Fichaje de Invierno

Capítulo 15

El presidente del club, siempre mirando el céntimo, tenía un convenio con una pequeña clínica de maternidad cerca del estadio de Vallecas para tratar cualquier dolencia de la plantilla. Fue allí, donde trasladaron de urgencia a Rodrigo.

El ginecólogo de guardia, visiblemente confundido ante aquel gigante que se retorcía de dolor, decidió por las buenas que lo que el "Mago" necesitaba era que le extirparan el apéndice. Sin embargo, Rodrigo se resistió con una furia desesperada. Su fuerza era tal que el cirujano, el anestesista, el practicante y dos enfermeras no lograban reducirlo mientras él aullaba en una camilla demasiado corta para él.

Finalmente, consiguieron dominarlo con una inyección hipodérmica. Al desnudarlo para la intervención, descubrieron una cicatriz antigua en su vientre. Una rápida comprobación en su historial demostró que no tenía apéndice; se lo habían quitado hacía tiempo, junto con "otras cosas" que los médicos prefirieron no comentar en voz alta. Todos en el quirófano quedaron impactados al ver aquel cuerpo mellado y maltratado, un mapa de cicatrices que contaba una historia mucho más oscura que la de un simple futbolista.

Los médicos barajaron entonces la posibilidad de extraerle la vesícula o incluso parte del estómago, pero nadie se atrevía a asumir la responsabilidad histórica de operar al hombre que tenía a toda España en vilo. La ciudad estaba horrorizada; miles de aficionados del Rayo se agolpaban a las puertas de la clínica de maternidad, cortando el tráfico y esperando noticias entre llantos. Incluso llegaron mensajes de condolencia de embajadas extranjeras.

Ante el miedo a una negligencia médica nacional, optaron por una solución menos invasiva: le introdujeron una sonda gástrica y extrajeron una cantidad casi inverosímil de alimentos a medio digerir. El paciente gemía en su habitación, un sonido desgarrador que se mezclaba con los llantos de los recién nacidos y los gritos de las parturientas del mismo piso. Los médicos, superados por la presión, adoptaron una política de "vigilante espera", rezando para que el estómago del ídolo aguantara hasta el amanecer.

La tortura en su vientre se trasladó a su mente. Torrentes de hielo cruzaban desiertos ardientes en su cabeza; Rodrigo balbuceaba y bufaba, apenas consciente, atrapado en un delirio donde su cuerpo se estiraba hasta alturas gigantescas para luego encogerse hasta ser un niño indefenso. (Señor, ¿qué me está pasando?) Huracanes de luces psicodélicas le quemaban los ojos. En sus pesadillas, la cara triste de Iris se insertaba en el cuerpo eléctrico de Violeta, y luego el rostro de Violeta temblaba sobre la silueta serena de Iris; una fusión confusa que le provocaba un vértigo insoportable. Soñaba con banquetes imposibles, aves exóticas rellenas de frutas y montañas de caviar, pero cuando se inclinaba para devorarlos, la comida se desvanecía. Entonces le servían un trozo de buey jugoso que le hacía salivar, hasta que descubría con horror que era su propia carne la que estaba masticando. Sus rugidos hacían que las enfermeras de la maternidad acudieran corriendo, pero nada podían hacer contra sus puños que golpeaban el aire como aspas de molino.

En un pico de fiebre, saltó de la cama y corrió por los pasillos en camisón, asustando a las madres que daban el pecho, buscando desesperadamente algo que se pareciera a un bate. Encontró una fregona en un carrito de limpieza y volvió a su habitación para blandirla furiosamente frente al espejo... Lo encontraron desplomado en el suelo. Al amanecer, lo intentó de nuevo y robó un desatascador de un armario, pero tres auxiliares lo redujeron y lo ataron a la cama.

Mientras él yacía prisionero, el equipo —completamente hundidos por la ausencia de su estrella— cayeron ante el Betis. Como el Real Madrid no falló en sus encuentros, la Liga terminó en un empate técnico. Para decidir el campeón, la Federación decretó un único partido de desempate en Vallecas para el lunes siguiente.

A última hora de la tarde, la fiebre remitió. Rodrigo, ya sin las ataduras, recobró el sentido y vio a una atribulada Violeta junto a su cama. Ella, con la nariz enrojecida y pañuelo en mano, le contó el desastre del equipo. Rodrigo gimió de pura angustia. Cuando ella se marchó, comprendió que el verdadero calvario acababa de empezar.

El especialista, un hombre alto de hombros encorvados y ojos tristes que jugaba con un reloj de oro, entró en la habitación. No escatimó detalles. Le dijo, casi con una alegría profesional, que era "casi seguro" que podría jugar el lunes. Rodrigo intentó incorporarse, pero el médico le frenó.

—Podrá jugar, sí —dijo el doctor—, aunque no esté en su mejor momento ni pueda dar todo lo que desearía. Pero participará, y eso es lo que el público exige. La prensa ya lo sabe; el clamor popular me ha obligado a ceder, aunque usted debería estar en reposo semanas. Pero me han dicho que los futbolistas son como soldados, y que el sentido del deber a veces cura más que un tratamiento. Así que le daré el alta para el partido.

—Sin embargo —añadió el médico casi con tristeza—, todas las buenas noticias tienen su contrapartida.

Para demostrarlo, soltó la bomba sin anestesia: lo mejor sería que Rodrigo renunciase para siempre al fútbol... si es que quería conservar la vida. Su tensión sanguínea, por las nubes en los momentos de esfuerzo, complicada por un "corazón de atleta" hipertrofiado, podía ser causa de una muerte repentina si pretendía jugar la próxima temporada. Si buscaba un trabajo sencillo, relajante y alejado del ruido de los estadios, cabía presumir que viviría largos años. El especialista saludó con una inclinación de cabeza y se marchó. Rodrigo tuvo la impresión de que un gigante había bajado de las nubes con una maza de hierro y le había aplastado el cráneo de un solo golpe.

Las horas que siguieron fueron las más terribles de su vida, peores incluso que los años de oscuridad en el orfanato o el tiempo que pasó vagando por campos de regional. Las vivió pensando en la muerte, sin querer moverse, ni hablar, ni comer. Sin embargo, en su interior, luchaba frenéticamente contra la revelación del médico. Una parte de él sabía que aquel viejo tenía razón; desde hacía años sospechaba que algo no funcionaba bien en su interior. Demasiada presión en las tuberías... el motor estaba a punto de reventar. Estaba acabado, liquidado. Pero no podía... no podía creerlo.




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