La mañana del lunes, Vallecas era una olla a presión a punto de estallar. Antes incluso del pitido inicial, las peleas a puñetazos menudeaban en las gradas del estadio. Volaron por los aires gorras, botellas de agua, manzanas a medio comer y restos de bocadillos envueltos en papel de aluminio. Un aficionado en la zona de preferencia recibió el impacto de un objeto que le abrió una brecha en la frente; la sangre corría por su cara mientras los servicios de emergencia trataban de alcanzarle. Dos agentes de la Policía Nacional subieron corriendo por los vomitorios y detuvieron a un tipo de aspecto inofensivo que llevaba los bolsillos de la chaqueta sospechosamente pesados, llenos de piedras recogidas de un descampado cercano. El hombre gritaba que eran para su jardín, pero lo sacaron a rastras del estadio entre los abucheos de la grada.
El sol estaba casi siempre oculto por nubes plomizas y el viento que bajaba de la sierra era gélido. Era un día ideal para el rugby o para quedarse en casa, pero las gradas estaban engalanadas con banderas franjirrojas y gallardetes que ondeaban furiosamente. La multitud estaba ya ronca de tanto gritar. Por la megafonía se pedía calma, pero era inútil: el Juez Banner había vendido cientos de entradas de más y los pasillos estaban colapsados. La gente se abalanzaba sobre cualquier asiento que quedara libre un segundo.
Los nervios de la hinchada del Rayo estaban destrozados tras una temporada de infarto. En los sectores más calientes, algunos hombres de semblante hosco maldecían a gritos a Rodrigo. Le llamaban "estafador", "mercenario" y "cerdo" por haberse dejado arruinar el físico con aquel atracón en la fiesta de Violeta justo antes del momento clave. Pero el "Mago" aún tenía sus defensores.
—¡Un hombre de su tamaño necesita quemar gasolina! —gritaba un ultra—. ¡Ha sido mala suerte, una intoxicación y ya está!
—¿Y por qué no ha enfermado nadie más del equipo? —replicaban los acusadores—. ¡Nos ha vendido!
La discusión terminó con un golpe seco en la oreja de uno de los críticos. El agresor fue sacado de las gradas por la seguridad, pero la tensión no disminuía. A pesar de los insultos y las dudas, cuando llegaba el momento de rascarse el bolsillo, los vallecanos presentaban un frente sólido, veían a Rodrigo bajar del autobús y, aunque sacudían la cabeza con pesimismo, apostaban hasta su último euro por la victoria de la franja. Las apuestas volaban en los alrededores del estadio: el barrio entero se estaba jugando el pan del mes a una sola carta.
Otto Zipp estaba por encima de todo aquel nerviosismo. Permanecía sentado como una pequeña montaña de grasa detrás de la barandilla de la zona de palcos, leyendo con parsimonia la sección de deportes de su periódico. No miraba a nadie, y si algún vecino de asiento intentaba sacarle conversación, Otto le cortaba con un gesto brusco. De pronto, sin previo aviso, soltaba el diario, se llevaba las manos a la boca y gritaba con una voz estridente que cortaba el aire: «¡Arrojadlo a los cuervos!». Acto seguido, volvía a sumergirse en sus estadísticas.
Cuando los jugadores empezaron a entrar en el vestuario de Vallecas, se quedaron de piedra al ver allí a Rodrigo. Ya vestía la equipación oficial y estaba pasándole un trapo a sus botas personalizadas, sacándoles un brillo casi irreal. Los muchachos le soltaron un «hola» seco y poco más. Flores se quedó mirando sus propias zapatillas, evitando el contacto visual. Se respiraba una incomodidad espesa; algunos parecían molestos de que estuviera allí después de haberles dejado tirados por un atracón.
Rodrigo pensó que no estarían tan alegres si supiesen lo débil que se sentía en realidad y el pavor que le producía aquel encuentro. El Juez debía de estar más loco que una cabra al prometerle treinta y cinco millones para que no marcase, cuando él no se sentía capaz ni de dar una zancada sin que el mundo le diera vueltas. Esperaba que el Abuelo se diese cuenta de lo nervioso que estaba y le mantuviese en el banquillo todo el partido. Sería un buen chiste para el Juez... y le estaría bien empleado al muy bastardo por intentar comprar el destino. Pero cuando entró el Abuelo, ni siquiera le miró. Se metió directamente en su pequeño despacho y cerró la puerta de golpe.
El Abuelo había dado órdenes estrictas de que nadie entrase al vestuario, pero Max, el periodista, consiguió infiltrarse. Deshaciéndose en sonrisas cínicas, se acercó a Rodrigo para preguntarle qué había pasado realmente en la fiesta de Violeta, pero Red le vio a tiempo y le echó a cajas destempladas. Max ya lo había intentado la semana pasada en el hospital, pero la enfermera jefe le pilló subiendo las escaleras de incendios y le puso de patitas en la calle. Antes de salir escoltado, le envió una nota a Rodrigo: "La gente te acusa de cobarde y vendido. ¿Qué tienes que decir a eso?". Rodrigo le contestó con una sola palabra que no puede reproducirse en letra de imprenta. Max envió una segunda: "Eso tú. M.M.". Rodrigo la rompió y le dijo al utillero que no aceptase más porquerías de aquel hombre.
De pronto, el Abuelo asomó la cabeza por la puerta de su despacho y llamó a Rodrigo. Los jugadores se miraron entre ellos, inquietos. Rodrigo se levantó y entró en la oficina.
El Abuelo guardó silencio durante un rato insoportablemente largo. Iba sin afeitar, y la barba gris le hacía parecer un anciano de ochenta años que acababa de perderlo todo. Su cuerpo parecía haberse encogido bajo el chándal del equipo y tenía el ojo izquierdo algo nublado por el cansancio acumulado. Se echó hacia atrás en su viejo sillón, observando con ojos lacrimosos la fotografía de su mujer que tenía sobre la mesa. Rodrigo se miró las uñas, incapaz de sostenerle la mirada.
—La culpa es mía, Rodrigo —suspiró al fin el Abuelo.
Rodrigo se puso tenso.
—¿La culpa de qué?
—Del lío en que estamos metidos. No puedo olvidar que en invierno te tuve tres semanas en el banquillo por mis dudas. Si no hubiese hecho aquella tontería, habríamos ganado la Liga hace un mes con diez puntos de ventaja.