Fingiendo Contigo

Capítulo 7

Lo que se aprende viviendo juntos

El martes de esa primera semana completa, la cafetera del departamento —vieja, heredada de quién sabe qué inquilino anterior— decidió morir a media mañana, justo cuando ninguno de los dos había tomado todavía su primera taza del día.

—No —dijo Sebastian, apretando el botón de encendido repetidamente, como si la insistencia física pudiera revivirla—. No, no, no. Hoy no.

—Está muerta, Sebastian.

—No está muerta. Está descansando.

—Le sale humo de la parte de atrás.

—Eso es normal.

Terminamos bajando al local a las seis y media de la mañana, todavía en pijama, a robarnos café de la máquina profesional, cruzando el pasillo entre el departamento y la cocina como dos ladrones torpes en su propia casa, riéndonos en susurros de lo ridículo de la situación.

—Esto es patético —dije, sirviéndome la segunda taza.

—Esto es supervivencia. Hay una diferencia.

Fue durante esa misma robada de café clandestina que Sophie me llamó, y tuve que salir un momento al callejón lateral del local, todavía en pijama, para poder hablar sin que Sebastian escuchara.

—¿Cómo va la convivencia? —preguntó, sin saludo previo, como siempre.

—Sobrevivimos la primera semana.

—Eso suena a logro menor. ¿Algo más emocionante que contar?

—No —mentí, pensando en el brazo de Sebastian cruzado sobre mi cintura esa primera mañana, en la cuchara que todavía no había encontrado pero que ya me esperaba en algún cajón olvidado.

—Tu "no" suena a "sí" con mucha vergüenza encima, pero está bien, respeto tus tiempos. Avísame cuando estés lista para contarme lo que sea que no me estás contando.

Colgué con una sonrisa que no supe de dónde había salido, y volví adentro justo cuando Sebastian bajaba las escaleras, todavía luchando con los botones de su camisa.

Los días siguientes establecimos, sin hablarlo demasiado, una rutina extraña que funcionaba a pesar de todos los pronósticos. Aprendí el orden en el que Sebastian se lavaba los dientes, la forma en que dejaba la ventana entreabierta incluso en las noches frías, el sonido específico que hacía cuando algo en sus sueños no iba bien.

Y él, supongo, aprendió cosas de mí también: que yo dormía del lado de la ventana, que tarareaba sin darme cuenta cuando horneaba, que la primera semana lloré en el baño una noche pensando en mi antigua vida, y que él, al día siguiente, sin decir nada, me dejó una taza de café exactamente como me gustaba, ya sirviéndola antes de que yo bajara.

Una noche, ya tarde, mientras yo terminaba de acomodar mis moldes en el único espacio de repisa que habíamos logrado despejar para mis cosas, Sebastian me observó desde la cama, con esa quietud suya que siempre parecía estar guardándose algo.

—Nunca pensé que ibas a terminar guardando tus moldes en mi departamento —dijo, con un tono que intentaba sonar ligero y no del todo lo lograba.

—Yo tampoco pensé que iba a terminar viviendo contigo otra vez, así que estamos parejos en sorpresas.

—Otra vez —repitió, con una sonrisa pequeña—. Como si esto fuera una segunda temporada de algo que ya habíamos vivido antes.

—¿Y cómo va la segunda temporada hasta ahora?

Lo pensé un momento, sentada en el borde de la cama con un molde todavía en las manos.

—Mejor de lo que esperaba. Peor de lo que debería.

—Esa es la respuesta más honesta que me has dado en semanas.

No supe qué decir a eso, así que simplemente terminé de acomodar mis cosas y me metí a la cama, consciente todo el tiempo de su mirada siguiéndome en la penumbra.

El domingo, nuestro primer fin de semana completo viviendo juntos, decidimos cocinar algo solo para nosotros, sin clientes ni horarios de por medio, en la pequeña cocineta del departamento que apenas tenía espacio para uno, mucho menos para dos personas tratando de no chocar constantemente mientras picaban verduras.

—Muévete —dijo Sebastian, tratando de alcanzar el aceite en la alacena mientras yo bloqueaba completamente el paso.

—Muévete tú.

—No hay espacio para los dos aquí.

—Entonces aprende a pedir las cosas con más anticipación.

Terminamos, de alguna forma, cocinando juntos de todas formas, chocando codos, robándonos ingredientes de las manos del otro sin pedir permiso, riéndonos más de lo que cualquiera de los dos hubiera admitido en voz alta. En algún momento, tratando de esquivarlo para llegar al fregadero, terminé completamente pegada a su espalda por un segundo entero, los dos congelados ahí, demasiado cerca, antes de que él se apartara con una risa nerviosa que no logró disimular del todo.

Cuando por fin nos sentamos a comer, en la única mesa pequeña que cabía junto a la ventana, Sebastian levantó su vaso de agua en un brindis improvisado.

—Por sobrevivir la primera semana sin matarnos —dijo.

—Por sobrevivir la primera semana —repetí, chocando mi vaso contra el suyo.

La comida, un simple salteado de verduras con demasiado ajo porque ninguno de los dos midió bien las cantidades, terminó siendo mejor de lo que cualquiera hubiera admitido en voz alta. Comimos despacio, sin prisa, hablando de nada en particular: de una serie que Sebastian insistía en que yo tenía que ver, de un restaurante nuevo que había abierto en la calle principal y que ninguno de los dos había probado todavía, de los planes tentativos para el menú de la inauguración de la segunda sede.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dijo en algún momento, jugando con el tenedor sobre el plato ya vacío.

—¿Qué cosa?

—Que se siente normal. Demasiado normal, para ser sincero. Como si lleváramos años haciendo esto y no apenas unos días.

—¿Eso te asusta?

—Un poco. ¿A ti no?

—Más de lo que estoy dispuesto a admitir en esta conversación.

—¿Eso es bueno o malo?

—Todavía no lo sé. —Me miró con una expresión que no supe leer del todo—. Pregúntame en unos meses.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.