en Violeta.