Fingiendo Contigo

Capítulo 2

Ocho recetas y ningún territorio neutral

Volví al día siguiente a las nueve de la mañana, como habíamos quedado, con una libreta llena de ideas para el menú y la firme intención de mantener la conversación estrictamente profesional. Duró exactamente doce minutos.

—Esto no va a funcionar —dijo Sebastian, mirando por encima de mi hombro la lista que acababa de escribir en el pizarrón de la cocina—. Un tres leches de matcha. En serio.

—Es una propuesta moderna.

—Es un crimen contra la repostería mexicana.

—Tú ni siquiera sabes cocinar, Sebastian. Diriges hojas de cálculo.

—No necesito saber cocinar para saber que el matcha no tiene nada que hacer cerca de un tres leches.

Así fueron, más o menos, los primeros días: yo proponiendo, él cuestionando cada decisión con una autoridad que no le correspondía del todo, los dos terminando cada sesión de trabajo más cansados de discutir que de cocinar en realidad. Lo que nadie de los dos decía en voz alta era que discutir con él se sentía, contra toda lógica, casi cómodo, como volver a ponerse un abrigo viejo que todavía te queda aunque hayan pasado diez años.

Lucas se convirtió rápido en mi aliado silencioso en la cocina, alguien con quien reírme de las opiniones de Sebastian sin que él lo notara, aunque sospecho que siempre lo notaba y solo fingía no darse cuenta.

—Tu papá dice que la vieja máquina de café ya no sirve para nada —comentó Lucas una tarde, mientras yo batía una mezcla de flan que Sebastian ya había criticado dos veces—. Pero Sebastian no la deja tocar. Dice que fue de tu abuelo.

—Lo sé. Es sentimental con las cosas raras.

—¿Raras como qué?

—Como las máquinas de café viejas. Como las personas que se fueron hace diez años y volvieron sin avisar —dije, con más filo del que había planeado, y Lucas me miró con una ceja levantada, sin decir nada, aunque su silencio decía bastante.

Sebastian entró a la cocina justo a tiempo para escuchar el final de esa frase, y por un momento los tres nos quedamos en un silencio incómodo, hasta que él, sin decir nada, se acercó a probar la mezcla del flan directamente de la cuchara que yo tenía en la mano, un gesto tan natural y tan familiar que ninguno de los dos pareció notar lo extraño que hubiera sonado explicado en voz alta.

—Le falta vainilla —dijo, después de tragar.

—No le falta nada.

—Le falta vainilla, Camille. Confía en mí.

—¿Sabes qué? No. —Dejé la cuchara con más fuerza de la necesaria—. Llevas toda la semana corrigiendo cada cosa que hago, Sebastian. La receta, el precio, hasta cómo acomodo las charolas. No necesito que supervises cada movimiento que hago en esta cocina.

Se quedó callado un segundo, sorprendido por la reacción, y algo en su expresión se cerró un poco.

—No estaba tratando de supervisarte. Solo decía lo que pienso.

—Pues a veces sería bueno que no lo dijeras todo.

El silencio que siguió fue incómodo, distinto a los silencios cómodos que habíamos empezado a compartir. Lucas, desde la otra esquina de la cocina, encontró algo urgente que hacer con las charolas, sin mirarnos a ninguno de los dos.

—Tienes razón —dijo Sebastian finalmente, con una sinceridad que no esperaba—. Me cuesta no opinar. Ocho años dirigiendo un equipo te dejan esa costumbre, para bien y para mal.

Le agregué la vainilla de todas formas, un rato después, sin decir nada, y él tampoco dijo nada cuando la probó otra vez y asintió apenas, un armisticio silencioso entre los dos que no necesitó palabras para sellarse.

Los días se acomodaron en una rutina extraña que nadie había planeado: yo llegaba temprano, cocinaba, discutíamos, él se iba a revisar números y volvía a media tarde a "supervisar", aunque en realidad solo se quedaba parado cerca de la mesa de trabajo con los brazos cruzados, mirándome trabajar con una atención que yo fingía no notar. Algunas tardes, cuando el local ya había cerrado al público, nos quedábamos los dos limpiando la cocina en un silencio que ya no se sentía tenso, sino cómodo, cargado de todas las palabras que ninguno decía pero que de alguna forma seguían presentes en el aire entre nosotros.

—¿Extrañas la ciudad? —me preguntó una de esas tardes, sin levantar la vista de los trastes que estaba secando.

—A veces. Extraño mi cocina, sobre todo. Mis herramientas, mi rutina.

—¿Y a la gente?

Lo pensé un momento, sorprendida de que la pregunta me costara tanto responder.

—No tanto como pensé que lo haría. —Me giré para mirarlo, apoyada contra el mostrador—. ¿Y tú? ¿Extrañas tu vida de allá?

Algo le cruzó la cara, rápido, casi imperceptible, una sombra que desapareció antes de que yo pudiera nombrarla del todo.

—Hay partes que no extraño en absoluto —dijo, con una vaguedad deliberada que me hizo entender que no iba a decir nada más al respecto, al menos no todavía.

No insistí. Habíamos pasado diez años sin hablarnos; no me correspondía a mí exigir que abriera de golpe una puerta que llevaba una década cerrada, aunque una parte curiosa de mí, la misma parte terca que se negaba a admitir del todo lo que estaba pasando, se muriera de ganas de saber qué había detrás de esa sombra.

Una tarde, ya cerrando el local, Sebastian se quedó mirando la foto en blanco y negro del local original, la que colgaba cerca de la puerta.

—¿Sabes que casi la quitan una vez? —dijo, sin que yo hubiera preguntado nada—. Cuando remodelaron hace unos años. Mi papá se negó. Dijo que si quitaban esa foto era como si estuvieran borrando la parte de la historia donde todavía no sabían si esto iba a funcionar.

—Suena a algo que diría tu papá.

—Suena a algo que yo también pienso, aunque nunca se lo he dicho. —Me miró de reojo, con una expresión que no supe leer del todo—. A veces uno necesita recordar la parte incierta, la que no salió perfecta, para valorar lo que sí funcionó después.

No supe si estaba hablando del negocio o de algo completamente distinto, y no le pregunté.




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