La plaza
Pensé que podíamos escondernos del pueblo entero, al menos las primeras semanas. Me equivoqué, como en casi todo lo demás relacionado con Sebastian Kroll.
Las primeras dos semanas de convivencia pasaron sin ninguna prueba pública real. Nadie fuera del círculo cercano sabía todavía que vivíamos juntos, y una parte de mí, ingenua, había empezado a creer que podíamos mantenerlo así indefinidamente, encerrados en la burbuja segura del local y el departamento de arriba, sin tener que actuar frente a nadie más que Damien cuando llegara el momento.
—Vamos a tener que salir en algún momento —me advirtió Sebastian, un jueves por la noche, mientras revisábamos el inventario—. No podemos escondernos para siempre. La gente ya empezó a preguntar por qué no me han visto contigo fuera del trabajo.
—¿Quién pregunta?
—Mi mamá, para empezar. Y la señora de la farmacia. Y el señor que vende el periódico en la esquina.
—O sea, todo el pueblo.
—Básicamente.
No planeamos nuestra primera aparición pública real. Simplemente pasó, un sábado por la mañana, cuando salimos juntos a comprar café porque la máquina del departamento decidió morirse justo ese día.
Caminamos las tres cuadras hasta la tienda en un silencio cómodo, cada vez más frecuente entre nosotros. Era temprano todavía, y en algún punto del camino, sin que ninguno de los dos lo mencionara, terminamos caminando lo suficientemente cerca como para que nuestros brazos se rozaran a cada paso.
—Tienes algo aquí —dijo Sebastian de pronto, deteniéndose para señalar mi mejilla, y antes de que yo pudiera reaccionar, extendió la mano y me quitó una pestaña suelta con el pulgar—. Pide un deseo.
—No creo en esas cosas.
—Yo tampoco. Pero pídelo de todas formas.
Cerré los ojos un segundo, consciente sobre todo de la cercanía de su mano.
—¿Qué pediste? —preguntó, cuando abrí los ojos.
—No te lo puedo decir. Se supone que si lo dices en voz alta no se cumple.
—Eso es para las velas de cumpleaños.
—Prefiero no arriesgarme.
Se rió, y seguimos caminando, con esa ligereza recién encontrada que últimamente se sentía cada vez más como el estado normal entre nosotros y cada vez menos como una actuación cuidadosamente calculada.
Caminábamos por la plaza cuando escuché una voz que reconocí de inmediato.
—¡Camille Voss! No puede ser.
Doña Marisol, la dueña de la papelería donde comprábamos los útiles escolares cada agosto durante toda mi infancia, venía caminando hacia nosotros. A su lado, cargando dos bolsas del mercado, estaba su hija.
—Doña Marisol —saludé—. Qué gusto verla.
—¡Mira nada más! Volviste. Y mira con quién andas. ¿Ustedes dos... están juntos?
Sentí que Sebastian se tensaba a mi lado.
—Algo así —contesté, y sentí la mano de Sebastian buscar la mía. No la aparté.
—¡No lo puedo creer! Siempre dije que ustedes dos iban a terminar juntos. ¿Cuánto tiempo llevan?
—No mucho —improvisé—. Nos reencontramos cuando volví, y bueno... las cosas simplemente pasaron.
—Qué bonito. Tienen que venir a la papelería, quiero tomarles una foto para el mural. Tengo fotos de todos los que se conocieron ahí adentro, ¿sabían? Ustedes también, de hecho, comprando cuadernos cuando tenían diez años.
—No sabía que existía ese mural —dije, genuinamente sorprendida.
—Ay, hija, hay muchas cosas de este pueblo que se te olvidaron allá afuera. —Se rió, sin ninguna malicia en el comentario, aunque a mí se me quedó pegado de todas formas—. Bueno, no los entretengo más.
—Qué bonito. —La hija de doña Marisol sonrió, aunque había algo en su expresión que se parecía al escepticismo—. Recuerdo que ustedes dejaron de hablarse muy de repente, hace años. Pensé que se odiaban.
El silencio que siguió duró solo un par de segundos, pero se sintió eterno.
—Cosas de adolescentes —dijo Sebastian, con una naturalidad que me sorprendió—. Uno dice muchas tonterías a esa edad. Por suerte crecimos.
—Por suerte —repetí.
Cuando por fin logramos despedirnos, ninguno de los dos soltó la mano del otro de inmediato.
Doblamos la esquina hacia la calle principal, todavía con los dedos entrelazados, y por un instante casi pude imaginar que éramos exactamente lo que doña Marisol acababa de creer que éramos. Tuve que obligarme a soltarle la mano yo misma, con más brusquedad de la que hubiera querido.
—Eso estuvo cerca —dije, rompiendo el silencio.
—Sí. —Sebastian por fin soltó mi mano—. No esperaba que preguntara sobre lo de antes.
Seguimos caminando hacia el local en silencio, y a medio camino nos cruzamos con un grupo de chicas jóvenes, adolescentes probablemente, que reconocieron a Sebastian y empezaron a cuchichear entre ellas sin ningún disimulo, señalándonos con la cabeza mientras nos alejábamos.
—¿Ves? —dijo Sebastian, bajando la voz—. Ya somos noticia oficial.
—Genial. Ya puedo imaginar el titular: "Heredero del negocio local finalmente sienta cabeza con ex-mejor-amiga misteriosa".
—Suena a telenovela mala.
—Es literalmente lo que estamos viviendo.
Se rió, y por un momento el peso de la mentira que sosteníamos se sintió, contra toda lógica, más ligero de lo habitual, como si compartir la ridiculez de la situación con alguien más lo hiciera más fácil de cargar.
—¿Alguna vez vas a contarme qué pasó de verdad?
Sebastian se quedó callado más tiempo del que la pregunta ameritaba.
—Algún día —dijo finalmente—. Cuando esté listo para hacerlo bien. No quiero contártelo a medias, Camille.
No supe qué contestar a eso.
Esa noche, mientras cerrábamos el local, Sebastian mencionó que Damien había adelantado su visita. Ya no era en unas semanas. Era en diez días.
—¿Diez días? —Sentí que se me revolvía el estómago—. Eso no nos da tiempo de nada.
—Nos da el tiempo que hay. —Sebastian apagó las luces de la vitrina, una por una—. Vamos a tener que estar listos.