Fichaje de Invierno

Capítulo 17

—¿Marcharte a dónde? —preguntó Rodrigo, sintiendo que el mundo se le escapaba entre los dedos.

—A cualquier sitio —sollozó ella—. Lejos de este barrio, lejos de los estadios y de las broncas del Abuelo. Quiero una vida de verdad, Rodrigo. Quiero seguridad. Tengo miedo de levantarme un día y no tener nada.

Rodrigo la miró, y por primera vez comprendió que el éxito en el fútbol era, para ella, simplemente una herramienta. Si él dejaba de ser el "Mago", si su corazón de atleta se detenía o si el Rayo volvía a ser un equipo del montón, Violeta no se quedaría a ver el declive. Ella necesitaba el brillo del oro para no marchitarse, y en ese momento, con el vestido negro arrugado y el ánimo por los suelos, parecía que el brillo se estaba apagando.

—Escúchame —dijo él, ignorando el dolor punzante en su vientre mientras se inclinaba hacia ella—. El lunes jugamos contra el Madrid. Es un solo partido. Si ganamos, seremos campeones. Habrá primas, contratos, publicidad... Tendré dinero suficiente para sacarte de aquí.

Violeta levantó la vista, con los ojos empañados.

—¿Y si perdéis? ¿Y si tú no puedes terminar el partido? Gus dice que estás acabado, que después de esto nadie te volverá a contratar. Dice que...

Se interrumpió, pero Rodrigo ya sabía por dónde iba. Gus siempre estaba ahí, como una sombra que proyectaba dudas sobre su futuro, ofreciendo una salida fácil pero sucia. El silencio en la habitación de la clínica se volvió denso, solo interrumpido por el llanto lejano de un recién nacido en el piso de abajo. Rodrigo sabía que cuando saltara al césped de Vallecas, no solo se jugaría la Liga; se jugaría la posibilidad de retener a la mujer que tenía delante.

—Gus no sabe nada —replicó Rodrigo con una dureza que no sentía—. Yo decido cuándo estoy acabado. Puedo recoger suficiente dinero la próxima temporada.

—¿Qué harías con él? —preguntó Violeta, y su voz, aunque suave, cortó el aire como un bisturí.

Rodrigo se removió en la cama, sintiendo que el sudor frío volvía a empaparle la nuca. El número bailaba en su cabeza: veinticinco millones. Para él, que había crecido contando céntimos para un trozo de pan, era una fortuna inimaginable; para ella, parecía apenas una base sobre la que empezar a negociar.

—Podríamos montar algo —dijo él, tratando de sonar convincente—. Un restaurante cerca del estadio, o una taberna de lujo en el centro. "El Rincón del Mago". La gente vendría solo por verme. Invertiríamos ese dinero y lo doblaríamos en un par de años.

Violeta no saltó de alegría. Se quedó mirándole con una mezcla de lástima y pragmatismo que le dolió más que el pinchazo en el vientre.

—Veinticinco millones se van rápido, Rodrigo. Un mal negocio, una mala racha... y volveríamos a estar donde empezamos. Además —añadió bajando la voz—, tú no eres un hombre de negocios. Eres un hombre de acción. Te marchitarías detrás de un mostrador.

Se acercó a la cama y le puso una mano en la mejilla. Sus dedos estaban fríos.

—Gus dice que hay maneras de conseguir mucho más que eso. Mucho más. Dice que un hombre con tu fama, si sabe jugar bien sus cartas el lunes... podría retirarse con la vida resuelta de verdad. Sin riesgos. Sin tener que esperar a que el negocio dé beneficios.

Rodrigo cerró los ojos. La oferta de Gus flotaba en la habitación como un humo tóxico. El partido de desempate contra el Real Madrid no era solo una final; era el mercado donde Gus quería comprar su integridad. Si el Rayo "perdía" de la forma adecuada, el dinero que Violeta necesitaba para no tener miedo aparecería por arte de magia.

—Lo que Gus propone es tirar el partido, Violeta —susurró Rodrigo—. Es traicionar al Abuelo. Es traicionar a todo el barrio que me ha hecho su héroe.

—El barrio no te pagará las facturas cuando no puedas correr —replicó ella con una dureza repentina—. El Abuelo te olvidará en cuanto fiche a otro delantero joven. Solo nos tenemos a nosotros, Rodrigo. ¿No vale nuestro futuro más que un trofeo de metal? Banner puede ayudarte. Te daría cincuenta de los grandes.

—¿Banner? —repitió Rodrigo, y el nombre del Juez le supo a ceniza en la boca.

Aquel hombre, que siempre se sentaba en el palco con su aire de santidad y sus discursos sobre la pureza del deporte, estaba moviendo los hilos desde la sombra. Rodrigo sintió un escalofrío. Si el Juez Banner estaba detrás de esto, la trampa era mucho más profunda de lo que Gus podría haber cavado jamás.

—Él quiere ayudarte, Rodrigo —insistió Violeta, acercándose a la cama. El brillo de sus ojos era ahora una mezcla de miedo y cálculo—. Sabe lo de tu salud. Me dijo que sería una tragedia que te pasara algo en el campo, una mancha para el equipo y un horror para la ciudad. Pero también sabe que no tienes dónde caerte muerto si dejas el fútbol mañana.

Rodrigo la miró, tratando de reconocer en aquel rostro descuidado a la mujer que le había fascinado en la fiesta.

—¿Y qué espera a cambio de esos cincuenta de los grandes? ¿Qué quiere el Juez que haga yo mañana contra el Real Madrid?

Violeta bajó la voz hasta convertirla en un susurro que apenas superaba el ruido de la lluvia contra el cristal.

—Solo quiere que el partido sea... tranquilo. Dice que si el Rayo no gana, él puede asegurar tu futuro. Te daría ese puesto ejecutivo en una de sus empresas constructoras. No tendrías que volver a pisar un campo de tierra ni a oler el sudor de un vestuario. Tendrías el despacho, el coche, y me tendrías a mí.

Rodrigo se quedó mirando el techo blanco de la clínica. El Juez Banner quería que su estrella, el "Mago", fallara. Quería ahorrarse las primas del campeonato, cobrar los seguros y, probablemente, haber apostado una fortuna en contra de su propio equipo de la mano de Gus. A cambio, le ofrecía una jubilación de oro y la mano de la mujer que amaba.

—Cincuenta millones —masculló Rodrigo—. Por dejar que el barrio se quede sin su Liga. Por traicionar al Abuelo...




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