Una cama, dos personas y ningún plan
Todo cabía, según Sebastian. Todo, evidentemente, excepto el sentido común.
Me mudé un jueves, con dos maletas y una caja de mis cosas de cocina que me negué a dejar en casa de mis papás, aunque Sebastian insistió en que el departamento de arriba ya tenía "todo lo necesario".
El día antes de la mudanza, mi mamá me ayudó a empacar en un silencio raro, cargado de todas las cosas que ninguna de las dos decía en voz alta. Fue hasta que cerré la última caja que se atrevió a preguntar lo que llevaba días queriendo saber.
—¿Estás segura de que puedes con esto? —preguntó, doblando una de mis camisas con más cuidado del necesario—. Sé que aceptaste por nosotros, pero no quiero que sea a costa de que te lastimes otra vez con lo mismo de siempre.
—Voy a estar bien, mamá. Es un año, y después cada quien sigue con su vida.
—Eso mismo dijiste hace diez años, antes de irte.
No supe qué contestarle a eso, así que la abracé en cambio, más fuerte de lo habitual.
Lucas se apareció a media mañana con una camioneta prestada y sin que nadie se lo pidiera, cargando cajas escaleras arriba con un entusiasmo que superaba por mucho lo que la tarea merecía.
—No tenías que ayudar —le dije, viéndolo subir dos cajas a la vez, sudando bajo el sol de las diez de la mañana.
—Alguien tiene que asegurarse de que este par no se maten el primer día de convivencia —contestó, con un guiño—. Considérenme el árbitro no oficial de esta mudanza.
—No va a haber peleas.
—Eso dicen todos.
Cuando terminamos de subir la última caja, Lucas se despidió con la excusa de que el horno de la mañana siguiente no se iba a precalentar solo, dejándonos a Sebastian y a mí parados en medio del departamento, rodeados de cajas a medio abrir, mirando el espacio que íbamos a compartir durante los próximos meses con una mezcla de pánico y algo que no supe nombrar del todo.
—Todo lo necesario para alguien que vive de cereal y café —repliqué, cargando la caja escaleras arriba yo sola porque él estaba abajo lidiando con un problema de última hora en la cocina—. Yo necesito mis moldes.
El camino escaleras arriba, con la caja apretada contra el pecho, me dio tiempo de mirar de verdad el lugar por primera vez sin la distracción de Sebastian hablando de logística: la barandilla vieja de madera pintada de blanco, ya descascarada en varios puntos; el olor a pan que subía desde la cocina y se colaba por debajo de cada puerta del edificio entero; la ventana del descanso, a mitad de las escaleras, con vista directa a la plaza donde tantas tardes de mi adolescencia se habían quedado congeladas en el tiempo.
El departamento resultó ser exactamente lo que había imaginado, aunque una parte terca de mí había seguido esperando, contra toda lógica, que Sebastian hubiera exagerado el tamaño para prepararme. No lo había exagerado. Era un solo cuarto rectangular, con una cocineta pequeña en una esquina, un baño diminuto detrás de una puerta que no cerraba del todo bien, y, en el centro de todo, ocupando lo que probablemente era el sesenta por ciento del espacio útil, una cama.
Una cama.
—Okay —dije, dejando la caja en el suelo con más fuerza de la necesaria—. Vamos a hablar de esto.
Sebastian subió las escaleras justo a tiempo para escuchar el tono de mi voz.
—¿De qué?
—De la cama, Sebastian. De la única cama.
—Ya sabías que era una habitación.
—Sabía que era una habitación. No sabía que "habitación" significaba literalmente un solo espacio sin ni siquiera un sofá cómodo donde uno de los dos pueda dormir sin quedar lisiado.
—Hay un sillón —ofreció, señalando un mueble del tamaño exacto de una persona sentada, no acostada.
—Ese no es un sillón, es una silla con delirios de grandeza.
Se le escapó una risa corta, casi contra su voluntad.
—Podemos comprar un colchón inflable. Mañana mismo.
—¿Y dónde lo vamos a poner? No hay piso libre, Sebastian, la cama ocupa todo.
—Podríamos desinflarlo cada mañana.
—¿Todas las mañanas, durante un año?
—Es una solución temporal.
—Todo esto es "temporal", Sebastian. Ese es literalmente el punto del trato.
Se quedó callado un momento, como si esa frase le hubiera pesado más de lo que yo había planeado.
Caminó hasta la cama y la miró con la misma expresión de alguien que evalúa un problema de logística en el trabajo.
—Es grande —dijo por fin—. Cabemos los dos sin problema. Con una almohada de por medio, como frontera.
—¿Una almohada de por medio? ¿Eso es tu solución?
—¿Tienes una mejor?
No la tenía.
—Bien —cedí finalmente—. Pero establecemos límites claros. Tú duermes de tu lado, yo del mío, y la almohada de en medio es sagrada.
—Sagrada —confirmó, con una solemnidad fingida que casi me hizo reír otra vez.
Esa primera noche cenamos sentados en el suelo, con la única mesa del departamento todavía cubierta de cajas sin desempacar, compartiendo una caja de pizza que Sebastian insistió en pedir "para celebrar el desastre que estamos a punto de vivir juntos".
—Un brindis —propuso, levantando su vaso de agua de plástico con una solemnidad exagerada—. Por sobrevivir el primer día.
—Apenas es el primer día. Nos quedan como trescientos sesenta y cuatro más.
—Por eso hay que celebrar cada uno. Empezando por este.
Choqué mi vaso contra el suyo, sentados ahí en el suelo entre cajas, y por un momento, con la pizza a medio comer y la ciudad entera afuera sin saber todavía lo que estábamos a punto de fingir, sentí que tal vez sí podíamos sobrevivir esto, aunque no tuviera ni idea todavía de cuánto.
—¿Nerviosa? —preguntó, después de un rato de silencio cómodo.
—Aterrada. ¿Tú?
—Igual. Pero contigo aquí, un poco menos.
No supe qué contestar a eso, así que simplemente seguí comiendo, dejando que la confesión se quedara flotando entre los dos sin que ninguno intentara explicarla más.