Fingiendo Contigo

Capítulo 3

La cena en la que todo se cayó

—Ahí está mi cocinera favorita —exclamó mi papá, Adrian, levantándose de la cabecera con los brazos abiertos apenas crucé la puerta ese domingo, oliendo a la misma colonia de siempre, la que hubiera podido reconocer con los ojos cerrados en cualquier aeropuerto del mundo.

La casa olía a caldo de pollo y a las velas de vainilla que mi mamá enciende cuando está nerviosa. Lo noté de inmediato: la mesa puesta con la vajilla buena, la que solo sale en Navidad, en cumpleaños redondos, o cuando hay que dar una mala noticia disfrazada de celebración familiar. Mi mamá, Helena, tiene esa manía —la reconocí de inmediato, con una mezcla de ternura y alarma— de compensar las conversaciones difíciles con exceso de comida, como si un plato lleno pudiera absorber parte del golpe.

—Chef, papá. Chef.

—Para mí siempre vas a ser la niña que quemó el horno tratando de hacer un flan para el cumpleaños de tu abuela.

—Eso fue una vez.

—Fueron tres veces, y las tres el mismo mes —remató, guiñándome un ojo, antes de bajar la voz, ya solo para mí, mientras me acompañaba a la mesa—. Te ves bien, hija. Se te nota que la semana te sentó bien.

—Fue una buena semana —admití, sin saber todavía cuánto iba a cambiar esa afirmación en las próximas horas.

Ingrid, la mamá de Sebastian, salió de la cocina con una fuente humeante entre las manos y me abrazó como si siguiera teniendo quince años, con esa mezcla de cariño y autoridad que solo las madres ajenas saben ejercer sin pedir permiso, apretándome contra su hombro un segundo más de lo estrictamente necesario.

—Estás más flaca. ¿Comes allá o solo trabajas todo el día como una loca?

—Como, Ingrid, lo prometo.

—Sebastian tampoco come bien, ese hombre vive de café y de terquedad.

Busqué a Sebastian con la mirada, medio esperando encontrarlo tan tranquilo como había estado esa semana en la cocina, y lo encontré, en cambio, sentado frente a mí en la mesa, con la espalda demasiado recta, jugando con el borde de la servilleta como si fuera lo más interesante del mundo. Su papá, Henrik, estaba a su lado, con esa quietud particular de los hombres que llevan una preocupación grande y han decidido cargarla en silencio hasta que ya no se pueda más. Por la forma en que los dos padres se miraban entre ellos antes de sentarse —una mirada rápida, cómplice, cargada de un acuerdo tácito sobre quién hablaría primero— supe, con la certeza fría de quien ha crecido leyendo el lenguaje corporal de esa mesa específica, que la mala noticia venía en camino, envuelta en pan de ajo y sopa de fideo.

Comimos en un silencio raro al principio, hasta que mi papá dejó los cubiertos sobre el plato con un gesto demasiado deliberado para ser casual, el tipo de gesto que anuncia que la parte fácil de la noche se había terminado.

—Tenemos que hablarles de algo —anunció, mirándome primero a mí y después a Sebastian—. Del negocio.

—Damien —soltó Sebastian, sin levantar la vista del plato.

—Damien —confirmó Henrik, con un suspiro que le salió del pecho.

—¿Quién es Damien?

—El inversionista que entró hace tres años, cuando abrimos la segunda cocina —explicó Ingrid, con las manos entrelazadas sobre la mesa—. Puso el capital para la expansión. La segunda sede, la que estamos por inaugurar en unos meses.

—Y hace dos semanas nos llamó para decirnos que está reconsiderando —añadió mi papá.

—¿Reconsiderando qué, exactamente?

—Todo —contestó Sebastian, y por primera vez esa noche levantó la vista para mirarme directamente—. Retirar el capital. Cancelar la expansión. Dejarnos con las deudas de la construcción de la segunda sede y sin el dinero para terminarla.

—¿Por qué? Ustedes han pagado todo a tiempo, el negocio va bien...

—Los números están bien —confirmó Henrik—. El problema no son los números, Camille. Nunca fueron los números.

—Entonces ¿cuál es el problema?

Fue Ingrid quien finalmente habló, eligiendo cada palabra con un cuidado que dejaba ver cuánto le costaba explicarlo.

—Hace veinte años, Damien tenía una constructora con su hermano. Cuando el matrimonio de su hermano se desmoronó, la pelea se metió en la empresa, y en menos de dos años perdieron todo lo que habían construido en quince. Desde entonces, cada vez que invierte en un negocio familiar, exige ver "estabilidad verificable" en la generación que va a heredar. No es un capricho, Camille. Para él es la diferencia entre invertir con seguridad o repetir la peor experiencia de su vida.

—¿Y qué tiene que ver eso con nosotros? Yo ni siquiera vivo aquí.

—Damien nos vio pelear —dijo mi papá—. En la reunión de hace dos semanas. Salió el tema de que ustedes dos no se hablan desde hace diez años, y para alguien que vio un negocio familiar destruirse por división entre hermanos, eso encendió todas las alarmas. Dijo que antes de firmar la renovación quiere ver, con sus propios ojos, "unidad real" en la próxima generación.

—¿Y por qué no buscan otro inversionista? —pregunté, buscando cualquier salida que no implicara lo que ya empezaba a sospechar que venía—. ¿Por qué tiene que ser específicamente con él?

—Porque nadie más va a entrar a financiar una segunda sede a medio construir con esta rapidez, hija. Ya lo intentamos.

—¿Y si hablo yo directamente con Damien? Le explico la situación, le digo que aunque Sebastian y yo no seamos cercanos, el negocio está en buenas manos...

—Ya lo intentamos también —dijo Henrik, con una paciencia cansada—. No quiere garantías verbales. Quiere verlo.

—¿Y si vendo mi parte? —insistí, aunque sabía, incluso mientras lo decía, que la pregunta no tenía mucho sentido—. Así ya no importaría si Sebastian y yo...

—Camille, tú no tienes ninguna parte que vender —interrumpió mi papá, con suavidad—. La única forma de que esto funcione es la que te estamos proponiendo.

—¿Unidad real? ¿Qué significa eso exactamente?




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