Fingiendo Contigo

Capítulo 5

Lo que no digo

(Sebastian)

Hay cosas de mí que Camille todavía no sabe.

Volví a esta ciudad hace un año, y nadie en mi familia sabe exactamente por qué dejé el trabajo que tenía en la capital, el puesto que había construido con uñas y dientes durante ocho años. Les dije que quería ayudar con la expansión del negocio, que era momento de volver a mis raíces. Todo eso es verdad, en parte.

La primera semana de vuelta, antes de acomodarme del todo en la rutina del negocio, caminé hasta la plaza donde Camille y yo solíamos sentarnos de adolescentes, y me quedé ahí sentado una hora entera, sin saber muy bien qué esperaba. No pasó nada, por supuesto. Volví al negocio, me até el delantal, y empecé a construir la versión de mí mismo que todos esperaban ver.

Cuando mis papás me contaron lo de Damien, supe, antes de que nadie lo dijera en voz alta, que iban a mencionar a Camille. Porque siempre ha sido así en esta familia: cuando algo se rompe, la solución siempre pasa por juntarnos a los dos.

Esa noche, después de la reunión, mi papá se quedó conmigo en la cocina del local mucho después de que mi mamá se fuera a dormir, los dos fingiendo revisar inventario sin revisar nada en realidad.

—¿Te acuerdas de cuando ella y tú se sentaban ahí, en esa misma mesa, a hacer la tarea? —preguntó, señalando la mesa del fondo sin levantar la vista de una caja de servilletas que llevaba diez minutos contando dos veces—. Tu mamá siempre decía que ustedes dos iban a terminar juntos.

—Eso fue hace mucho tiempo, papá.

—Lo sé. —Cerró la caja, por fin, y me miró directamente por primera vez esa noche—. Solo digo que a veces las cosas que uno cree enterradas no están tan enterradas como uno piensa.

No supe qué contestarle, y él tampoco insistió, dejando la frase ahí, flotando entre los dos, de la misma forma en que dejaba flotar la mayoría de las cosas importantes que nunca decíamos del todo en esta familia.

No dormí esa noche. Me levanté antes del amanecer y bajé al local solo, mucho antes de que llegara nadie, y me puse a hornear sin necesidad real de hacerlo, solo para tener las manos ocupadas en algo. Es algo que aprendí de mi mamá, sin querer: llenarse las manos de harina para no tener que sentarse a pensar en lo que de verdad duele.

Lucas me encontró ahí, cerca de las seis, con la cara de alguien que no esperaba compañía tan temprano.

—¿Otra vez la máquina vieja? —preguntó, señalando la tanda de pan que ya llevaba horneando, muy por encima de lo que el local necesitaba para el día.

—No podía dormir.

—Eso ya lo veo. —Se sirvió un café, sentándose en el banco alto junto a la puerta de la cocina, sin más preguntas, aunque su silencio decía que sabía perfectamente que algo más grande me tenía despierto—. ¿Es por la reunión de anoche?

No contesté de inmediato, y él, con la sabiduría particular de quien lleva años trabajando codo a codo conmigo, no insistió. Simplemente terminó su café y se puso a ayudarme a acomodar las charolas, dejando que el silencio hiciera el trabajo que ninguno de los dos quería hacer con palabras. Después de un rato, mientras acomodábamos la última tanda en el mostrador, se detuvo un momento, mirándome de reojo.

—Sea lo que sea que te tenga así —dijo, sin mirarme directamente—, espero que valga la pena. Porque llevas un año entero cargando algo, Sebastian, y ya va siendo hora de que decidas si lo vas a seguir cargando solo para siempre.

No supe qué contestarle, y él tampoco esperó respuesta, volviendo a su trabajo como si no hubiera dicho nada, dejándome ahí con las manos todavía cubiertas de harina y la certeza incómoda de que hasta la persona que menos preguntas hacía en mi vida ya sabía que algo grande se estaba cocinando debajo de toda mi calma cuidadosamente actuada.

Cuando Camille bajó esa mañana, todavía medio dormida, con el pelo revuelto y una de mis playeras puesta por error en vez de la suya, sentí que algo se me acomodaba en el pecho de una forma que no supe nombrar del todo. La vi servirse café sin preguntar, ya conociendo de memoria dónde guardábamos todo, moviéndose por la cocina con una naturalidad que apenas unas semanas atrás hubiera sido impensable entre nosotros.

—¿Por qué me miras así? —preguntó, sorprendiéndome con la guardia baja.

—Por nada —mentí, volviendo la vista a la masa que tenía entre las manos, aunque el corazón me latía con una fuerza que no tenía nada que ver con la masa ni con el horno ni con ninguna otra cosa que pudiera explicarle en voz alta sin admitir, de una vez por todas, todo lo que llevaba semanas sin decir.

Se fue a bañarse poco después, todavía sin sospechar nada, y yo me quedé ahí, con las manos llenas de harina otra vez, pensando en cuántas mentiras pequeñas como esa iba a tener que seguir contando antes de que alguna de las dos —la del trato con Damien, o la mucho más grande que llevaba diez años guardándome— terminara por costarme todo lo que estaba empezando, contra toda lógica, a construir con ella.

Ojalá encuentre las palabras antes de que sea demasiado tarde. Ojalá, cuando por fin las encuentre, todavía tenga algo que valga la pena salvar entre los dos.

Hay una versión de lo que pasó hace diez años que solo yo conozco completa. Camille cree que simplemente dejé de importarle. No es exactamente lo que pasó. Pero tampoco estoy listo para contarle la versión real, y no porque no confíe en ella, sino porque hay partes de esa historia que todavía no sé cómo explicar sin quedar como el cobarde que probablemente fui a los diecinueve años.

Recuerdo la última vez que la vi antes de irme, aunque ella no lo sepa: fue desde la ventanilla del autobús que me llevaba a la terminal, tres semanas después de la graduación. Ella caminaba por la calle principal con Sophie, riéndose de algo, sin saber que yo la estaba mirando por última vez en mucho tiempo. No toqué el vidrio. No grité su nombre. Me quedé ahí sentado, viéndola alejarse, con la misma cobardía exacta que me había impedido decirle la verdad tres semanas antes.




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