Fingiendo Contigo

Capítulo 4

Las reglas

Cuando por fin me despedí esa noche, ya en la puerta de la casa de mis papás, mi mamá me abrazó con una fuerza distinta a la de siempre, como si supiera exactamente el peso de lo que acababa de aceptar.

—Vas a estar bien —murmuró, aunque sonó más a una plegaria que a una certeza—. Los dos van a estar bien.

No supe si se refería al negocio o a algo más, y no le pregunté, porque en el fondo tenía miedo de cuál sería la respuesta. Caminé de vuelta hacia el centro, donde había quedado de encontrarme con Sebastian para hablar de los detalles antes de que amaneciera, y durante todo el trayecto no pude dejar de pensar en la expresión que había tenido su cara cuando dijo "un año".

Lo encontré sentado en las escaleras de la entrada del local, todavía con la ropa de la cena, mirando hacia la calle vacía con la misma expresión perdida que yo debía tener en ese momento.

—No podía dormir —dijo, cuando me vio acercarme, sin que yo hubiera preguntado nada.

—Yo tampoco.

Me senté a su lado, dejando un espacio prudente entre los dos, aunque el silencio que compartimos ahí, bajo la luz amarillenta del único poste que todavía funcionaba, se sintió más íntimo que cualquier conversación que hubiéramos tenido en toda la semana.

—Gracias —dijo, simplemente, después de un rato—. Por decir que sí. Sé que no era tu obligación.

—Tampoco era la tuya.

—Lo sé. Pero de todas formas, gracias.

No dormí casi nada esa noche.

Me quedé despierta en mi cama de adolescente, mirando el mismo techo con manchas de humedad que mi papá llevaba prometiendo arreglar desde antes de que yo me fuera, repasando la cena una y otra vez como si al hacerlo pudiera encontrarle un ángulo distinto, una salida que no había visto la primera vez. No la encontré. Cada vez que le daba vueltas llegaba al mismo lugar: mis papás necesitaban esto, y yo, por más ridículo que sonara, había dicho que sí.

A las once, todavía sin poder dormir, agarré el teléfono y marqué el único número que sabía que iba a contestar sin importar la hora.

Sophie contestó al segundo timbrazo, lo cual, tratándose de ella, ya era sospechoso.

—Son las once de la noche —dijo en vez de saludo—. O estás borracha, o el mundo se está acabando. Dime cuál de las dos.

—Ninguna. La tercera opción, que es peor.

—No hay una tercera opción peor que esas dos.

—Voy a fingir que soy la novia de Sebastian Kroll durante un año.

Hubo un silencio tan largo del otro lado de la línea que por un momento pensé que se había cortado la llamada. Se lo repetí todo, con calma, desde la cena hasta la palabra "pareja" saliendo de la boca de Sebastian, y cuando terminé, Sophie soltó un silbido bajo, del tipo que reserva para cuando algo es tan absurdo que ni siquiera amerita un comentario sarcástico de inmediato.

—Okay. Primero: ¿estás bien?

—No.

—Segundo: ¿por qué aceptaste?

Le expliqué lo de la deuda, lo de Damien, la cara de mi papá cuando dijo que podían perderlo todo, y ella escuchó sin interrumpir, algo raro en ella.

—Está bien, eso lo entiendo. Pero un año, Camille. Un año entero fingiendo con el tipo que te dejó plantada hace diez años.

—Lo sé.

—Bueno, si necesitas ayuda redactando la letra pequeña de tu falso noviazgo, ya sabes dónde encontrarme. Y Camille...

—¿Qué?

—Ten cuidado. Con la parte de ti que se puso nerviosa contándome esto. Esa parte no sonaba solo a "esto es un problema logístico".

Colgué antes de que pudiera preguntarme a qué se refería exactamente, aunque en el fondo sabía perfectamente de qué estaba hablando.

Al día siguiente llegué al local a las diez de la mañana, antes de que abriera al público. Sebastian ya estaba ahí, sentado en una de las mesas del fondo con dos cafés servidos —uno con la cantidad exacta de leche que a mí me gustaba, lo cual me sorprendió de una forma que no quise analizar demasiado— y un cuaderno abierto frente a él.

—¿Hiciste una agenda? —pregunté, sentándome frente a él.

—Alguien tiene que ser organizado en esta relación falsa. —Deslizó el cuaderno hacia mí—. Escribí algunas reglas anoche. Puedes agregar las tuyas.

Leí la primera línea, escrita con su letra angulosa que reconocía perfectamente aunque no la veía desde hacía diez años: Regla 1: nada de contacto físico innecesario cuando no haya gente mirando.

—Qué considerado —dije—. ¿Y cuando sí haya gente mirando?

—Lo mínimo necesario para ser creíbles. Nada de show.

—De acuerdo. Regla 2: nadie más que Sophie sabe que esto es falso.

—Ese ya lo tenía pensado. —Escribió algo debajo—. ¿Lucas?

—Lucas no.

—Va a ser raro que le mienta a diario a alguien que ve todos los días.

—Es tu problema, no el mío —contesté, y me arrepentí un poco del tono apenas lo dije, porque técnicamente sí iba a verlo todos los días.

—Regla 3 —continuó, después de un momento—: si alguno de los dos empieza a sentir que esto se está volviendo... raro, se lo dice al otro de inmediato. Sin drama, sin evasivas. Directo.

—¿Raro cómo?

—Raro como en que se te olvide que esto es un trato y empieces a actuar como si fuera real cuando no hay nadie mirando.

Lo miré fijamente, tratando de descifrar si esa regla era una advertencia genuina o si Sebastian estaba, a su manera torpe, admitiendo algo que ninguno de los dos quería poner en palabras todavía. Estábamos lo bastante cerca en esa mesa pequeña como para que pudiera notar el olor a su jabón mezclado con el café recién hecho, y por un instante absurdo me pregunté qué se sentiría acortar los pocos centímetros que nos separaban, antes de espantar el pensamiento con la misma urgencia con la que se aparta la mano de una hornilla caliente.

—No te preocupes por mí en ese departamento —dije, con más seguridad de la que sentía—. Yo sé perfectamente dónde está la línea.

—Bien. Yo también.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.