Fingiendo Contigo

Capítulo 1

Diez años no son suficientes

Había ensayado ese momento de más maneras de las que estoy dispuesta a admitir.

En el avión lo ensayé con la maleta a punto de no cerrar, calculando cuántos kilos de más había facturado en libros de repostería que probablemente no iba a necesitar. En la fila de migración lo ensayé otra vez, esta vez con una versión más fría de mi propia voz, la que uso con los proveedores que me entregan tarde el material. Incluso en el taxi, mirando pasar las calles que reconocía a medias —una farmacia nueva donde antes había una ferretería, un semáforo que juraría no existía—, seguí puliendo la frase exacta que diría cuando por fin llegara. Algo digno. Algo que sonara a "he vuelto porque quiero, no porque tenga que hacerlo".

Y ahora, parada frente a la puerta de vidrio de Dolce Kroll —el mismo letrero pintado a mano, las mismas letras doradas un poco descascaradas por el sol, la misma campanita atada con un listón que mi mamá insiste en cambiar cada Navidad—, todos mis ensayos se me fueron por el drenaje al mismo tiempo.

Porque nada de lo que había practicado incluía que la primera persona en verme fuera él.

Sebastian Kroll estaba de espaldas, con la manga de la camisa arremangada hasta el codo, discutiendo algo con uno de los proveedores frente al mostrador de las vitrinas. Tenía una tablilla en la mano y el ceño fruncido de alguien que llevaba toda la mañana lidiando con números que no cuadraban. Diez años y el tipo seguía teniendo esa forma de pararse como si el piso le perteneciera, los hombros más anchos de lo que yo recordaba, el pelo un poco más corto, más serio. Me quedé un segundo de más mirándolo por la ventana —solo un segundo, me dije, el tiempo suficiente para procesar que efectivamente era él y no un espejismo cruel del jet lag— y ese segundo bastó para que él, como si sintiera el peso de mi mirada clavada en la nuca, girara la cabeza.

Se hizo un silencio que no cabía en la campanita de la puerta.

Por un instante ninguno de los dos se movió. Yo, con la maleta todavía en la mano y el aire acondicionado del local golpeándome la cara sudada por el calor de afuera. Él, con la tablilla a medio camino entre el pecho y la mesa, como si su cuerpo no supiera todavía si esa información —yo, en carne y hueso, parada en la puerta— merecía una reacción de sorpresa o de otra cosa que prefería no nombrar.

—Vaya —soltó por fin, con esa voz que recordaba más grave de lo que mi memoria me había hecho creer, como si diez años también le hubieran pasado factura a las cuerdas vocales—. Pensé que tendríamos más aviso antes del apocalipsis.

—Yo también pensé que ibas a seguir viviendo en otra ciudad, lejos de mí, como Dios manda. Supongo que los dos nos equivocamos —contesté, cruzando los brazos.

Sonrió, aunque no era exactamente una sonrisa amable. Era la sonrisa de alguien que llevaba practicando indiferencia el mismo tiempo que yo, y que no estaba muy seguro de que le estuviera funcionando en ese momento.

—Tu mamá no te dijo que volví hace un año.

—Mi mamá no me dice muchas cosas. Es una técnica de supervivencia familiar, deberías probarla alguna vez con la tuya —repliqué.

El proveedor con el que hablaba —un hombre mayor con una caja de cajas de cartón bajo el brazo— nos miró con la expresión de quien acaba de entrar a la mitad de una película y no tiene ni idea de si está viendo un drama o una comedia. Sebastian carraspeó, firmó algo en la tablilla y se la devolvió sin dejar de mirarme, como si temiera que, al apartar los ojos, yo fuera a desaparecer otra vez sin avisar. Cosa que, para ser justos, era exactamente lo que había hecho la última vez, hacía diez años, con una carta que nunca terminé de escribir y una maleta que hice en menos de una hora.

—¿A qué viniste? —preguntó, cuando el proveedor por fin se despidió murmurando algo sobre volver el jueves con el pedido completo.

—A ayudar con el menú de mi mamá. Unas semanas, tal vez. Igual que tú, supongo, si sigues aquí de gerente general disfrazado de barista.

—Director de operaciones —corrigió, con la paciencia de alguien que ya había tenido esa conversación antes con otras personas y no esperaba que fuera distinta conmigo.

—Qué generoso título para alguien que huele a azúcar quemada.

Bajó la vista a su propia camisa, como si de verdad se estuviera oliendo, y por una fracción de segundo —tan breve que después me convencería de haberlo imaginado— algo parecido a una risa real le cruzó la cara. Sentí que algo se me apretaba en el pecho, un tirón físico y estúpido que no tenía ningún derecho a estar ahí después de diez años.

—Sigues siendo insoportable —murmuró.

—Y tú sigues sin saber perder una discusión con clase. Algunas cosas no cambian, por lo visto.

El local olía exactamente como lo recordaba: mantequilla derritiéndose, canela, el café recién molido de la máquina vieja que mi papá se niega a cambiar por principio, dice él, aunque todos sabemos que en realidad es porque esa máquina fue de su propio padre, mi abuelo, y desprenderse de ella significaría algo que Adrian no está listo para enfrentar. En las paredes seguían las mismas fotos en blanco y negro del local original, más pequeño, de hace veinticinco años, cuando mi papá y Henrik —el padre de Sebastian— abrieron Dolce Kroll con un préstamo, dos hornos usados y la certeza absoluta de que juntos podían hacer algo mejor de lo que cualquiera de los dos lograría solo.

Detrás del mostrador, una empleada joven —que no reconocí, otra prueba más de cuánto tiempo había pasado, de cuántas caras nuevas se habían acomodado en los espacios que yo conocía de memoria— nos miraba con una curiosidad que no se molestaba en disimular, la mano quieta sobre una bandeja de conchas recién horneadas.

—Lucas, ella es Camille —dijo Sebastian, señalando hacia la cocina, donde un hombre con delantal manchado de chocolate asomó la cabeza al escuchar su nombre—. La hija de Adrian.




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